"EL DETECTIVE ES EL ESPEJO DEL LECTOR"

Pablo De Santis

El escritor Pablo De Santis (Buenos Aires, 1963) visitó Lima a propósito de la Feria Internacional del Libro para presentar su novela El enigma de París, reciente ganadora del Premio Planeta-Casamérica 2007. Ha publicado guiones, historietas, literatura juvenil, y también novelas como La traducción (1998), Filosofía y Letras (1999), El teatro de la memoria (2000), El calígrafo de Voltaire (2001) y La sexta lámpara (2005).

Por Carlos Batalla

La lógica literaria del argentino Pablo De Santis es tan sutil y concreta como el pensamiento de sus personajes detectivescos: nos hace sentir que el mundo tiene cierto orden y que sólo es necesario saber escuchar y ver bien sus detalles. Fue un cálido reencuentro con un escritor que vimos andar hace unos años por su barrio de siempre, "Caballito", en su querida ciudad de Buenos Aires.

El premio concedido a El enigma de París lleva a revisar tus otras novelas. En el cotejo se percibe que esta última es casi un muestrario del género policial y también del imaginario detectivesco. Como dicen algunos comentaristas, ¿es un libro de homenaje a lo policial?
- Para mí se trata de una novela algo cerebral, con cierto interés en la técnica como has dicho, pero en el fondo me parece que es una novela sobre las pasiones, una novela romántica. Muchas veces la visión del autor no es la misma que la del lector. Yo, más que la trama policial, veo la historia del protagonista. La veo como una novela de iniciación, que va cambiando.

UNA NOVELA DE APRENDIZAJE

- Sí, que es en cierto modo lo contrario a la novela de detectives. El detective en las novelas es siempre inmóvil, es exactamente igual cuando comienza que cuando termina. La idea básica del género es el detective que no cambia, que no se casa ni tiene hijos; que no cambia su rutina, que siempre es igual. Eso también permite la serie, puesto que el detective siempre es idéntico a sí mismo. Mientras que el protagonista en esta novela no, él cambia, tiene crisis con respecto a la relación con sus maestros; conoce el mundo de las mujeres, el de la pasión
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¿Ese rasgo romántico que indicas ha sido enfatizado especialmente en esta novela?
- Puede ser. aquí hay como una mayor voluntad de contar la historia; es, además, una novela más larga, más ambiciosa. La veo distinta, es como si fuera una especie de enciclopedia caprichosa del género policial. Por otro lado, no he leído mucha crítica, hemos estado viajando todo el tiempo; pero, en general, creo que en Latinoamérica se ha visto otro elemento en la novela: el humor.

El humor en tu literatura es algo muy sutil. No eres un autor que haya desarrollado abiertamente esa faceta.
- El humor siempre es peligroso, en general, porque puede llegar a irrealizar lo que uno cuenta, como si todo fuera en broma. Creo que hay que manejarlo con mucha sutileza; a veces se aprecia bien el humor en los cuentos de Borges o en los de Bioy Casares, pero cuando los dos escriben juntos, por medio de un autor ficticio como Honorio Bustos Domecq, eso ya no es tan atractivo. Pasa porque el humor en esos relatos es tan evidente que uno ya no le presta atención a la trama, ya no cree en los personajes. Para mí la convicción, el compromiso emocional con los personajes es fundamental en la trama. Al lector le tiene que importar el destino de los personajes de la novela.

Has declarado que tus novelas no son ajenas a ciertos elementos de la literatura popular. ¿Qué rescatas de esa tradición?
- Creo que la literatura del siglo XX se ha apartado muchas veces de la historia y de la sociedad; comienza desde allí a verse un texto entretenido como algo sin importancia, o como algo que merece el mayor de los desprecios. Eso lo vemos a menudo en la crítica, cuando en verdad siempre la literatura, desde que apareció, ha visto las cosas de otro modo. A los trágicos griegos no se les hubiera ocurrido aburrir a los espectadores; a Shakespeare tampoco, que en su momento fue un autor de entretenimiento. Me parece que los géneros populares rescatan lo más puro que hay en nuestra relación con la lectura. Por eso creo que jamás hay que juzgar una obra por el género al que pertenece. El texto puede ser una obra maestra dentro de la novela policial o de la de ciencia-ficción, o dentro de la novela psicológica o en historietas. Para mí, la literatura es como la medicina: algo básicamente fáctico, empírico. No creo que haya ninguna antinomia entre entretenimiento y profundidad, sino todo lo contrario.

