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Crisis de pensamiento, por Michelle Barclay

“Para lograr verdaderos cambios estructurales, necesitamos que toda la sociedad piense activamente”, afirma la socia del Estudio CMS Grau

Se hizo una revisión de los equipos de cómputo de salas y juzgados. (Poder Judicial)

Se hizo una revisión de los equipos de cómputo de salas y juzgados. (Poder Judicial)

Terminó el Mundial y los acontecimientos políticos locales vuelven a capturar nuestra atención. Existe una sensación de que estamos atrapados en un ciclo que se repite y no acaba nunca. Como esa película, “El Día de la Marmota” (Groundhog Day), en la que Bill Murray actúa de reportero y se levanta viviendo el mismo día una y otra vez.

¿Cómo hacemos para salir de esta pesadilla? He escuchado una gama de comentarios, desde razonables hasta descabellados. Algunos dicen que tendremos que esperar a que nuestros hijos sean profesionales para ver cambios estructurales y otros señalan que la corrupción solo podrá eliminarse sacando a todas las personas que trabajan en los cuestionados organismos del Estado.

Para lograr una transformación tampoco basta una reforma del Poder Judicial y cambios de personas en puestos claves. Debemos reconocer que, como sociedad, no solo estamos ante una crisis política sino ante una crisis de pensamiento. Hannah Arendt, filósofa política (aunque nunca quiso ser llamada como tal), fue desarrollando a lo largo de su carrera su teoría sobre el pensamiento.

Un hito importante para ello fue su experiencia como reportera de la revista “The New Yorker” en el juicio que se realizó en Israel contra Otto Adolf Eichmann. Eichmann tuvo un cargo importante durante el Tercer Reich, organizando y liderando el transporte masivo de judíos europeos a los campos de concentración.

Fue capturado en Argentina y llevado a juicio en Israel en 1961, luego del cual se le sentenció a la pena de muerte.

Sobre la base de los artículos que publicó Arendt para dicha revista, luego de presenciar el juicio, nació su conocido libro: “Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal”. Según Hannah Arendt, el peor crimen de Eichmann fue que dejó de pensar; es decir, bloqueó sus facultades de razonar, reflexionar y juzgar sus acciones. Se convenció de que actuaba no solo bajo órdenes de Hitler, sino que lo hacía como ciudadano en estricto cumplimiento de la ley.

Eichmann es un claro ejemplo de cómo los seres humanos al dejar de pensar pueden crear justificaciones incluso para los actos más terribles como el exterminio de millones de seres humanos. Basado en Arendt, el autor Shai Tubali, explica que al cerebro humano, en realidad, no le gusta pensar.

Más bien prefiere estar en un modo que podríamos llamar inactivo o de “piloto automático”. Tubali señala que si la mayoría de nuestros juicios y acciones se realizan cuando nuestro cerebro está en un estado de pensamiento inactivo, nuestro proceso mental sufre una desviación y limita nuestra capacidad de distinguir entre el bien y el mal.

Esa pesadilla que enturbia nuestro día a día está protagonizada por diversos personajes que en sus roles políticos o de influencia se encuentran en ese estado de “piloto automático”; por lo tanto, no piensan en el impacto y gravedad de sus acciones u omisiones.
Para lograr verdaderos cambios estructurales, necesitamos que toda la sociedad piense activamente y sea fiscalizadora de la política y del poder.

Para ello, a cada uno de los ciudadanos nos corresponde pensar con consciencia, en estado de alerta y con la voluntad de actuar de manera correcta. En la película mencionada al inicio, el reportero logra salir del ciclo repetitivo de su vida a través de ese pensamiento activo. Hagamos lo mismo, más pronto que tarde

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