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Que no sea flor de un día

Luego de que se alejen las cámaras... Gamarra no debe volver a ser el inseguro laberinto de galerías de siempre

Por Pedro Ortiz Bisso

Imposible no estar de acuerdo con el reordenamiento del emporio comercial de Gamarra, más allá de la controversia generada por la forma en que se realizó. Unos 2.300 ambulantes habían vuelto intransitables sus calles, las conexiones eléctricas estaban sobrecargadas, la manipulación de los medidores de agua alcanzaba el 90% y las conexiones telefónicas clandestinas llegaban al millar. Además, pseudovigilantes particulares cobraban cupos a los vendedores callejeros. Había que ponerle coto al caos y la Municipalidad de La Victoria decidió tomar el toro por las astas.

La pregunta, sin embargo, es hasta cuándo durará tanta belleza. Y es que la realidad nos obliga a ser escépticos frente a estas aparatosas operaciones que, tras su espectacular envión inicial, suelen decaer tanto por la desidia de la autoridad como por una serie de trabas que surgen en el camino que impiden alcanzar los objetivos planteados.

La historia reciente permite recordar ejemplos exitosos como la expulsión de los vendedores ambulantes del Centro de Lima realizada durante la gestión de Alberto Andrade, o el reordenamiento efectuado en Las Malvinas por el alcalde Luis Castañeda, al inicio de su primera gestión. Pero también abundan de los otros: ahí están las innumerables intervenciones realizadas en el jirón Azángaro para acabar con los falsificadores de documentos o las operaciones policíacas contra los microcomercializadores de droga que solo sirven para repletar los despachos de los reporteros de madrugada de los noticiarios matutinos.

Bastaría con que los alcaldes de Lima y La Victoria dieran una mirada a lo que ocurre a pocos metros de Gamarra, en la avenida Aviación, que después de innumerables intervenciones, pese a que se ha liberado la vía, continúa siendo un bastión de carretilleros y delincuentes.

De nada vale tomar una decisión si esta no se respeta. Luego de que se alejen las cámaras, se silencien los micrófonos y se apaguen las grabadoras, Gamarra no debe volver a ser el caótico e inseguro laberinto de galerías y corredores de siempre. Es hora de que en el centro comercial más importante del país deje de venderse el principio de autoridad.

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