Donald Trump regresó a la Casa Blanca con una velocidad de atleta olímpico y precisión quirúrgica: aranceles reinstaurados, tensiones con la FED y un discurso que suena menos a política exterior y más a repliegue económico. América primero, de nuevo. Y esta vez, sin disimulo. Para el Perú –y para América Latina– no se trata de una anécdota geopolítica: se trata de nuestras exportaciones, del costo de financiamiento en soles y de con qué socios vamos a reconstruir nuestra infraestructura en los próximos diez años. Las señales son claras. Trump ha convertido la independencia de la Fed en un blanco político. Su pugna con Jerome Powell no es técnica, es ideológica: quiere tasas más bajas, crecimiento inmediato y eludir los costos fiscales del ajuste. Si logra desestabilizar el marco institucional que da credibilidad al dólar, los países emergentes –como el Perú– se enfrentarán a un entorno financiero más volátil, menos predecible y mucho más caro. En paralelo, los nuevos aranceles aprobados contra productos chinos no son simplemente una herramienta comercial: son una invitación a una guerra fría de cadenas productivas. Si se amplía el espectro de bienes afectados , el Perú no puede quedarse atrapado en medio sin una estrategia clara.
Donald Trump regresó a la Casa Blanca con una velocidad de atleta olímpico y precisión quirúrgica: aranceles reinstaurados, tensiones con la FED y un discurso que suena menos a política exterior y más a repliegue económico. América primero, de nuevo. Y esta vez, sin disimulo. Para el Perú –y para América Latina– no se trata de una anécdota geopolítica: se trata de nuestras exportaciones, del costo de financiamiento en soles y de con qué socios vamos a reconstruir nuestra infraestructura en los próximos diez años. Las señales son claras. Trump ha convertido la independencia de la Fed en un blanco político. Su pugna con Jerome Powell no es técnica, es ideológica: quiere tasas más bajas, crecimiento inmediato y eludir los costos fiscales del ajuste. Si logra desestabilizar el marco institucional que da credibilidad al dólar, los países emergentes –como el Perú– se enfrentarán a un entorno financiero más volátil, menos predecible y mucho más caro. En paralelo, los nuevos aranceles aprobados contra productos chinos no son simplemente una herramienta comercial: son una invitación a una guerra fría de cadenas productivas. Si se amplía el espectro de bienes afectados , el Perú no puede quedarse atrapado en medio sin una estrategia clara.
El vacío que deja EE.UU. en la región ya lo está llenando China. No con discursos, sino con obras: trenes, puertos, corredores logísticos. Y aunque algunos lo vean con escepticismo ideológico, lo cierto es que Beijing ofrece algo que hoy Washington no: continuidad, financiamiento y foco estratégico. El reto para el Perú no es elegir entre bandos, sino saber usar esa competencia a nuestro favor. Pero eso requiere algo que hoy escasea: claridad de rumbo.
La historia no es ajena a estos repliegues. Tras la Primera Guerra Mundial, EE.UU. también viró hacia adentro: aranceles altos, aislamiento estratégico y una política exterior más reactiva que propositiva. El vacío global de entonces lo llenaron otras potencias, con resultados que el mundo pagó caro.
Hoy, el retorno de ese espíritu –camuflado en eslóganes de eficiencia y soberanía– no solo redefine el rol de EE.UU., sino que obliga a países como el nuestro a decidir si serán actores o solo testigos del nuevo tablero. América Latina podría actuar como bloque. Podríamos negociar como región. Pero no lo hacemos. Seguimos fragmentados, mirando cada país su calendario electoral, mientras el nuevo orden global se reparte con poca o ninguna participación nuestra. El mundo no nos espera. Y el costo de mirar hacia otro lado será más alto.