Es cierto, entre los escritores más serios esa "antinomia" no existe; eso lo vemos bien en autores como Vargas Llosa y García Márquez y en otros más jóvenes como Andahazi y Fuguet. ¿Dicha antinomia es entonces una creación de la crítica? - Mencionas a Vargas Llosa y él es un ejemplo clásico de un escritor que reúne la profundidad y la inteligencia con el entretenimiento; no me lo imagino diciendo que no le importa si el lector se aburre. Para mí La guerra del fin del mundo fue una de las experiencias de lectura más intensas que haya vivido. Siempre creo que los escritores buscamos que los lectores conviertan lo que leen en una experiencia personal, en un recuerdo, en una vivencia.

Volviendo a la novela, el protagonista, Salvatrio, es un personaje que analiza y piensa en la trama, pero también se apasiona y lucha con sus emociones; sin duda responde a referentes literarios, y siempre queda la posibilidad del referente personal. ¿Qué tan "alter ego" es esta figura central? ¿O debemos aceptar la pura ficción?
- Uno arma quizás los argumentos a partir de la ficción pura, pero la integridad de los personajes se arma a partir de las experiencias personales. Si bien no me ha ocurrido nada de lo que le pasa a este pobre hombre Salvatrio, sí pienso que la manera de ver el mundo se refleja; uno muchas veces, sobre todo para hacer personajes muy jóvenes, trabaja con su propia juventud, aunque la mía no haya sido nada aventurera.

En la actualidad los autores tienden a distanciarse de sus personajes; éstos se vuelven entes impersonales. ¿Hay más evasión literaria que antes?
- La literatura siempre es una evasión, pero es una evasión que supone un regreso. Uno va hacia los mundos imaginarios para volver e interpretar su propia realidad de manera diferente.

También agudiza el sentido crítico.

- Hay un escritor inglés de ciencia-ficción, James Ballard que acuñó esta frase: "La misión de la literatura ya no es agregar más ficciones al mundo sino despojar al mundo de ficciones". A la vez creo que la literatura siempre se relaciona con el mundo mítico. Me parece que estamos muy cerca de los grandes relatos inconscientes, del mundo de los sueños. La ficción no es sólo el mundo de la novela. Las técnicas narrativas no están sólo en las novelas sino también en el mundo cotidiano.

Asumimos papeles, y eso nos acerca a la ficción.
- O al mundo de la sueños también. donde nos encontramos con cosas de nuestras vidas que a lo mejor pertenecen a situaciones antiquísimas, pero que están allí. Borges decía: "La pesadilla, el más antiguo género literario".

El escritor asume a veces el rol del detective, en su búsqueda de descubrir paulatinamente la verdad de una historia, en el afán de darle nombre a las cosas.
- Sí, el detective y los escritores nos parecemos en la ficción porque tenemos que usar por igual la intuición y la imaginación, y además la parte racional. Vemos en las películas que el detective tiene que usar su cerebro, su parte racional, pero también le sirve la intuición. Y los escritores que trabajamos con la imaginación, con el mundo onírico, no podemos olvidar la parte racional para estructurar nuestros textos. Hay que saber que hay un lector al otro lado que debe recordar ciertas cosas. La novela es una especie de sistema mnemotécnico, y su construcción tiene tres capas: la invención, la lógica y la escritura. Hay momentos de sólo inventar; otros de lógica, de coherencia, que es una manera de contener a la invención; y luego viene la escritura, la corrección.

¿Eres obsesivo en la corrección?
- Hay una obra que se llama El libro del té, que habla de los rituales japoneses del té; allí se cuenta una fábula de un padre que le dice a su hijo que limpie el jardín. El hijo lo hace con esmero, pero el padre le dice: "No es suficiente". El hijo vuelve a limpiar todo, y de nuevo el padre le dice: "No es suficiente". El hijo se da por vencido. Entonces, el padre se dirige al jardín y sacude un arbusto hasta que caen unas hojas doradas en el piso, y dice: "Así es como se limpia un jardín". Es decir, siempre debe estar el elemento de perfección, pero también el de la espontaneidad, lo que hace a las cosas más humanas y reales.

Para terminar, Pablo, en El enigma de París hay un diálogo clave entre los detectives, donde se admite que los crímenes no serán nunca más formas de la perfección. ¿Habrá sólo irrupciones novelescas desde lo policial? ¿Qué piensas del futuro de este género?
- Creo que el género policial ha invadido todas las formas de la ficción. La estructura del policial es visible en las series de televisión y en el cine. Lo que ha quedado desplazado en el género, de alguna manera, es la figura del detective clásico. Y esto porque la idea sigue siendo atractiva: alguien que busca la verdad. Eso siempre estuvo en la literatura, contar un cuento es como contar un secreto. Pero el policial puso eso en primer plano. Y otra cosa importante: el detective siempre ha sido el espejo del lector. Los dos leen el mundo. El detective, a través de los objetos y los lugares; y el lector, a través de las palabras y los escenarios.