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Crónica POLÍTICOS EN NAVIDAD

Todo sobre mi hijo

Las costumbres y remembranzas navideñas de tres congresistas de la República y una ministra de Estado, según la incuestionable palabra de sus propias madres.

Por Renato Cisneros

Para conocer el auténtico carácter de un político, hay que recurrir a la más imperdible y original de las fuentes. Su mamá.

Es cierto que las mamás no suelen ser testigos muy objetivos e imparciales que digamos. Muchas veces las opiniones que brindan sobre sus hijos constituyen apasionadas apologías que pueden resultar ociosas en los oídos de un periodista. Sin embargo, la exclusiva información que ellas poseen en su condición de madres contiene una riqueza sin parangones. Solo es cuestión de estar atentos, porque en sus respuestas, cubierto por la melaza de los inevitables elogios maternales, siempre termina apareciendo algún dato pintoresco y revelador.

Para esta temporada de Navidad 2007, deseosos de husmear en el pasado infantil de algunas cabezas visibles de la escena política local, buscamos directamente a sus mamás con la finalidad de que nos cuenten qué ansiosos comportamientos desarrollaban sus hijos en la niñez, ante el advenimiento de estos festejos.

Las convocadas fueron Rita Velarde (mamá del congresista de Unidad Nacional Luis Fernando Galarreta Velarde); Teresa Cisneros (madre de la ex ministra de Trabajo y flamante titular del portafolio de la Mujer, Susana Pinilla); Rosa María Bedoya (madre del legislador aprista Mauricio Mulder); y Cecilia Barreto (mamá del joven parlamentario fujimorista Renzo Reggiardo).

Cabe señalar que también pretendimos incluir a la señora Nita Pérez, madre del presidente Alan García, pero ella se excusó de participar gentilmente (una lástima, por cierto: moríamos de ganas de saber qué clase de pataletas y pucheros hacía Alan cuando no encontraba regalos debajo del arbolito).

A pesar de que la mayoría de ellas no está familiarizada con las entrevistas, todas recibieron nuestra invitación con absoluta cordialidad. Las cuatro hablaron de sus hijos, colaboraron prestándonos fotos y filtraron algunos secretos familiares (de hecho, esperamos no estropearles la armonía navideña con la divulgación de estas domésticas infidencias).

Ojo con este surtido coctel de testimonios. La percepción que el lector ha tenido hasta hoy de estos importantes dignatarios podría cambiar drásticamente.

EL CHICO DE NOMBRE FRANCÉS
Aunque el congresista Mulder prefiere que le digan Mauricio, su mamá es la única que insiste en llamarlo por su afrancesado nombre de pila: Maurice.

"Mejor no pongas eso, porque se puede molestar. No le gusta que le digan así", me advierte la señora Rosa María Bedoya, en la puerta de su casa, ubicada en Miraflores. Segundos después, ella sola se corrige: "¿Aunque por qué no? ¿Total? Ese es su nombre de verdad".

Poco antes de eso --sentados en su notable biblioteca, compuesta por dos enormes anaqueles en los que hay cientos de libros perfectamente clasificados y forrados con vinifán-- ella me contó que el niño Maurice disfrutaba muchísimo de sus primeras navidades.

"Era muy entusiasta. A él y a su hermano Charles les gustaba mucho participar de los arreglos de la casa. Armábamos el árbol y le poníamos velas de verdad, como se acostumbraba en Europa", dice, mientras me muestra la foto que aparece en esta página: ella y Maurice abrazados tiernamente cerca de una columna (quién diría que ese niño de ojitos caídos y orejas en punta se convertiría en el impasible secretario general del Apra).

De acuerdo con la versión de la señora Rosa María, el Mauricio Mulder de hoy no se parece mucho al carismático párvulo que alguna vez fue. Cuando le pregunté a ella si de pequeño su hijo también tenía ese humor tan, digamos, corrosivo, ella reaccionó en el acto. "Nada que ver, no era malhumorado. Al contrario, era un chiquito muy alegre. Le gustaba tocar el charango y cantar. En Navidad cantábamos villancicos juntos en la iglesia de Santa María".

Ella cuenta que Mauricio pedía regalos que le permitieran estar en actividad (como bicicletas y pelotas), aunque precisa que el regalo más codiciado fue la enciclopedia de cuatro tomos que le obsequió a los 13 años. "La nuestra es una familia de lectores. Él, por ejemplo, leyó desde muy chico a Arguedas y a Ricardo Palma", dice la señora Rosa María. A un costado, en la puerta de la biblioteca, Charles, el hermano mayor del congresista, sonríe y asiente con la cabeza, suscribiendo las respuestas de su madre.

PAPÁ NOEL INFLABLE
Doña Cecilia Barreto de Reggiardo les pide a sus nietas que se callen para poder conversar por teléfono conmigo. Luego de imponer los silencios necesarios me cuenta a través del auricular cómo se portaba Renzo en las nochebuenas de su infancia.

