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UNA PARÁBOLA CERTERA DEL DESCONCIERTO MORAL

Sin lugar para los débiles

Por Tomás Eloy Martínez. Escritor

Entre las grandes películas del pasado 2007 sobresale una extraña obra maestra, "Sin lugar para los débiles", de los hermanos Ethan y Joel Coen. Es una obra amarga, implacable. Las alas del mal rozan cada una de sus imágenes y erizan el corazón de los espectadores. Aunque sucede en Estados Unidos de los años 80, refleja el país de ahora, en el que agonizan las tradiciones de tolerancia, igualdad y justicia que se forjaron hace más de dos siglos.

"Sin lugar para los débiles" expande los horizontes del cine negro y le añade una figura tan compleja como arriesgada, la del asesino serial. El guion de los Coen respeta con extrema fidelidad la novela de Cormac McCarthy sobre la que está basada, cuyo título en inglés, "No Country for Old Men", fue tomado de un poema de W. B. Yeats, "Hacia Bizancio": "Aquel no es un país para hombres viejos".

Hace poco, McCarthy fue situado entre los mejores narradores contemporáneos junto a Thomas Pynchon, Don DeLillo y Philip Roth. No es un juicio excesivo para alguien que escribe con la transparencia de Hemingway y la profundidad crispada de William Faulkner.

Llewelyn Moss (Josh Brolin), un veterano de Vietnam que malvive de la caza de antílopes en una casa rodante, halla en un páramo, al oeste del estado (de Texas), un cargamento de heroína y una valija con más de dos millones de dólares. Alrededor yace una docena de cadáveres. El lamento de un mexicano malherido que pide agua interrumpe su retirada. Supone que es el chofer de la camioneta en la que han llevado la droga de un lado a otro de la frontera. Toma el dinero y abandona al hombre agonizante en el desierto. A la noche, el remordimiento no lo deja dormir y comete un error de perdición. Regresa al lugar de la matanza para entregar el agua que había negado antes.

El desconcierto ético es una de las marcas inequívocas del cine negro. Se observa en los personajes más duros de "El padrino" y en la compasión de los gángsteres de Scorsese. La ausencia de brújula moral es una representación de la fatalidad, el desierto sin Dios de los perdedores.

Moss está condenado a la fatalidad de la culpa y a la ansiedad por lavarla. Hace lo que hace para que los espectadores se pregunten si su error fue robar un botín de traficantes o soñar con una vida mejor en un país implacable con la gente, donde ya no hay lugar para los sueños.

"Este país es duro", se lamenta uno de los personajes. "Duro e insensato. Se le ha metido el diablo y nadie parece darse cuenta".

El sheriff Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), un veterano de la Segunda Guerra Mundial al que condecoraron por una acción de la que se arrepiente, se ha lanzado a la búsqueda del bien desde que regresó a Texas. Cree en la diáfana división entre bien y mal y sufre porque la experiencia del pasado lo contradice. Está a punto de jubilarse y todavía no sabe si se ha equivocado.

"Pensé que cuando envejeciera Dios llegaría a mi vida", dice, decepcionado. "No llegó".

El mal, en cambio, se hace presente a cada instante y lo acerca más y más a la desilusión.

Bell busca a Moss para volverlo a la buena senda y evitar que Anton Chigurh (Javier Bardem) lo encuentre primero y lo mate. Los interesados en el dinero son muchos, pero Chigurh --un sicario y psicópata que trabaja solo-- es el más obstinado.

La peste, el mal absoluto, el vacío de la conciencia: Chigurh es peor que todo eso. Combina la impasibilidad de Hannibal Lecter con el automatismo de Terminator.

Luce un peinado asombroso y ridículo del que por prudencia nadie se ríe. Avanza por las rutas provisto de un arma neumática para sacrificar ganado y con la que vuela cerraduras y asesina seres humanos. Su mirada y sus desplazamientos de serpiente inspiran un horror de otro mundo.

En "No hay lugar para los débiles", Chigurh es el arquetipo de las penumbras más siniestras que han caído sobre EE.UU.: alguien para quien no hay un otro, y que avanza sembrando la desgracia.

Una señal de estilo de los Coen es el humor absurdo, que deriva de la pasión con que observan los desvíos de la realidad. Aunque "Sin lugar para los débiles" es su película más oscura, provoca risas involuntarias cada vez que Chigurh aprieta el gatillo de su arma extravagante o cuando Moss pide que llamen a un médico y su lamento es ahogado por una banda de mariachis que pretende alegrarlo.

Esta película es una de las parábolas más certeras del desconcierto moral en que el gobierno de George W. Bush ha sumido a un país donde soplan vientos tóxicos que hace apenas seis años nadie imaginaba, como la tortura legalizada y el espionaje a la intimidad de sus habitantes.

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