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Entrevista AQUILINA PALOMINO

"¡En mi vida imaginé hacer empresa!"

Para pagarse la universidad, para dar de comer a su hijo, ella cantó en los micros. En Uchiza conoció los estragos que causa la anemia. Investigó, creó algo con qué combatirla

Por Antonio Orjeda

Que nadie vuelva a decir que no hay pena mayor que la suya. Aquilina no paró hasta llegar a la selva, le dijeron que allá había trabajo. Ella huía de una pena de amor. Allá vivió el terror que podían causar el Ejército, Sendero Luminoso o el narcotráfico. Estudiante de Enfermería, atendió brutales cuadros de anemia que terminaron de enrostrarle que su dolor era cualquier cosa. Por esa gente, Aquilina entró en acción. Elaboró un suplemento alimenticio, demostró su valía, lo ofreció a los programas sociales. No le dieron bola. No había investigado durante años para mandar su aporte a la basura. Lo elaboró e introdujo en el mercado por su cuenta. Sin pretenderlo, Aquilina se convirtió en empresaria. Su vida está plagada de anécdotas.

Para pagar la alimentación de su hijo y además pagarse la universidad, usted cantó en micros.
Fue una experiencia muy bonita. De joven yo había hecho música, pero cuando regresé de Uchiza --sin pena ni gloria, porque incluso me vine tirando dedo-- fui a buscar trabajo y sí encontré, pero una enfermera gana 280 soles.

Cantando podía ganar más. De eso se enteró cuando...
Estaba yendo en el micro, pensando "qué haré con mi vida", cuando suben tres chicos a hacer música ¡y a uno yo lo conocía! Me bajé con ellos, les pregunté cómo era el negocio, y me sorprendió cuánto ganaban. "Ah, no --dije--. ¿Con quién salgo a cantar?".

¿Qué cantaba?
Yo he aprendido que en la vida, cuando uno tiene claro el objetivo, hacia él va. Les dije a los chicos: "Tenemos que hacer que la gente nos dé plata, hay que subir por atrás --de manera que no todos los pasajeros nos vean-- y empezamos con un huaylarsh --fuerte, de esos a morir, para que la gente se olvide de sus problemas--"; de ahí entraba yo con un huaino ayacuchano --para que se corten las venas (ríe)-- y rematábamos con un huaino huancaíno --bien alegrón--, pero ahí yo ya no cantaba, sino pasaba la bolsita.

¿Cuánto sacaban al día?
Era matador. De ocho a ocho. Todos los días. La primera semana terminé ronca, pero yo no tenía opción de decir "hoy no voy"; porque mi hermana no me perdonaba nada. Yo tenía que pagar la comida de mi hijo y la universidad... ¿En un día bueno? No me acuerdo, pero sacábamos buena plata.

Usted se fue a Uchiza para olvidar una pena de amor, y regresó a Lima con un objetivo.
Me fui con mi 'depre'... Allá conocí a una señora que perdió a su esposo, a su hijo, ¡a toda su familia la habían matado! O Sendero o el narcotráfico. Muchos niños vivían con sus abuelitas porque a sus papis los habían matado. Eso me chocó mucho, quizás porque mi hijito se había quedado acá y yo lo veía en cada niño que miraba... Mis problemas, al lado de los de esa gente, eran nada. Una abuelita vino a mí cuando yo trabajaba en un programa que entregaba alimentos. Su nietecito estaba con una desnutrición severa. No calificaba: el alimento era solo para los casos de desnutrición aguda. No le podía dar nada (Aquilina se seca las lágrimas)... ¡Cómo se lo explicas!

Fue una de las razones que la llevaron a trabajar por esa gente.
Ellos necesitaban más que ese tipo de ayuda. Los programas sociales les daban algunas cosas, pero no les solucionaban la vida.

No lo vio como un negocio.
¡Nooo! ¡Yo nunca en mi vida imaginé hacer empresa! Fue la impotencia... También el amor a mi hijo, porque su recuerdo me destrozaba.

También los brutales cuadros de anemia. Llamaba a sus profesores en Lima para que le dijeran qué hacer. Le recomendaron investigar, hallar la solución.
Mi 'depre' me pasó. ¡Pisé tierra! (ríe)... Llamé al doctor (Luis) Benavente. Decidí regresar, sacar mi título. Pero la Cayetano me 'enchufó' medio año más de estudios. ¿Y para pagar?

Ahí fue que empezó a cantar.
Claro, porque la universidad costaba S/.750 y yo, con mi sueldo de enfermera --de S/.280--, ¿qué hacía? Y cantando pude pagar... y me quedaba para la comida.

Su objetivo era dar con un suplemento alimenticio que combatiese la anemia.
Mi primer proyecto fue hacer galletas fortificadas, siguiendo la experiencia chilena. Yo decía: "Si allá funcionó --claro, funcionó porque tuvo el apoyo del Gobierno Chileno--, en Uchiza tiene que funcionar". Era mi locura. Y una vez que tuve listo mi proyecto, lo mandé a Tocache en busca de financiamiento.