"Recuerdo que nosotros teníamos un Papá Noel inflable, de un metro y medio más o menos, y lo hacíamos volar para que pareciera que estaba dejando los regalos. Lo tirábamos y luego alguien tocaba el timbre. Renzo era el más emocionado con eso", dice la señora Cecilia.

Según ella, el hoy acucioso representante del fujimorismo en el Poder Legislativo creyó en la existencia de Papá Noel hasta la avanzada y no tan ingenua edad de 11 años (un dato que no sabemos si clasificar como divertido o preocupante).

"Él creía en Papá Noel, pero el personaje que más le gustaba ver en la televisión antes de irse a dormir era Topo Gigio", acota, riéndose.

Cuando fui el jueves pasado a la casa de doña Cecilia --una linda vivienda en San Borja, cuyo frontis está decorado con esas intermitentes y musicales lucecitas de Navidad-- una señorita me alcanzó unas fotos del legislador en su versión más chibola. En la imagen seleccionada, Renzo está de pie con sus su mamá, su papá (el ex congresista Andrés Reggiardo) y sus dos hermanas mayores, en la que parece ser la primera comunión de una de ellas.

"No te puedo decir qué le voy a regalar. Eso es sorpresa, pues", me responde con amabilidad doña Cecilia.

Aunque los planes para la noche de mañana no son seguros, es posible que ella reciba las 12 al lado de su hijo.

LA VERDAD ANTE TODO
La señora Rita Velarde de Galarreta educó a su hijo Luis Fernando con la idea de que quien traía los regalos en Navidad no era ningún Santa Claus, sino el propio niño Dios.

"Él me preguntaba por Papá Noel, pero yo le decía que esa era una tradición de Estados Unidos".

El chiquito Galarreta, contento a medias con esas explicaciones, quería saber si el famoso Niño Dios del que su madre tanto hablaba también se metía a las casas por la chimenea, como hacía el gordito Santa Claus allá en Estados Unidos.

"Yo le tenía que decir que en el Perú las casas no tienen chimeneas. Y le aclaraba que los regalos los compraba su papá, que el Niño solo venía para dejarlos".

Doña Rita recuerda que a su hijo siempre le gustaron los carros, y que uno de sus regalos favoritos fue un 'chachicar'.

"Cuando estaba más grande, yo le regalé ese 'chachicar' a otro niño y Luis Fernando se molestó un poco conmigo".

Es inevitable preguntarle a la señora Velarde por la discapacidad con que Luis Fernando nació. Ella cuenta que a su hijo le amputaron las manos porque no las tenía normales.

"Él nunca tuvo problemas para jugar, pero cuando me preguntaba por sus dedos, yo le decía que sus manos de metal eran más fuertes", relata ella y señala que el congresista utiliza desde los siete años ganchos metálicos para manipular objetos.

Mañana por la noche, madre e hijo recibirán juntos la Navidad y luego, como todos los años, darán vueltas por algunos distritos para repartir chocolates y juguetes entre los niños más pobres.

LA NIÑA TERRIBLE
Nadie acertaría ante el difícil reto de imaginar las inquietudes navideñas de la niña Susana Pinilla Cisneros. Uno ve a la hoy ministra de la Mujer --siempre tan arreglada, tan guapa, tan compuesta ante las cámaras-- y podría confundirse, creyendo que en el pasado fue una esmerada coleccionista de muñecas Barbie. Nada más falso.

"Jamás jugó con muñecas. Si lo hacía era porque las heredaba de alguna de sus hermanas, pero a ella le gustaba jugar con revólveres de juguete y dar volantines y hacer travesuras. Era terrible, en el colegio la tenían que amarrar", confiesa entre risas su mamá, la señora Teresa Cisneros (entretenida conversadora y disciplinada jugadora de tenis de 82 años).

Las navidades de los Pinilla eran, según ella, como las de cualquier familia peruana: armaban el árbol entre todos, construían el nacimiento y --siguiendo las instrucciones de la abuela paterna-- canturreaban un repertorio de villancicos.

En la sala de su casa en Monterrico, doña Teresa dispara anécdotas de su hija ministra y abre un viejo álbum en el que rápidamente destaca una fotografía: 'Susybel' (síntesis de su nombre de pila, Susana, más el nombre que su papá infructuosamente quiso ponerle: Isabel) posa al lado de su mamá la mañana de su primera comunión.

"Ella sí creía en Papá Noel, pero después, a los siete años, sus hermanas se encargaron de decirle que no existía", cuenta la señora Teresa, quien se resiste a contar qué otros poco femeninos juguetes pedía Susana en Navidad. "No te puedo decir, porque no quiero dejarla mal", bromea.

Mañana por la noche Teresa esperará Navidad sin Susana, que a esta hora debe estar volando rumbo a Nueva York para visitar a su hermana mayor.

Como evidente colofón de esta crónica navideña, solo queda invertir las líneas finales para desearles a estos cuatro políticos peruanos (y a sus simpáticas mamás) una opípara Nochebuena en familia, con muchos obsequios, y champán a discreción.

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