A 150 AÑOS DE LAS FLORES DEL MAL

Baudelaire, poeta maldito

Por Renzo Valencia Castillo

Nueve años distan de la fallida revolución de 1848 y el Segundo Imperio impone un industrioso vértigo de novedades, orientadas a transformar París, donde la insolvencia amenaza a uno de los más conspicuos miembros del dandismo, un hombre de 36 años, sin oficio acreditado, conocido acaso por su crítica al arte parisino de entonces: Charles Baudelaire, el mismo que aparece rubricando -un 25 de Junio de 1857- un volumen de versos, de extraño y desconcertante título, Las flores del mal. Respuestas a dicho acontecimiento: nula acogida por parte del público, ensañamiento de la crítica (Le Figaro reseña con inusual violencia: "este libro es un hospital abierto a todas las demencias del espíritu", "hay momentos en que se llega a dudar de la salud mental del señor Baudelaire").

Como si eso no bastara, los tribunales ordenan el decomiso del libro, pues sus versos son juzgados como "ultrajes a la moral pública y a las buenas costumbres". No obstante, este libro tendría un carácter fundamental para la historia de la cultura moderna.

Una carrera de leyes abandonada, el juvenil despilfarro de la herencia paterna o relaciones en cuestión -como la convivencia con Jeannie Marie Duval, una bailarina mulata de dudoso renombre-, son parte del marco biográfico en los años de aprendizaje literario de Baudelaire.

En ellos, se relaciona con figuras de la talla de Nerval, Balzac o Víctor Hugo, quien logró percatarse de los perturbadores e inéditos fulgores presentes en Las flores del mal. Ya desde el inicial epígrafe, el autor advierte sobre el talante de su libro: "saturnal, orgiástico y melancólico".

Al lector se le provee así de ciento cincuenta y un poemas de autoproclamada morbidez, los mismos que, más allá de los temas tratados, obedecen a un ajustado criterio de unidad y cohesión. Baudelaire solo asumiría, del romanticismo imperante en su época, determinadas actitudes vitales; dieron fe de ello su rebeldía e inconformidad, su diletantismo, su tendencia a la evasión, ávida a veces de exóticas latitudes, o de tortuosos parajes deparados por el mundo de la droga.

Conviene remarcar que ni el frenesí vital baudeleriano, ni su desdén por las normas, convalidan el estereotipo del artista doblegado tan solo por los embates de su furor creativo. Al menos eso no ocurre en Las flores del mal. Aquí el texto poético es una rigurosa depuración de la expresión literaria, donde la improvisación o los desbordes de carácter subjetivo dejan de tener cabida (la inspiración romántica, por ejemplo, ve revocado su predominio).

El indócil artífice, pues, había decidido navegar a contracorriente. Se le añadiría a ello un aguzado sentido musical para la composición. Como resultado, la poesía baudeleriana suele reconocerse como producto de una elaboración premeditada, sistemática, consecuencia de un denuedo constante en pos de la perfección.

POETA DE LA MODERNIDAD
Tempranas y sagaces miradas pretenden descifrar el alma de la urbe moderna. Más allá de la decadencia, no se entrevé sino un páramo de opacidad permanente.

Eso no impide que Baudelaire abrigue una convicción: el poeta moderno es capaz de percibir una secreta belleza aún en las degradaciones mayores, en lo monstruoso o en la iniquidad cotidiana: "Que vengas del cielo o del infierno, ¿qué importa / ¡oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso e ingenuo! / (...) De Satán o de Dios, ¿qué importa? Ángel o Sirena / ¿qué importa, si vuelves tú el universo menos horrible y los instantes menos pesados?" ("Himno a la belleza").

Desde Las flores del mal lo bello deja de articular necesariamente con trasfondos modélicos, lo cual, además de instituir un distintivo rasgo moderno, incide en la aparición de nuevos temas.

A estos la sensibilidad del poeta maldito los calibró en tan inusitados términos, que lo 'baudeleriano' será registrado como un original e irrepetible producto. La señalada originalidad puede verificarse en el recurrente tema del spleen, aquella desazón derivada del ilimitado hastío por todo: "Y el tiempo me engulle minuto a minuto, / como la nieve inmensa a un cuerpo vencido por la rigidez; / desde lo alto contemplo el globo en su redondez, / y ya no busco en él" ("El gusto de la nada").

Igual comprobación se da en la recreación del erotismo como una gama de insólitas concepciones conectadas a una difícil psicología.

Lo original trasunta también en el tratamiento del aborrecido perfil burgués o en las transmutaciones del flanêur, el paseante solitario y pensativo sumergido en las multitudes de la ciudad moderna: "Quien se aburra en el seno de la multitud es un imbécil, un imbécil y yo lo desprecio". En una civilización regida por el dominio de la técnica, condicionada por la utilidad y el comercio ¿puede tener lugar la poesía?.

Los tópicos baudelerianos -como el del incógnito flanêur o el spleen- afirmarán la poesía de manera intensa y renovada, en medio de la consolidación del capitalismo industrial. De ahí que la relación de Baudelaire con su tiempo sea un referente para analizar la modernidad, lo que se aprecia en pensadores como Marshall Berman o Walter Benjamin.

Para el primero, su obra manifiesta ya un rasgo típico de nuestras sociedades: la pérdida de solidez en procesos y subjetividades, dada la percepción de lo moderno como vorágine de ritmos cambiantes perpetuos. El segundo ve en lo baudeleriano los signos impulsores de la gran urbe moderna, un espacio configurado en función de permanentes cambios.

Ya que se alude a Benjamin, ha de señalarse que el poeta también ha sido objeto de reflexión para pensadores no menos relevantes, Sartre o Bataille. En su momento, dos noveles artífices (Verlaine y Rimbaud) pretenden homenajearlo.

El olvidado creador, en los estragos finales de la sífilis, no lo permite. Esos jóvenes sólo despiertan su resquemor y su atildada desconfianza; lo único que quiere es estar solo. Hace mucho que ha interiorizado a cabalidad la primacía de su oficio de escritor.

Así, el otrora pousseur y minucioso dandy llega a escribir en una carta: "sé tan bien pasármelas con unos pantalones desgarrados, con una chaqueta por la que sopla el viento, o arreglarme los zapatos agujereados con paja o con papel, que casi sólo siento como padecimientos los morales". Los cuarenta y seis años de su vida le bastarían para ser una excepcional fuente de la literatura y de la sensibilidad modernas.