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UNA POLÉMICA INVESTIGACIÓN

¿Ya se cultivan transgénicos en nuestro país?

Por Ernesto Bustamante. Decano del Colegio de Biólogos

En noviembre, una periodista reseñó, en El Comercio, que una bióloga de la Universidad Nacional Agraria La Molina había realizado análisis de laboratorio que 'demostraban' la existencia de cultivos ilegales de maíz transgénico en valles de Barranca. Ese informe periodístico no mostró resultados ni menos hizo referencia a algún artículo publicado en una revista científica (lo que es requisito ético previo para que un científico divulgue mediáticamente algún hallazgo). Más bien, como único sustento se destacó que un ecólogo de la misma universidad habría dicho que "si ella afirma eso, es verdad, sobre todo si ha hecho el análisis". Es decir, se usó el principio de autoridad en vez del aristotélico karma científico: soy amigo de Platón, pero más soy amigo de la verdad.

Semanas luego del artículo periodístico, la investigadora hizo públicos sus resultados mediante un informe técnico-político. Este carecía de los requisitos estrictos de toda publicación científica (materiales y métodos, discusión de resultados, bibliografía, coautores, financiación, declaración de conflictos) y llegó para su estudio al Conam y al INIA; y se filtró a científicos que lo examinamos independientemente. Hace un mes el INIA emitió un informe respecto al estudio y el Conam lo hizo revisar por tres expertos. Estas instituciones no han publicado sus conclusiones. Hace semanas conversé con la periodista responsable sobre la evaluación del estudio materia del artículo periodístico y un colega mío hizo conocer de nuestra evaluación al rectorado de la Universidad Nacional Agraria La Molina.

La autora concluye dos absurdos improbables: a) Presencia simultánea de tres eventos transgénicos de dos fabricantes diferentes (gen de resistencia al herbicida glifosfato; gen de resistencia a otro herbicida, glufosinato; y gen Bt de resistencia contra un insecto lepidóptero). b) Haber encontrado transgénicos en el 30% de los cultivos. Esto se agrava pues uno de los dos fabricantes aún no ha lanzado comercialmente sus semillas. Estas falsas e incoherentes conclusiones se explicarían por el hecho de que el informe denota errores groseros de orden procedimental y control de calidad (ausencia de controles positivos, interpretación errónea de bandas, etc.).

Yo no sé si en el Perú se cultiva maíz transgénico; puede ser que sí, como puede ser que no. También es posible que vivan marcianos en Barranca; puede ser que sí, como puede ser que no. Lo que sí es cierto es que nadie ha demostrado que haya algún cultivo transgénico en Barranca o en alguna parte del Perú (salvo experimentales). Todavía no.

Ante esta secuencia de ineptitudes personales e institucionales se ha generado una falsa verdad ya difundida internacionalmente. Esto debió haber sido corregido por la autora, la periodista, el ecólogo, el politizado Conam, el INIA o la universidad. No obstante, veo con desazón que cada vez la falsa verdad se difunde cual hecho inobjetable y es usada como herramienta por aquellos grupos ideologizados y seudoambientalistas que utilizan su posición antiempresa para torpedear el importante papel que deberá cumplir la biotecnología moderna como instrumento de desarrollo del Perú.

Este es un ejemplo claro de por qué el propuesto ministerio al que se pretende encargar el cuidado del medio ambiente debe carecer de influencia política y depender de científicos de mente libre que puedan evaluar, con carácter estrictamente técnico, el impacto ambiental de los proyectos de desarrollo.

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