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CRÍTICA DE ARTE

Paisaje como metáfora

Por Élida Román

El año se ha iniciado con muy buen pie, con "Tres arenas", obras de Ricardo Wiesse realizadas en el último bienio, que se presentan en el Icpna-Miraflores. Gran despliegue que reúne variaciones sobre un tema o motivación que siempre ha estado ligado a su trabajo: el espacio del y para el hombre, el ámbito donde la existencia se hace posible, los elementos que cohabitan y modifican, las sensaciones y percepciones que acompañan la conciencia plena de ese espacio encontrado y concedido.

Categorizar como paisajes estas obras no sería suficiente para describir no solo las formas sino, y sobre todo, los contenidos. Fácil denominación para la serie de visiones de Pachacámac, realistas pero no sujetas a la búsqueda del 'trompe-l'oeil', ese engaño fascinante, sino, por el contrario, eludiendo preciosismos y ambicionando encontrar ese rasgo simple y fuerte que traiga la memoria de la sensación privada y única.

En la serie de pinturas, que el mismo autor llama abstractas, la recreación de esas mismas vivencias se da a través de rasgos, incisiones, formas circunscritas, planos contiguos y contrastantes, líneas sin principio ni fin, la aproximación a lo táctil, áspero y vivo en su presencia, que no es más que el recuerdo de la huella, el testimonio del paso efímero que ambiciona inscribirse como socio de esa materia así representada. En ambas vertientes, Wiesse habla el mismo idioma. Formas y, sobre todo, el color, revelan la sintaxis. Si en los paisajes, que llamaremos realistas, pareciera que se somete a una fidelidad cuidada, una mirada atenta podrá encontrar que los volúmenes se resuelven en síntesis austeras, que las líneas que los determinan parecen repetir los códigos de las abstracciones, que la tal realidad se ha diluido en un conjunto de elementos mínimos y precisos. Es en el color, en su elección y su tratamiento, donde se confiesa el intento. Los contrastes de tierras y azules, como en la playa, la arena y el mar y el cielo, los verdes fantasmales, esos matices que la luz consigue al paso de las horas, y que aparecen reconocibles en las pinturas abstractas. Todo se vuelve, así, fuerte mensaje de percepciones y vivencias profundas, ambiciosas de representar lo tangible y sospechar lo cósmico. En una nueva vuelta de tuerca hacia esta intención, Wiesse se vale de sus ensamblajes, relieves o esculturas para el muro, complicando y exigiendo a los materiales utilizados una expresividad que no siempre se resuelve con comodidad. Las formas elegidas, surgidas como recorte de aquellas líneas-guía de las pinturas, límites para concentrar la idea, se deciden por la preocupación del diseño preciso y casi preciosista y, en ese afán, desdibujan el resultado buscado. El diseño gana a la intención.

Es una exposición que permite ratificar una personalidad artística vehemente y segura de su propósito, que no se ha sometido a vaivenes o exigencias de moda y que ha sabido hurgar, diseccionar y renovar sus imágenes, siempre atento a esa idea central que lo mueve.

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