Cine

Crecer en el exterminio

Campos de esperanza

Por Ricardo Bedoya

La película húngara Campos de esperanza (Sorstalanság, 2005) es una sorpresa en la cartelera y ha ingresado a ella casi sin publicidad. Ojalá se mantenga aún en algunos cines. Lo ideal sería que el Centro Cultural de la Universidad Católica -la única institución que podría hacerlo- la retome en su programación, manteniéndola por un tiempo. La dirige el húngaro Lajos Koltai, a partir de un guión del Nobel de literatura Imre Kertész, basado en su propia novela, Sin destino.

Es la crónica detallada, minuciosa, de la trayectoria de Gyorgy, un muchacho judío de nacionalidad húngara que es llevado a Buchenwald, con parada en Auschwitz, luego del apresamiento de su padre. La cinta es, pues, una historia de aprendizaje que se inicia con la descripción del entorno atemorizado de una familia judía en un Budapest que sufre los embates de la persecución y la presencia nazi. Asistimos a conversaciones en las que se siente el peso ineluctable de lo que ocurrirá y se ultiman los ritos de pasaje a la madurez del muchacho que, en ausencia del padre, velará por su madrastra y se hará adulto en el curso de una noche. Los interiores son ocres; los colores, sin saturación; los ambientes, fríos.

El director Koltai es fotógrafo y su origen profesional marca cada imagen del filme. Luego de un par de secuencias luminosas, que corresponden a sus últimos momentos de libertad, la película presenta el viaje de Gyorgy al campo de concentración y su estadía en él. La cinta se torna de color cenizo y de presencia fantasmal, pura "noche y niebla".

Pero esa tonalidad no es anuncio de la exposición detallada de los horrores ni de la descripción del exterminio. No; al director Koltai le interesa ofrecer la experiencia de lo ordinario, del día a día, de las vivencias cotidianas en un mundo excepcional, cuidando de dejar fuera del encuadre la expresión gráfica de lo peor, de los momentos culminantes de muerte por consunción, de lo "irrepresentable", al decir de Claude Lanzmann, el director de la excepcional Shoah.

Lo que le importa a Koltai es el modo en que un grupo de personas en estado de necesidad extrema encaran los asuntos más terrestres y ordinarios de la supervivencia: el enfrentamiento con el hambre, con las necesidades del cuerpo, con la incomodidad, con el dolor, con el hedor del ambiente, con una herida que molesta, con la presencia cercana de cadáveres, con el irresistible apetito por una sopa de zanahoria cuando no se tiene nada.

Lo que la cámara de Koltai registra son las expresiones físicas de esas carencias. El modo en que se secan los labios, gana la palidez, se debilita el cuerpo, el paso se atropella, se pierde la compostura, se "muere" y se "resucita". Pero también muestra los ejercicios de resistencia mental, los del recuerdo y la evocación de una calle de la ciudad natal, de un momento del pasado, de algún asidero emocional de resistencia. Lo más interesante de la película es la alternancia de esos dos niveles de la exposición, ambos centrados en la ambivalente conciencia de Gyorgy, que crece en medio de una de las mayores experiencias históricas del horror y del mal, pero desarrollando allí los soportes psicológicos indispensables para conservarse humano. La experiencia del campo lo destruye, lo endurece y, al cabo, lo salva, preparándolo para un futuro muy complicado, el de Hungría integrada al bloque soviético.

Campos de esperanza (el título más equívoco y engañoso para un original simple y directo: Sin destino) evita el sensacionalismo y la manipulación, pero que por ratos cae en el vicio del patetismo, sobre todo a causa de la música melosa y enfática del italiano Ennio Morricone (un maestro indiscutible, pero demasiado consciente de sus efectos, que ya no está en su mejor forma), al que Koltai no sabe controlar o dosificar.