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El futuro del trabajo, por Orlando Marchesi

"Muchos de los jóvenes que están entrando a la universidad hoy trabajarán en puestos que aún no han sido creados", señala Orlando Marchesi, socio principal de PwC Perú

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"La educación y capacitación de las personas no ha ido al mismo ritmo y esto ya representa un reto en el mercado".

(Por Orlando Marchesi, socio principal de PwC Perú) Durante años nos hemos fascinado con historias de ciencia ficción: ciudades del futuro donde los robots desarrollan un nivel de inteligencia no previsto y luchan por el dominio global. Con el tiempo, el rápido avance de la tecnología nos demostraría que muchas de las cosas que veíamos lejanas se volvían realidad: internet de las cosas, inteligencia artificial, ciudades inteligentes o automóviles que no necesitan un conductor.

Sin embargo, la educación y capacitación de las personas no ha ido al mismo ritmo y esto ya representa un reto en el mercado. Anualmente, PwC encuesta a CEOs de todo el mundo para indagar en su percepción del ambiente de negocios. En su última edición, el estudio señala que la disponibilidad de talento con habilidades clave es la tercera principal preocupación para los líderes; y no es para menos.

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Estamos experimentando una transformación en nuestra forma de trabajar. Esto se debe, principalmente, al gran potencial que tiene la inteligencia artificial (IA) y que, de acuerdo al estudio Workforce of the future de PwC, se expresará básicamente en tres niveles: inteligencia asistida, aumentada y autónoma.

Hoy nos encontramos en el primer nivel. La tecnología nos sirve para automatizar las actividades repetitivas y estandarizadas que suelen consumir mucho tiempo. Sin embargo, dichas funciones fueron tradicionalmente desempeñadas por personas; y, ante este cambio, la definición de talento en las empresas evoluciona. Actualmente, ha aumentado la demanda de profesionales capaces de desarrollar nuevos sistemas tecnológicos, pero esto no se detendrá ahí.

La inteligencia aumentada implica un cambio aún más relevante en la naturaleza del trabajo. En este punto emergente, humanos y máquinas colaboran en la toma de decisiones; por lo que las cualidades más valoradas por las empresas serán aquellas que definen nuestra humanidad: la inteligencia emocional, la creatividad, la persuasión y la capacidad de innovar.

El tercer nivel lo veremos en un futuro cada vez más cercano. Los sistemas inteligentes adaptativos serán capaces de tomar decisiones, gracias a la información que han ido almacenando en el tiempo. Esto es lo que alimenta los miedos comparables a las películas futuristas. ¿Qué pasará con las personas en ese mercado?

De acuerdo al estudio ya mencionado, son cinco tendencias las que reconfiguran el futuro: los avances tecnológicos, los cambios demográficos, la rápida urbanización, el movimiento global del poder económico y el cambio climático y escasez de recursos. Ante esta situación, nos enfrentamos a cuatro posibles escenarios, completamente opuestos entre sí.

Por un lado, encontramos una visión idealista que refuerza lo colectivo, donde el equilibrio y justicia predominan. El anhelado bien común por encima de la satisfacción individual. El segundo escenario, en cambio, es el individualista, con el foco de atención en infinitas soluciones personalizadas para el consumidor –muy similar al mundo al que nos dirigimos actualmente.

Las empresas también se enfrentan a dos caminos similares: la fragmentación o la integración. En el primer caso, las pequeñas empresas cobrarían relevancia en un mercado en el que la comunidad recupera valor; mientras que la integración corporativa nos enfrenta a un futuro en el que las grandes marcas se vuelven cada vez más influyentes.

Independientemente del mundo al que lleguemos, todos exigen lo mismo: potenciar el talento humano para liberar la capacidad creadora y vivir la transformación digital de manera socialmente responsable. Muchos de los jóvenes que están entrando a la universidad hoy trabajarán en puestos que aún no han sido creados y perder esto de vista puede generar una brecha muy difícil de manejar y un panorama no menos apocalíptico que el de las pantallas de cine.

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