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Megan Rapinoe vive en el futuro

Si tenemos acceso a conocimientos casi ilimitados en todo tipo de materias, ¿vale la pena dedicar tiempo a la educación formal como la conocemos?, se plantea el editor de Economía y Negocios de El Comercio

El 9% de maestros tiene menos de 30 años

La discusión en el salón de clase ante un profesor es una de las fuentes que más enriquece el aprendizaje.

Uno de los retos más desafiantes que he recibido en el período de poco más de un año que llevo en El Comercio es el de coordinar los avances del Proyecto Perú 2050.

Este se basa en un amplio ejercicio de prospectiva sobre las grandes tendencias mundiales que impactarán en el Perú, no solo en lo económico. Es decir, esto implica pensar temas sociales, demográficos o tecnológicos, entre otros.

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Estamos frente a un período de cambios abruptos, donde lo disruptivo -aunque no tengamos capacidad de saber exactamente qué- será lo que guíe el cambio, incluso con más frecuencia e intensidad de lo que ya se ha visto en la historia.

En esa línea, uno de los campos en los que ‘lo usual’ está siendo puesto a prueba es el de la educación. Si tenemos acceso a conocimientos casi ilimitados en todo tipo de materias, ¿vale la pena dedicar tiempo a la educación formal como la conocemos?

Aunque la discusión no es trivial, parece que el camino es mantener la forma en que aprendemos, pero no lo que aprendemos. Es decir, la discusión en el salón de clase ante un profesor -o quizá una especie de moderador que guíe debates o que aliente la participación de todos los alumnos- es una de las fuentes que más enriquece el aprendizaje.

Y es recomendable que esa interacción se produzca sin la distracción de aparatos tecnológicos. Parece haber consenso alrededor de lo anterior. Pero deberíamos discutir más qué aprender.

Y es que más que en modelos que enfaticen en lo memorístico o en que los alumnos deban demostrar que han entendido lo que les han explicado, como tradicionalmente ha sido -incluso al nivel de doctorado- deberíamos pensar en modelos que promuevan el pensamiento crítico.

De la idea de seguir haciendo lo que ha funcionado deberíamos pasar a la de buscar la forma en que las cosas (entendido esto en el sentido más amplio posible) funcionen mejor.

Pero para poder plantear algo realmente nuevo es necesario saber qué es lo que ya se ha hecho antes. Eso es lo que hace necesario que la educación formal perviva.

Al mismo tiempo, la educación, a todo nivel, debe ser integral en vez de centrarse solamente en la difusión de un tipo de conocimiento.

Ahora que tanto se teme que los trabajadores sean desplazados por máquinas, desarrollar la inteligencia social y la creatividad es una buena forma de que la educación se alínee con los retos que plantea el futuro.

Después de todo, esas dimensiones nos hacen humanos. Así, si tuviera que decir quién sería el paradigma del resultado exitoso de ese modelo educativo todavía por desarrollar, respondería sin dudar: Megan Rapinoe.

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