La fiesta del Chivo

Por Alberto Servat

Finalmente Urania Cabral y su némesis, el dictador Trujillo, llegaron a Lima. Lo hacen de la mano del director colombiano Jorge Alí Triana, quien se propuso convertir "La fiesta del Chivo", la novela de Mario Vargas Llosa, en una obra de teatro desde hace unos años.

Para ello se sumergió en la adaptación y el resultado, trabajando codo a codo con su hija Verónica, es más sorprendente de lo que uno podía esperar. Así lo vimos en su estreno en Nueva York, a cargo de la compañía de teatro Repertorio Español, y lo confirmamos ahora en el teatro del Centro Cultural Peruano-Británico.

A primera vista parecía imposible reducir una monumental novela que recrea los tiempos de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana. Menos aun circunscribirla dentro de los límites del espacio teatral. Pero Jorge Alí Triana supo condensar su esencia, transportarla a las tablas y romper el convencionalismo teatral para ampliar su campo de acción.

Fija el eje central del drama en el regreso de Urania a Santo Domingo para visitar a su padre enfermo. Allí, tras la confrontación con un anciano paralizado, esta mujer exorciza el pasado, inicialmente con frialdad, después con amargura y dolor.

En un segundo nivel narrativo, la conspiración para asesinar a Trujillo es menos elaborada, aunque no por ello menos impactante sobre el escenario.

Jorge Alí Triana aborda con seguridad ambos terrenos. Y en medio de ellos coloca a Trujillo como presencia omnipotente, con un poder aparentemente ilimitado (aterrador por momentos) y siempre peligroso.

Lo curioso es que, más allá del capítulo histórico que aborda con exactitud, el argumento nos es cercano por razones que todos conocemos. Por ello nos sentimos fuertemente atraídos por un drama personal que va dando paso a la tragedia histórica. Porque Urania es, finalmente, la nación herida en manos de un tirano. Una idea que está en la novela y que Jorge Alí Triana entiende bien y plasma en la obra de manera contundente.

La puesta en escena es prácticamente la misma que vimos en Nueva York. Los movimientos escénicos, las imágenes, el diseño de personajes. Pero el cuidado de la producción del Británico, con María Elena Herrera a la cabeza, convierte esta experiencia en un ambicioso y satisfactorio esfuerzo nacional. Nada luce artificial o prestado dentro del universo del 'Chivo' teatral y el resultado no le envidia nada a cualquier teatro del mundo.

Menos entusiasmo me despiertan las actuaciones. En principio, porque ensamblar un reparto de estas proporciones es un trabajo titánico. Y dadas las diversas procedencias de los actores y sus experiencias previas, es difícil mantener un nivel en conjunto. Pero más allá de ello, las interpretaciones de los actores secundarios están siempre al borde de la caricatura y desequilibran el impacto dramático. Especialmente inadecuado resulta Bruno Odar en dos escenas claves, que se desarrollan exclusivamente en el terreno de la parodia. Nada más alejado del drama que estamos contemplando.

También detecto algunos problemas en el trabajo individual de los protagonistas. Norma Martínez, una actriz inteligente y a primera vista la intérprete ideal para la protagonista de "La fiesta del Chivo", ofrece una Urania excesivamente tensa. Lo es de una manera que afecta sus emociones porque la tensión no parece provenir de su interior, sino más bien luce como un recurso externo, lo que desconcierta en una actriz de su calibre (recordamos especialmente su trabajo en "Bicho"). Su aproximación a Urania es tan respetuosa y cuidada --pareciera que la toma con pinzas-- que se aleja de ella.

Alberto Ísola se enfrenta a un reto diferente. Trujillo al ser una personaje histórico tiene una identidad física que el actor, dado su propio aspecto más cercano a un Juan Domingo Perón, por ejemplo, tiene que trascender. Lo consigue en gran medida, crea un dictador en toda su dimensión, y se aleja de las muy satisfactorias interpretaciones previas de Ricardo Barber, en Nueva York, y Tomas Milian, en la película de Luis Llosa. Al imprimir su propia personalidad crea un 'Chivo' diferente, provocando el disgusto y la repulsión no solamente en una escena clave, como la violación, sino en cada una de sus intervenciones.

Sin embargo, Ísola falla en la transición al personaje del viejo Cabral. Como el padre de Urania lo encontramos más afectado. Habría resultado verdaderamente desolador verlo totalmente paralizado, en completo contraste con el dictador en constante movimiento. Sin embargo, cede a la tentación de actuar y gesticula, quitándole naturalidad y nervio a su propia presencia.