"Si consideramos que menos del 40% de la población tiene o usa productos financieros, claramente la comprensión no parece ser la barrera principal", señala Stiglich. (Foto: GEC)
"Si consideramos que menos del 40% de la población tiene o usa productos financieros, claramente la comprensión no parece ser la barrera principal", señala Stiglich. (Foto: GEC)
Andrea Stiglich

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No es difícil entender por qué los esfuerzos de le dan tanta importancia a la educación financiera. Si la educación financiera es una pieza central en la estrategia de inclusión financiera del Gobierno y en muchos esfuerzos de la banca privada y la sociedad civil, es porque la evidencia ha demostrado que produce resultados.

Por ejemplo, según la , el conocimiento financiero aumenta hasta en seis puntos porcentuales la probabilidad de estar completamente incluido en el sistema financiero.

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Programas como Finanzas en el Cole (promovido por Asbanc, la SBS y la Asociación de AFP), que enseñan conceptos básicos a escolares como gasto e inversión, valor presente y futuro del dinero, y cómo llevar un presupuesto, han sido efectivos en aumentar el conocimiento financiero según evaluaciones de impacto.

La premisa de la es que la falta de conocimiento sobre cómo usar servicios financieros es uno de los obstáculos principales para su uso o buen uso. Por eso es tan sorprendente que la data sugiera lo contrario: la mayoría de las personas no tiene esa falta de conocimiento.

Por ejemplo, según la encuesta nacional de demanda de servicios financieros de la SBS, dos tercios de los encuestados declara planificar sus gastos y averiguar las condiciones antes de abrir una cuenta bancaria, y 78% declara haber averiguado y comparado condiciones antes de tomar un crédito.

Si consideramos que menos del 40% de la población tiene o usa productos financieros, claramente la comprensión no parece ser la barrera principal.

Hace un tiempo participé en una investigación sobre los banquitos, que son sistemas de ahorro y financiamiento informal entre pares de una misma comunidad, habitualmente mujeres. En estas organizaciones, los contratos informales entre los participantes requieren entender bien los conceptos de tasa de interés, cuota, penalidad y muchos otros propios de la relación con un banco y que son abordados por las iniciativas de educación. Según una encuesta de Ipsos, en un año más de tres millones de personas han participado en un banquito. En la investigación realizada no encontramos limitaciones de conocimiento para usar bien este servicio.

Si consideramos que menos del 40% de la población tiene o usa productos financieros, claramente la comprensión no parece ser la barrera principal. (Infografía: Raúl Rodríguez)
Si consideramos que menos del 40% de la población tiene o usa productos financieros, claramente la comprensión no parece ser la barrera principal. (Infografía: Raúl Rodríguez)

EL ANÁLISIS

¿Cómo explicar entonces la evidencia positiva de los esfuerzos de educación financiera? Una hipótesis es que su efecto se concentra en ciertos grupos que son los que más se benefician de mayor conocimiento. Por ejemplo, los jóvenes y las personas menos vulnerables dentro del segmento de no incluidos pueden ser aquellos a quienes más útil les es la educación financiera.

Pero para las personas que ya tienen una actitud formada hacia el sistema bancario –caracterizada por la desconfianza– o que llevan vidas más precarias, la educación financiera no los ayudará mucho.

Así lo sugiere la evidencia internacional: la exclusión financiera de las personas de menores ingresos no se debe principalmente al desconocimiento de productos financieros. En el libro “Portafolios de los pobres” (Collins, Morduch, Rutherford y Ruthven) se cuenta cómo 250 familias en India, Bangladesh y Sudáfrica hacen un uso intenso de diversos instrumentos financieros, la mayoría informales.

Estas familias hacen un uso aparentemente irracional de los servicios financieros: pagan para asegurar los ahorros o escogen préstamos más caros. Pero estas son las condiciones que mejor se ajustan a su realidad: viven en lugares inseguros y sus flujos de ingresos son impredecibles. Su sobreendeudamiento no surge de gastos desmedidos, sino por las restricciones estructurales que imponen los ingresos bajos.

El libro “Repensar la pobreza”, de los premios Nobel Abhijit Banerjee y Esther Duflo, concluye que un hallazgo importante de los estudios sobre el comportamiento de las personas en pobreza es que no necesitan ser educados para tomar mejores decisiones, sino necesitan que se les reste complejidad.

Las personas de ingresos menores, irregulares e inseguros son las que más necesitan ser incluidas en el sistema financiero formal. Esto abre la oportunidad para diseñar productos financieros que se ajusten a su realidad. Por ejemplo, productos que se basen en el flujo de ingresos y no en los balances mensuales típicos de los ejercicios de presupuesto. También ofrecer préstamos muy pequeños, con calendarios de pago flexibles que sean potenciales sustitutos de los préstamos de los familiares o vecinos.

Otra opción es reenfocar el problema y pasar de acciones orientadas a superar una brecha de conocimiento a iniciativas que busquen mitigar el efecto de los sesgos psicológicos que gatillan comportamientos indeseados. El ‘think tank’ Innovations for Poverty Action tiene varios estudios con evidencia local e internacional de que pequeños empujoncitos o ‘nudges’ pueden cambiar el comportamiento financiero. Por ejemplo, un estudio realizado en el Perú, Bolivia y Filipinas evidenció que enviar SMS con recordatorios incrementaban el compromiso hacia una meta de ahorro establecida. Otro estudio encontró que mandar recordatorios de pago a clientes de microcréditos reducía significativamente la probabilidad de caer en mora.

Si partimos de comprender el contexto y las necesidades de las personas excluidas, podemos diseñar servicios más simples que les faciliten tomar mejores decisiones sobre sus finanzas. Ese esfuerzo es el complemento que falta a la educación financiera.

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