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El socio desconocido de Steve Jobs, por Piero Ghezzi

El iPhone y otros avances de Silicon Valley muestran que una alianza público-privada es imprescindible para la innovación

El socio desconocido de Steve Jobs, por Piero Ghezzi

El socio desconocido de Steve Jobs, por Piero Ghezzi

Hay un consenso mundial de que los países que innoven más tendrán una ventaja en el siglo XXI. Lo natural, por ello, es mirar a Silicon Valley, que personifica al ecosistema innovador. Pero primero hay que entender a Silicon Valley.

En el imaginario colectivo, Silicon Valley es el paraíso del emprendurismo que demuestra cómo el sector privado, con mínima intervención pública, puede llevar a cabo innovaciones tecnológicas potencialmente transformacionales. La figura mítica de Steve Jobs, fundador de Apple, sería ejemplo de lo que la genialidad individual simplemente dejada en libertad puede lograr.

Como casi siempre, la realidad no es tan sencilla. El desarrollo del iPhone de Apple puede ser ilustrativo. La economista italiana Mariana Mazzucato muestra en su libro “El Estado emprendedor: mitos del sector público frente al privado” que todo lo que hace que estos teléfonos inteligentes sean realmente inteligentes ha sido financiado, de una manera u otra, por el Gobierno de Estados Unidos. 

En algunos casos, la intervención ha sido directa. Internet y el sistema de activación de voz que es la base de Siri fueron promovidos por las Fuerzas Armadas de EE.UU., particularmente por el Defense Advanced Research Project Agency (Darpa); el GPS lo desarrolló el Departamento de Defensa del mismo país para digitalizar el posicionamiento en el mundo de distintos activos militares. 

En otros casos, el Gobierno intervino a través de financiamiento. Académicos en universidades financiadas por el Gobierno de Estados Unidos desarrollaron la pantalla táctil y el lenguaje HTML. 

Obviamente, Steve Jobs era un genio del diseño y de la innovación. Pero sin la inversión masiva en esos componentes vitales por parte del sector público estadounidense, el iPhone de Jobs no habría tenido un efecto revolucionario.

—No solo Apple—
El caso de Apple no es aislado. El algoritmo de búsqueda que significó el gran éxito de Google recibió financiamiento público del National Science Foundation. Y la tecnología para baterías y paneles solares de Tesla y Space X se financió con inversiones directas del Departamento de Energía de Estados Unidos. 

Los ejemplos son interminables. Son parte de un patrón que ya habían resaltado los investigadores Fred Block y Matthew Keller (“The state of innovation: The US government’s role in technology development”) en el 2011: muchas de las innovaciones exitosas en EE.UU. en las últimas décadas las habían hecho entidades públicas (que competían entre sí) o empresas privadas (en muchos casos medianas o pequeñas) financiadas parcialmente con fondos públicos. También hallaron que el porcentaje de financiamiento público (directo o indirecto) había crecido de manera continua en las últimas décadas. 

De este modo, inclusive en ejemplos paradigmáticos de emprendurismo privado innovador, la realidad es mucho más matizada que las versiones simplistas que algunos, que quieren que el Estado se reduzca a su mínima impresión, prefieren creer. Versiones convenientes para vivir con su marco conceptual e ideológico, pero que no tienen correlato con toda la evidencia de desarrollo económico en el mundo, la cual resalta el rol complementario entre el sector público y el sector privado.

En un libro reciente, Bradford DeLong y Stephen Cohen indicaron que el éxito en Estados Unidos se ha dado cuando las políticas públicas han seguido un enfoque pragmático basado en la evidencia. Y han fracasado cuando han sido dictadas por ideología, no importa cuál (Adam Smith, Edmund Burke, John M. Keynes o Ayn Rand). 

El Perú ha avanzado muchísimo en los últimos 25 años. Pero hay cosas que los años de crecimiento no han logrado, como transformar el ecosistema innovador, y que requerirán un mejor Estado (pequeño en alcance, tal vez, pero institucionalmente fuerte) y un cambio en políticas públicas. Una alternativa seguramente no va a funcionar: seguir haciendo lo mismo que siempre. Como dijo George Bernard Shaw: “El progreso es imposible sin cambio, y los que no pueden cambiar de opinión no pueden cambiar nada”. 

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