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EL MUNDO APOCALÍPTICO DE EL INVENTARIO DE LAS NAVES

Un francotirador de sus propios fantasmas

Por Marco García Falcón

EL INVENTARIO DE LAS NAVES
Alexis Iparraguirre
Editorial Estruendomudo
S/. 20

Si la década de los noventa fue especialmente propicia para la aparición de nuevos poetas, la del dos mil lo fue para los narradores. Ha sido tal el número de nuevos exponentes de la prosa que han surgido desde entonces, que este año se han publicado varias antologías que dan cuenta de su trabajo. Sin embargo, pocas de esas voces se distinguen por su originalidad o por mostrar un universo narrativo y un lenguaje personales. Una de esas voces es la de Alexis Iparraguirre, cuyo primer libro de cuentos, El inventario de las naves (Premio Nacional PUCP 2004), acaba de ser reeditado por Estruendomudo, en una versión definitiva.

El inventario de las naves sobresale, en efecto, por la peculiaridad del mundo que nos invita a penetrar. Los personajes que pueblan estos siete cuentos poseen un raro sino: un grupo de muchachos que consumen una droga azul que es evasiva pero también dadora de visiones milenaristas; una muchacha que ve en los espejos a un hombre que la persigue; un asesino en serie que usa citas de la Ilíada para desconcertar a sus captores; una triada de niños genios que, en medio de su enfermedad terminal, se proponen salvar el mundo; un anciano que conoce el reino de la locura en una última, desesperada aceptación del sexo; un sobreviviente que encuentra entre escombros y basura a la chica a la que amó, convertida ahora en una irreconocible pitonisa; un francotirador que, en su incansable trajinar lo aniquila todo, incluso a sus propios fantasmas. Y, junto con ellos, se halla una presencia latente y devastadora, un huracán apocalíptico, que es una amenaza que llega a concretarse y también un símbolo de la propia corrosión espiritual de todos esos personajes.

Estamos ante un universo inédito en nuestra narrativa, pero cuya existencia se sustenta en el diálogo con una rica tradición (Borges, Calvino, Cortázar), así como con el cine de ciencia ficción, el ánime y los mangas. La ópera prima de Iparraguirre destaca, además, por albergar un lenguaje propio. La fluida y límpida construcción de oraciones, la adjetivación precisa y la recurrencia a imágenes de una perturbadora inventiva cimientan un estilo reconocible. Y ello es poco frecuente: En la narrativa, a diferencia de la poesía, la destreza solo se logra con los años.

Decía Kafka que los verdaderos libros, los que valen, son hijos de la noche y que su lectura nos depara la misma sensación que nos deja una muela en absceso arrancada sin anestesia o el golpe certero de un martillo que resquebraja todo un continente de hielo. El inventario de las naves pertenece a esa elevada pero cada vez menos renovada estirpe de textos que no ceden a la fácil complacencia. No hay en sus páginas el éxtasis de lo bonito o lo edulcorado; tampoco la esperanza de una redención, como podría sugerirlo su conexión con el Apocalipsis de San Juan, de cuya lectura se nutre para alterarla y enriquecerla en su versión más escéptica. Los lectores asistimos así al advenimiento de un ansia similar a la que viven los personajes y desde allí convoca y aglutina sombras, para sublevarlas y darles un sentido. Y ésa es, precisamente, la insólita y necesaria trascendencia de este libro.

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