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Los aranceles en debate

Por Daniel Córdova. Economista

La reciente rebaja arancelaria decidida por el Gobierno ha generado una nueva versión del viejo debate de economía política. El que opone a quienes defienden el libre cambio contra quienes consideran que el Estado debe mantener altos dichos impuestos a la importación para proteger la industria 'nacional' de manera selectiva.

El argumento proteccionista, que defendieron en Europa desde consejeros políticos como Colbert en el siglo XVII hasta gobernantes nacional-socialistas de inicios del siglo XX, se redujo al terminar la Segunda Guerra Mundial, cuando se consolidó la tendencia libre cambista en un occidente capitalista unificado frente a la guerra fría, mientras que las economías socialistas se cerraban al comercio global.

En ese contexto, la defensa de los altos aranceles bajo el argumento de la 'industria naciente' fue retomada por la Comisión Económica para América Latina (Cepal). El resultado fue la aplicación de la política de sustitución de importaciones en toda la región, mientras que los países del este asiático intensificaban su comercio con los países desarrollados.

Las consecuencias las conocemos. Gracias a su apertura al comercio mundial, países como Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur han ingresado al mundo desarrollado, mientras que América Latina se ha ido convirtiendo en una región relativamente marginal para la economía mundial.

A partir de los años 90, sin embargo, en países como el Perú se decidió abrir la economía, reduciéndose de manera importante el nivel de los aranceles y, de paso, su dispersión. Se hizo entonces evidente el efecto positivo que la apertura comercial tiene sobre el bienestar general, al permitirle al ciudadano de a pie el acceso a productos de mayor calidad a menor precio. Y se hizo obvio también el efecto positivo de la apertura económica sobre las exportaciones industriales y, por ende, sobre el empleo productivo.

¿Cómo entonces pueden persistir los argumentos contrarios al libre cambio frente a tanta evidencia histórica sobre el efecto positivo de la reducción del nivel y de la dispersión de los aranceles?

Una primera explicación nos la da la economía del 'public choice'. Economistas como el premio Nobel James Buchanan han mostrado cómo los intereses de los industriales que buscan protegerse de la competencia exterior se defienden de manera organizada. Mientras que los intereses de los ciudadanos no se defienden de manera organizada. La dispersión arancelaria se genera porque los lobbies suelen lograr alta protección para lo que producen y bajos aranceles para lo que compran. No obstante, con el tiempo, el caos de los cambios arancelarios partida por partida, gobierno tras gobierno, sumado a los diversos acuerdos comerciales multilaterales y bilaterales, han llegado a generar 'protecciones negativas' (arancel bajo para el bien final y alto para el insumo que sirve para su producción) para algunos productores. Bien harían ahora estos en reflexionar acerca de la conveniencia de tener un arancel plano.

La seducción del argumento proteccionista cuenta además con metáforas muy atractivas, que tienen que ver con ideologías contrarias al capitalismo, cuyos efectos han sido estudiados por el premio Nobel Douglass North.

Se habla por ejemplo de proteger la industria 'nacional' como si todos los peruanos fuésemos dueños de las empresas. En realidad, los únicos dueños son los accionistas que pueden o no ser peruanos. Todos los peruanos --eso sí-- somos los que consumimos, los que pagamos cara la protección y los que nos beneficiamos con la apertura económica.

Se sostiene también que si se quita la protección se afecta el empleo. La verdad es que bajo la apertura económica se ha generado más empleo, y empleo productivo, no el empleo artificial de las ensambladoras que pretendieron ser industria naciente. Veamos sino cómo los confeccionistas otrora 'cepalinos' se han convertido en los principales promotores del TLC con Estados Unidos, que dicho sea de paso dará un saludable impulso adicional a la apertura comercial.

Y es que aquella metáfora del "grande que se come al chiquito" no funciona en el comercio internacional. Todo lo contrario. Mientras más se integren las empresas y los consumidores peruanos al mundo desarrollado, mientras menos trabas haya para dicha integración, mayor será el bienestar y más sólida la competitividad empresarial. Porque la protección, además de encarecer los productos, adormece a los protegidos.

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