"Si la convulsión social hubiera emergido solamente en Chile y Colombia, sería la izquierda militante la que declararía, quizá convincentemente, que el modelo de libre mercado debe cambiarse", menciona De la Torre. (EFE/Alberto Valdés).
"Si la convulsión social hubiera emergido solamente en Chile y Colombia, sería la izquierda militante la que declararía, quizá convincentemente, que el modelo de libre mercado debe cambiarse", menciona De la Torre. (EFE/Alberto Valdés).

(Por: Alfonso de la Torre, economista)

Los dos últimos meses en Latinoamérica han recargado el eterno debate ideológico en el que la región (y el Perú) se ha visto enfrascada por 50 años. Si las grandes protestas hubieran explotado solo en Bolivia y Ecuador, la derecha ideológica tendría suficientes municiones para acusar al socialismo y el intervencionismo estatal de otro fracaso estrepitoso.

Por el contrario, si la convulsión social hubiera emergido solamente en Chile y Colombia, sería la izquierda militante la que declararía, quizá convincentemente, que el modelo de libre mercado debe cambiarse.

El ‘detalle’, por supuesto, es que las protestas han tenido lugar en todos lados, en países con gobiernos de derecha y de izquierda.

No obstante, eso no parece detener a los barristas de cada lado. Diestros y zurdos han ofrecido todo tipo de interpretaciones, algunas más estrafalarias que otras: que la crisis chilena no tiene raíces objetivas, sino que es consecuencia de ‘fábulas’ engañosas, o que la austeridad en Ecuador es una imposición arbitraria del Fondo Monetario Internacional.

Esto no es nuevo, por cierto. Sectores de la izquierda llevan años señalando que la catástrofe venezolana es resultado de sanciones de Estados Unidos, pese a que la hiperinflación y colapso de las importaciones ya eran evidentes mucho antes, mientras que últimamente la derecha ha buscado responsabilizar solo al kirchnerismo de la reciente debacle en Argentina, cuando fue el derechista Macri quien echó leña al fuego con un alto endeudamiento soberano en dólares.

Las historias que nos cuentan son maniqueas. Se concentran demasiado en diferencias ideológicas, en vez de debatir sobre políticas públicas específicas, y por tratar de defender un ‘bando’ varios terminan defendiendo lo indefendible (Venezuela) o armando argumentos enrevesados para defender a sus ídolos caídos (Chile).

La discusión en torno a Bolivia es un ejemplo. La izquierda destaca su alto crecimiento, mientras que la derecha acusa que es una bomba de tiempo. La realidad, sin embargo, se encuentra en el medio.

Bajo Evo Morales (2006-2018), la economía se expandió 86%, pero por debajo del Perú (95%). Su tipo de cambio fijo es respaldado por reservas internacionales (aunque estas vienen reduciéndose rápidamente) y su alto déficit fiscal tiene lugar en un contexto de niveles moderados de deuda externa con acreedores privados.

El país no está condenado al abismo, pues pudo sostener su esquema cambiario y expansión fiscal en años pasados, pero se acerca la hora en la que tendrá que hacer ajustes para evitar problemas de verdad.

La izquierdista Bolivia no tiene por qué convertirse en Venezuela, así como la derechista Chile, lo sabemos ahora, no se transformará necesariamente en Corea. Conforme las elecciones del 2020 y 2021 se acercan, en el Perú haríamos bien en evitar posiciones maximalistas sobre lo que necesitamos hacer para continuar en el camino al progreso.

Es innegable que en 30 años de libre mercado se ha avanzado de forma importante (aunque no suficiente) en reducir la pobreza y expandir oportunidades, pero también resulta absurdo pretender que no hay espacios para hacer cambios. El ‘modelo’ necesita ajustes.