LO QUE DEBEMOS TENER EN CUENTA PARA ATENUAR EL IMPACTO DE LOS SISMOS

Ciencia para la prevención

Por Modesto Montoya. Físico

El geofísico Mateo Casaverde volvió a nacer la tarde del 31 de mayo de 1970, cuando llegó corriendo al cementerio de Yungay, el único lugar cercano donde podía evitar la avalancha que se producía en ese momento en el Huascarán. Lo llevó su instinto geofísico. Junto a él estaba su colega Gernot Patzelt --geofísico europeo-- y la esposa de este. El cementerio fue construido sobre una huaca preínca. De ahí observó cómo una parte de la ola de lodo gris claro golpeaba el costado izquierdo de la ciudad. Cuando llegaron a un sitio seguro, voltearon la vista y observaron cómo una porción de la avalancha arremetía contra la parte frontal del cementerio. El lodo pasó a unos cinco metros de ellos. Luego vieron que Yungay había desaparecido. La zona quedó incomunicada. En Lima, nadie sabía con precisión qué pasaba. Mateo se quedó en la zona para seguir sus investigaciones y Gernot regresó. Se dirigió a la casa de Mateo para avisarle a su esposa, Sara, que habían sobrevivido. Sin embargo, cuando Sara vio solo a Gernot, temió lo peor.

Mateo Casaverde ha sido presidente del Instituto Geofísico del Perú (IGP) y es asesor del Instituto Nacional de Defensa Civil. Con conocimiento de causa, siempre nos recuerda que debemos prepararnos para no dejarnos ganar por los terremotos. Regularmente tenemos que hacer simulacros para que cuando estos lleguen actuemos sin pánico, de acuerdo con lo entrenado y según sea nuestro rol en la sociedad. Además, don Mateo nos advierte que si nuestras construcciones no están hechas de acuerdo con las características sísmicas del suelo, corremos el riesgo de pérdidas irreparables.

Antes de ver el suelo que rodea nuestras casas debemos ser conscientes de que vivimos en una zona sísmica. Los epicentros de los sismos ocurridos dibujan las dorsales marinas de donde sale el magma y los bordes de unas 15 placas. Una de esas es la placa de Nasca, la que sufre el proceso de subducción bajo la placa Continental (América del Sur) con tal fuerza que por fricción genera calor y forma volcanes o rompe el equilibrio para dar lugar a temblores y terremotos. Nuestro país forma parte del cinturón Circum Pacífico, la zona de mayor actividad sísmica en el mundo, donde ocurre el 80% de los sismos.

En el Perú, entre 1984 y el 2004 se tuvo 1.605 sismos, sin contar aquellos considerados como réplicas. De acuerdo con una zonificación realizada a partir de las intensidades de los sismos ocurridos durante ese período, registrados por el equipo científico dirigidos por Hernando Tavera --investigador principal del IGP--, los departamentos de Arequipa, Ica, Lima y Áncash son los de mayor nivel de sismicidad e intensidad. Este nivel está relacionado con la aceleración del suelo.

Las construcciones deberán ser diseñadas para resistir las fuerzas a las que son sometidas durante los sismos. Carlos Huamán Egoávil, Jorge Meneses y Jorge Alva Hurtado --investigadores del Centro Peruano-Japonés de Investigaciones Sísmicas y Mitigación de Desastres (Cismid) de la UNI--, estudiando los datos sobre terremotos ocurridos en 1940, 1966 y 1974 en Lima, señalan que el centro de la ciudad ha sufrido menor intensidad de daños que La Molina, Barranco, Chorrillos, La Punta y el Callao. Ello se debe a las características de los subsuelos.

Ahora sabemos que no solo los edificios deben ser construidos de acuerdo con las características sísmicas de los suelos. También es necesario que los sistemas de comunicación telefónica tengan en cuenta este riesgo.

Prevenir es menos costoso que lamentar. Mateo Casaverde nos lo hace recordar en cada conferencia que dicta. Necesitamos conocer mejor nuestro suelo para tomar las medidas que reduzcan las pérdidas provocadas tanto por los sismos como por las avalanchas y las erupciones volcánicas que, de todas maneras, tendremos en el futuro, que puede ser mañana. En ese sentido, el IGP juega un rol protagónico y merece mayor apoyo del Estado.