¿O sea que usted estudiaba, investigaba en las bibliotecas y además cantaba en los micros?
Los primeros seis meses canté para pagar la comida y la universidad. La terminé y ya no tuve que cantar todos los días: solo los fines de semana. Tuve más tiempo para investigar.

¿Los chicos de la universidad conocían su otra actividad?
Una que otra amiga. Una vez, una me vio en un micro y se bajó. Supongo porque creía que yo tenía vergüenza. No sé. Pero yo era feliz, porque sabía que esa era una coyuntura: un medio para conseguir lo que yo estaba buscando.

Su historia parece irreal.
Quizás sea muy sensible... Lo que vi allá me tocó mucho. Me sentía una privilegiada: había ido a la universidad, a una buena universidad. Me sentía con la obligación de hacer algo.

Pudo haberse quedado en Uchiza. Tenía dos trabajos...
No sé. Yo siempre soñé. Mi familia ha sido muy pobre. Mi reto también era sacar a mi familia de esa situación de exclusión.

Su madre es analfabeta. Usted ha dicho que ella le enseñó a soñar.
Mi mamá es muy sabia, ¡porque la inteligencia no está relacionada con el grado de instrucción!

A veces no teníamos qué comer. Pese a ello, ella nos enseñó a compartir. Y mi papá, una vez, cuando de niña me encontré una caja con pinturas y se la enseñé --feliz--, me dio un grito: "¿De quién es eso?". Me la encontré. "¡Devuélvalo!". Yo no se la había robado a nadie, me la había encontrado... Ahí aprendí que lo que no ganas con esfuerzo no es tuyo. Lo devolví. ¡Por eso me da bronca toda la corrupción que hay en los programas sociales! ¡Yo la he visto! Por eso dije: "Si nadie lo va a hacer, ¡yo lo voy a hacer!".

Había hallado una manera de combatir la anemia. No recibió ningún apoyo estatal.
¡No, pues! Pero buscamos el financiamiento a través de Usaid. Ya con mi producto fui al Pronaa. Nos dijeron que debíamos ir a las empresas que eran sus proveedoras. ¡Nadie nos dio bola!

Usted quería aportar, y ante la falta de apoyo decidió producir por su cuenta su suplemento alimenticio y así, sin pretenderlo, se convirtió en empresaria.
¡Sí! Porque ¿cuál era mi siguiente paso? ¡Archivar todo lo que había encontrado! No podía ser. Habían sido años de investigación (del 92 al 95), había demostrado que funcionaba...

¿Qué año era?
El 98.

En diciembre del año pasado, Forticao, su producto, entró a la cadena de farmacias Inkafarma. Ese mes vendió 6.000 unidades.
Y es solo el principio (ríe).

Su actual pareja cree tanto en usted y en su producto que salió a la calle a venderlo.
Él es mi complemento. Lo conocí en Uchiza, comía en la misma pensión que yo, y ahí a todos les hacía probar mi producto; porque además de su valor nutritivo, yo quería saber si era del agrado de la gente. Él me veía cuando me reunía con los clubes de madres... A veces se quejaban de su pobreza. Mira: yo he sido muy pobre, mi mamá es analfabeta pero yo he estudiado en la universidad, y he hecho música en los micros. "¿A ver?". Pedía una guitarra y terminábamos bailando. Yo decía: si usted no pudo ir al colegio, su hijo sí puede. ¡Todo es cuestión de proponérselo!

Su madre está viva. Usted ha podido demostrarle que sus enseñanzas han valido la pena.
Mi mamá no tiene idea de todo lo que me ha dado... Yo me siento menos que ella. Mi sueño es que aprenda a leer... Todavía no he terminado mi tarea...

Pero usted ha logrado mucho.
¿Sabes qué siento? Mucha gente me dice: "Lo que tú has hecho es extraordinario". Yo lo veo normal. Esto es lo que a mí me tocaba hacer. ¡Y soy de las que dicen las cosas de frente, porque todo lo que tengo me ha costado! Yo sé cómo funcionan las cosas --he sido decana del Colegio Regional de Enfermeras, coordinadora del Foro Salud--, eso me da la fuerza para decir lo que pienso. Yo incluso le he escrito al presidente García, pero me contestó la Presidencia del Consejo de Ministros, nada más (ríe)... Pero no me rendiré. Yo quiero que este país despierte.

Tiene 42 años. ¿Qué viene?
Mi siguiente sueño es poner una planta procesadora de hemo-globina deshidratada de vacuno (para obtener hierro hemínico, la base de Forticao). La primera en el Perú, y que no solo me va a proveer a mí.

LA FICHA
Nombre: Aquilina Timotea Palomino Capcha.
Colegio: "En el único que había en mi pueblo, Santa Catalina (en el distrito de Santa Cruz de Andamarca, provincia de Huaral); y después en Lima, en el Elvira García y García".
Estudios: Enfermera de la Cayetano Heredia con posgrado en Salud Pública de la misma universidad.
Edad: 42 años.
Cargo: Gerenta general y propietaria de Waala.

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