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Tía María en perspectiva, por Alfonso de la Torre

“Si alguien realmente esperaba que Tía María arrancara este año, pues no ha estado prestando mucha atención”, señala el economista Alfonso de la Torre

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(Foto: referencial)

Ralph Zapata

La suspensión con olor a cancelación de Tía María ha ahondado el pesimismo que la crispación política viene generando. Esto es un error. La economía indudablemente se viene enfriando, pero ni la suspensión de Tía María va a causar una recesión ni su aprobación hubiera generado un ‘boom’ económico. 

Lo primero que hay que dejar en claro es que la minería juega un rol central en la actividad económica peruana, y las organizaciones políticas de izquierda que insisten en lo contrario pierden su tiempo peleando contra las matemáticas. Incluso quienes enfatizamos la importancia de diversificar la economía hacemos hincapié en la necesidad de añadir motores de crecimiento que complementen la minería, no que la sustituyan.   

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La explotación de recursos naturales debe servir como punto de partida para el desarrollo de otras actividades a lo largo de la cadena de valor –una estrategia que países como Canadá y Australia han sabido aprovechar, por ejemplo–.  

Sin embargo, que la minería juegue un rol clave no transforma la suspensión de Tía María en emergencia nacional. Ese tremendismo le hace flaco favor a la defensa de la economía de mercado y solo empodera a sus críticos, quienes en las próximas elecciones (¿2020 o 2021?) podrán apuntar a estas predicciones apocalípticas fallidas para nutrir su discurso. Si alguien realmente esperaba que Tía María arrancara este año, pues no ha estado prestando mucha atención: las suspensiones del proyecto en el 2011 y después en el 2014 deberían haber moderado las expectativas.  

Asimismo, aunque Tía María es un proyecto importante, sus US$1.400 millones de inversión palidecen en comparación con otras minas paralizadas como Galeno (US$3.500 millones) o Conga (US$4.800 millones). No solo eso, sino que su producción estimada de 120 mil toneladas anuales está lejos de alcanzar las 452 mil toneladas que Las Bambas produjo en el 2018. Visto desde esa perspectiva, el conflicto que amenazó a este último proyecto en abril representó una amenaza mucho más importante para la economía.  

Finalmente, hay que reconocer que los conflictos mineros tienen raíces más profundas que simplemente gobiernos ‘ineptos’ o ‘débiles’ (la derecha más recalcitrante parece olvidar que la primera cancelación de Tía María se dio bajo Alan García). Con esto no niego que existan agitadores detrás de muchas protestas, pero al mismo tiempo me rehúso a aceptar que quienes protestan hoy en Arequipa (o antes en Cajamarca) son un montón de tontos útiles fácilmente manipulables. La participación de empresas con cuestionamientos sobre prácticas previas juega un rol fundamental en la alta desconfianza (algo que también afectó al proyecto Conga). Con todo esto en mente, ¿qué hacer?  

Para empezar, la derecha debería dejar de lado el tremendismo y reconocer que existe un déficit de credibilidad que no se subsana solamente entregando más plata. No obstante, desde la otra orilla la izquierda tiene que hacer lo suyo y empezar a construir un discurso propositivo: #TíaMaríaNoVa para ellos es la premisa, no la conclusión, y esa es una fórmula que solo causa caos. En otras palabras, lo que el Perú necesita es que sus políticos den la talla. Y ahí sí hay abundantes razones para ser pesimista, lamentablemente.


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