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CONTRACORRIENTE

El adiós a El Rancho

Por Miguel Ángel Cárdenas M.

Parece un pueblo fantasma infantil. Y no hay más vuelta --del trencito-- que darle: El terreno de El Rancho de la cuadra 26 de la avenida Benavides fue vendido y será dividido el próximo año en dos partes: una para un condominio de dos manzanas que será publicitado como ecológico y otra para un negocio comercial todavía no determinado. Y hasta Eli Alcedo, el jefe de seguridad de los nuevos dueños y quien se hará cargo de la demolición, siente pudor mirando el terreno muerto: "Yo me acuerdo que aquí venía Yola Polastri cuando cantaba 'Allá en mi rancho bonito'". En las últimas semanas llegaron personas dolientes y Eli tuvo la buena sangre para abrirles las rejas por última vez: "Como una señora de 42 años que celebraba con sus padres sus cumpleaños acá y después los de sus hijos... solo quería pasar y sentarse otra vez en un columpio y cómo lloraba".

Porque --en vísperas de la demolición-- es como entrar a la antesala de una morgue de juguetes. Aquí conviven personajes característicos que hermanan infancias y generaciones: la corroída cabaña del setentero Robin Hood con su escudo de leones, la marchita casa de la ochentera Fresita con lámparas coloniales y la estancia resistente de Los Picapiedras. También los juegos mecánicos oxidados con la figura de Winnie Pooh, el perdurable trencito con la imagen de Blancanieves junto con los más actuales Power Rangers, Spiderman y Barney. Del engreído golfito solo queda un espacio yermo --igual que con las camas elásticas-- junto a los desvaídos columpios con el logo de Inca Kola, una lanchita abandonada y un trineo con venados enmohecido.

Quizá por un tiempo largo más muchos sigan diciendo en el microbús: "Baja en El Rancho". Pero es un proceso arquitectónico ineluctable en toda Lima, y sobre todo en Miraflores, que las casas y construcciones antiguas sean compradas y reemplazadas en nombre de la modernidad. El crecimiento para arriba reemplaza a la estética horizontal antigua.

El artista Alonso Núñez vivió en el Miraflores de fines de los años 50 y recuerda de pequeño ese sitio en medio de chacras que fue una de las primeras pollerías citadinas de la historia (a diferencia de la fundadora La Granja Azul, que quedaba fuera de la ciudad). "Yo pude ver cómo construyeron el trencito, el golfito y se fueron incrementando esos juegos que duraron hasta cuando llevé a que mis tres hijos celebraran sus cumpleaños. Los momentos de gloria fueron en los años 70 y 80, era un lugar tan agradable, campestre, sobre todo muy concurrido en las noches. Aunque siempre un poco caro".

Para Alonso Núñez es simbólico que hoy se ubiquen en la misma avenida Benavides: el Pardo's Chicken y La Caravana, que le quitaron protagonismo a la prístina pollería (aunque se sabe que los dueños de estos negocios, Arnold Wu y Carlos Meza probaron sus primeros pollos 'allá en el rancho grande'). "El entorno ya no era rural y se fue asfixiando entre cementos. Y cambió el concepto, la ciudad se come todo, con El Rancho muere el último representante de ese modelo. Antes la avenida Benavides estaba llena de casas antiguas y bonitas, igual que la Ricardo Palma. En Barranco sí han visto un valor agregado en eso, pero en Miraflores nadie se dio cuenta y todos solo quieren modernizar".

El veinteañero Luis Carlos Burneo, autor del blog "La habitación de Henry Spencer", grabó en Internet los lugares que se fueron haciendo espectrales con los años. Y por contestataria nostalgia celebró su cumpleaños 26 en el castillo número 2, por 250 soles: "Fue de 2 de la tarde a 7 de la noche como siempre, y llevé a los grupos de rock Sonoradio y Pestaña. Pero también tuve piñata, torta y bocaditos como cuando era niño y había muchas fiestas simultáneas. Conversé con la administradora y me dijo que no era original, que muchos jóvenes melancólicos lo hacían". Burneo encontró todos los juegos "igualitos, pero viejos y descuidados. Y pensar que en los años 80 era como ir a Brujas de Cachiche". Los últimos años de El Rancho fueron de debacle fantasmal: "Veías a una anfitriona muy guapa, a 15 meseros y cuatro cocineros que parecía que esperaban atender a un banquete de ejecutivos y no le vendían a nadie. A mí me daba pena y compraba un sándwich de 7 soles". Fue socialmente simbólico lo que ocurrió después: a comienzo de década, al frente llegó un Norky's con su estética multicolor, "que vendía mucho... Y vi que El Rancho le abrió sus campos también a personas de la Lima norte y sur que alquilaban el local los fines de semana y llegaban en combis". Pero parece que el dinero no fue suficiente.

No quiere aparecer como el villano de los antiguos niños. Por eso, Ayar López Cano, presidente del directorio de Poblete Diseño y Construcción, que compró los 25 mil metros cuadrados de El Rancho en 7 millones de dólares, especifica: "Voy a intentar mantener los juegos y el espíritu del sitio, porque yo también celebré mis cumpleaños aquí en los años 70 y me voy a venir a vivir también por el cariño que le tengo al lugar... Pero ya no daba más, lo hemos rescatado porque había malezas y ratas... No es que los anteriores dueños quebraran desastrosamente, sino que se dieron cuenta de que los esquemas actuales no son para tener una pollería en un espacio tan grande. A lo mejor capitalizan en una pollería más chica y les damos espacio en nuestra parte comercial".

El sociólogo Santiago Alfaro examina el cambio de estética: "El estilo neón-moderno se ha multiplicado por la alta competencia existente en ese mercado. Las pollerías no pueden diferenciarse por los pollos, casi todos son los mismos, lo hacen por sus colores. Es una estética de nuevo limeño, extendida en el ámbito nacional". Los colores de El Rancho (rojo, anaranjado y amarillo), antes de la demolición, lucen ocres y polvorientos.

Además en el ámbito de los símbolos la hegemonía se conquista con legitimidad, "no necesariamente con masividad. Ahora la estética polleril legítima es Pardo´s Chicken, otro tipo de restaurante de autor. Y lo masivo es Norky's, nuestro Mc Donald's". El Rancho habría perdido legitimidad y masividad también en su otro rubro, el de diversión infantil cuando era un "Huampaní miraflorino": "Los éxitos gastronómicos también se explican por los rituales sociales, por las transformaciones del uso del tiempo libre. Y el tiempo libre invertido por la gastronomía de comida rápida fue tomado por las transnacionales: las fiestas en el Kentucky, en el McDonald's. La gente que llevaba a sus hijos a El Rancho a comer y jugar, ahora los lleva a una de estas o a Bembos, hay uno con oferta para que jueguen los niños en la misma avenida Benavides, muy cerca". Era, pues, el fin de una etapa dorada como sus papas fritas, que los niños pedían en cucuruchos. Hoy, en su honor, solo queda dedicarle un minuto de ruido (y travesura intensa).

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