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Lo macroeconómico no basta, por Juan Carlos Odar

Hay un país cuyo despegue en economía contrasta con un precario entorno político e institucional que ilustra cuánto más se puede hacer por el desarrollo, sostiene el editor de Economía

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Angkor Wat, Camboya. Sus famosos templos y naturaleza lo hacen uno de los más grandes atractivos de Asia. “Al atardecer, la ciudad sagrada se torna dorada, y al alba, las torres surgen de la oscuridad y el lago refleja los suaves colores de la mañana

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Imagine un país que en 24 de los últimos 25 años ha logrado tasas de crecimiento superiores al 5% (y el único año en el que no lo logró fue en el 2009, cuando se mantuvo estancado como consecuencia de la recesión mundial). Imagine que en ese período el promedio fue un espectacular 7,5% anual. Imagine que la inflación promedio en los últimos años se ha mantenido por debajo de 3% y que el ritmo de variación de precios es estable. Imagine que en los últimos 10 años las exportaciones de ese país crecieron a un ritmo promedio anual cercano al 10%.

Tal vez hasta resulta difícil imaginarlo, pero no tiene que hacerlo. Ese país existe. Se llama Camboya.

Pero más allá de ese aparente éxito macroeconómico, consideremos que se trata de un país que en los años 70 y 80 estuvo permanentemente en guerra, primero entre facciones al interior del mismo y luego frente a Vietnam. Como producto de esta situación y del ascenso de gobiernos radicales, sus instituciones se destruyeron, incluso en sentido literal. Que un ejemplo ilustre el contexto: se disolvió el Banco Central (y se destruyó el edificio en el que funcionaba), con lo cual se sacó de circulación a la moneda nacional y se volvió al trueque. La reconstrucción posterior, liderada por EE.UU., implicó una fuerte entrada de dólares al país, a lo cual los camboyanos se adaptaron; de este modo, hasta ahora sigue siendo la moneda de uso común allá. El riel, la moneda camboyana, apenas circula, y la dolarización –tanto de créditos como de depósitos– es superior al 80%.

Por otro lado, el gobierno es ejercido por el primer ministro Hun Sen, quien ha sido parte del mismo desde inicios de los 80 y ha vencido cómodamente en todas las elecciones en que ha participado desde 1993. Pero cabe acotar que los partidos políticos prácticamente existen mientras no se perciba que pueden poner en riesgo al gobernante. Así, los líderes de oposición previos ahora están en la cárcel o en el exilio.

Regresemos a la economía ahora. La pobreza, que aún alcanzaba al 50% de la población en el 2003, fue de 17,7% en el 2012. Pero cabe llamar la atención sobre el hecho de que, a pesar del fuerte y sostenido ritmo de crecimiento económico, el PBI per cápita apenas bordea los US$ 1.500, ya que en 1993 dicho indicador ni siquiera llegaba a US$250.

Todo lo anterior nos ilustra –de manera algo exagerada, por cierto– que al fijarnos solamente en lo macroeconómico difícilmente entenderemos qué más podemos hacer por alcanzar el desarrollo del país. Es justamente sobre eso que quería llamar la atención con estas líneas.

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