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La valentía llevó su nombre

HOMENAJES PÓSTUMOS. El viernes último falleció la fiscal Ana Cecilia Magallanes, una de las voces más firmes en la lucha contra la corrupción del fujimontesinismo. Con su partida se pierde una combatiente demócrata, pero se gana un símbolo. Que no se la olvide

Por David Hidalgo Vega

La lucha contra la corrupción es un imperativo categórico kantiano, que exige cada vez más un genuino compromiso por cambiar antes que a los sistemas, al hombre. Necesitamos un hombre nuevo, honesto, con temple de acero, con coraje para crear una nueva historia, para construir una nueva humanidad, un hombre con el coraje de la verdad.

En el mismo teclado en que la fiscal Ana Cecilia Magallanes escribió esas palabras, para agradecer un premio internacional el año pasado, redactó también una serie de documentos legales que permitieron golpear el centro de la corrupción fujimontesinista. Fue en tiempos en que muchos permanecían ciegos o, viendo lo que pasaba --las masacres, las manipulaciones y las mentiras del régimen--, prefirieron un cómodo silencio, que ya se sabe es también un modo de corrupción, si no el peor. Magallanes tuvo pulso para investigar crímenes del grupo Colina, para plantear la primera denuncia contra Vladimiro Montesinos, para ordenar la captura de uniformados y civiles que durante años coparon el poder en el Perú. Fue una de las pocas garantías para quienes buscaban justicia en un sistema judicial adaptado por la dictadura para cubrir sus delitos.

Acaso uno de sus primeros encuentros con la oscuridad fue el caso La Cantuta, cuando una denuncia anónima condujo a un paraje de Cieneguilla donde estaban enterrados los restos de nueve estudiantes y un profesor secuestrados por los agentes de Montesinos. En las fotos de la exhumación, Magallanes aparece con el gesto de quien confirma una infamia. Entonces trabajaba como adjunta de la Fiscalía Provincial Penal 16, a cargo del fiscal Víctor Cubas, a quien Magallanes reconocía como su mentor. "Siempre me decía: mira todo muy bien, investiga. Me corregía sin hacer escándalo", contaría ella años después en su última entrevista con El Comercio.

Esa experiencia debía estar muy fresca cuando en diciembre de 1994 le asignaron investigar la masacre de Barrios Altos, inconclusa primero a partir del autogolpe de Fujimori y luego por una serie de atropellos de la justicia militar que ya había archivado el caso. En medio de amenazas y hostigamientos, la prensa había revelado demasiados detalles que vinculaban el crimen con el grupo dirigido por Santiago Martin Rivas. Antes de medio año, la fiscal Magallanes planteó una denuncia contra los miembros de ese escuadrón de la muerte, incluyendo al jefe formal del SIN, el general Julio Salazar Monroe. Otra voz firme de la justicia, la jueza Antonia Saquicuray, acogió las pruebas y abrió la causa.

Entonces se reanudaron las mañas, con un pedido de la justicia militar para retomar el caso, con maniobras y resistencias de los acusados para presentarse, hasta que el Congreso fujimorista pretendió enterrar el asunto, uno de sus cadáveres más incómodos, con una amnistía. La fiscal Magallanes se indignó. "Esa matanza me dolió muchísimo. Fue una situación espantosa y por eso era una aberración", diría sobre esa maniobra que amenazó con sepultar los esfuerzos de quienes se resistían al régimen. En un dictamen que sería calificado de histórico, la fiscal planteó la teoría del control difuso, por la que se consideraba inaplicable esa ley. La jueza Saquicuray asumió el argumento y resolvió que no admitiría esa lápida en el proceso. Hubo más maniobras, pero la firmeza de ambas fijó un poderoso precedente.

Necesitamos un hombre íntegro, que conozca la geometría moral de las líneas verticales, porque solo así podremos construir democracias maduras, dotadas de consistentes y eficaces sistemas jurídicos, capaces de disuadir y sancionar a quienes pretenden acceder a los cargos para abusar o enriquecerse.

"Fue la primera fiscal en atreverse a investigar a Montesinos, a pesar de que la ex fiscal de la Nación Blanca Nélida Colán, quien era cómplice de Vladimiro, se opuso. La fiscal Magallanes asumió su trabajo y no se dejó manipular", dijo de ella Sofía Macher, quien siguió de cerca el caso desde el movimiento de derechos humanos. En noviembre del año 2000 fue nombrada fiscal provincial especializada para casos de corrupción y asumió la tarea de desmontar la mafia.

Desde ese puesto su voz, en apariencia suave, se impuso a las críticas y las amenazas. "Habían archivado el caso (video Kouri-Montesinos). Yo dije no, esta es la oportunidad para que esto se corte. Definitivamente tengo la oportunidad de hacer algo por mi país y lo voy a hacer", dijo en una entrevista televisiva sobre otro de sus momentos cruciales. Precisamente Magallanes, junto al juez Saúl Peña, tuvo a cargo la revisión de los 'vladivideos' incautados a Montesinos. Lo hacían en una sala del cuarto piso del Palacio de Justicia, hasta donde eran subidas las maletas cargadas de cintas, bajo protección policial. La elección de los videos era al azar y en presencia de un secretario y dos peritos. De allí salieron las evidencias que le hicieron ordenar numerosos y peliagudos arrestos, aun a costa de ser maliciosamente denunciada.

El efecto de esa lucha quedó resumido en el argumento con el que la organización Transparencia Internacional reconoció su labor con el premio del año 2006. "El esfuerzo de la doctora Magallanes condujo al arresto de Montesinos, generales, jueces, fiscales y magnates de los medios de comunicación y contribuyó a la recuperación de 250 millones de dólares".

En pleno fragor, un golpe inesperado la remeció, sin tumbarla. "Estando en la primera fila de la lucha anticorrupción me aparece un bulto en el seno y no le hago mucho caso porque estoy trabajando. Cuando fui al hospital, el cáncer ya estaba avanzado", contó en la entrevista con este Diario. No se amilanó. Trabajó hasta cuando pudo. Hasta que no pudo ir caminando a su oficina. Cuando renunció, los trabajadores de la fiscalía la despidieron entre aplausos.

En el libro del Eclesiastés, capítulo III, se dice que todo tiene su tiempo, ayer fue para mí el tiempo de trabajar y tratar de ser eficiente, hoy, en el tiempo que marca el ocaso de mi vida, recibo este inesperado premio con gratitud y humildad, y lo dedico a los soldados anónimos de la lucha contra la corrupción en el mundo.

El funeral de la fiscal Magallanes fue discreto, como corresponde a esos soldados anónimos que ella homenajeó. En el sereno campo de jardines verdes y lápidas bancas había familiares, vecinos, algunos colegas. Ningún representante oficial, nada de alborotos mediáticos como cabía esperar de una sociedad que olvida pronto a sus defensores. Una pariente elogió su ejemplo, una compañera de trabajo le agradeció su esfuerzo, una periodista la lloró discretamente. Su esposo leyó un homenaje con voz contenida y palabras justas. Y entonces, a media tarde del sábado, empezó a hacer más falta que nunca.

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