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FICCO 2008, UNA CRÓNICA

Cine avanzado

Por Isaac León Frías

El Festival Internacional de Cine Contemporáneo de México (FICCO) llegó este año a su quinta edición, y ya se ha consolidado a nivel regional, junto con el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (el BAFICI), como el más importante de América Latina en la exhibición del cine más avanzado que se hace en el mundo. Hasta hace algunos años los festivales de cine realizado en estas tierras (como el de Lima, el de Viña del Mar, el de Guadalajara o el de La Habana) eran los que marcaban la pauta.

Como que a lo máximo que se podía llegar era a dar cuenta de lo que se hacía entre nosotros. Los festivales de proyección internacional no sobrevivían o tenían un perfil muy bajo. Incluso el de Mar del Plata, considerado como el único de clase A en el continente, no ha logrado alcanzar desde su reaparición hace 12 años el nivel que ostentó en los años 50 y aún no ha llegado a ajustar asuntos fundamentales como fecha de realización, novedades en la programación, entre otros aspectos cruciales en la definición de un certamen internacional de cine.

UN NUEVO MODELO
El BAFICI vino a fines de los 90 a lanzar un nuevo modelo de Festival, abierto a las tendencias más renovadoras del espacio fílmico de todas partes del mundo. Eso repercutió, incluso, en una distribución independiente más permeable a expresiones antes ausentes de las pantallas comerciales de Buenos Aires, entre ellas las cintas del iraní Abbas Kiarostami, por ejemplo.

El FICCO en México enarbola una propuesta parecida. Conducido por un equipo muy joven de cinéfilos apasionados y patrocinado por la cadena CINEMEX, una de las más poderosas en la exhibición fílmica en el país del norte, ha venido consolidando un proyecto de vanguardia: convertirse en la tribuna de las expresiones más personales, inquietas o, incluso, marginales del cine internacional actual y, al mismo tiempo, rescatar las mejores fuentes de ese cine independiente.

EN EL MARGEN DE LA INDUSTRIA
De este modo, en la última edición, clausurada hace pocos días, pudieron verse fuera de la competencia títulos como los franceses Los amores de Astrea y Celedón, de Eric Rohmer, No toques el hacha, de Jacques Rivette o Puerto de embarque, de Olivier Assayas, tres realizadores de larga trayectoria (los dos primeros son veteranos de la "nueva ola"), pero siempre en el margen de lo establecido por la industria, junto a otros como El grano y la mula, de Abdellatif Kechiche, o Lady Chatterley, de Pascal Ferran, realizadores de obra más reciente. Igualmente, películas como El hombre de Londres, del húngaro Bela Tarr, My Winnipeg, del canadiense Guy Maddin, En la ciudad de Sylvia, del español José Luis Guerin o las japonesas Gloria al cineasta, de Takeshi Kitano y El renacimiento, de Masahiro Kobayashi o, para no hacer una larga lista, la china Inútil, de Jia Zhang-ke. Todas ellas películas que nuestra distribución ignora y que, de una u otra manera, son las que hacen avanzar al arte de las imágenes en movimiento, ampliando los espacios de la representación y afinando o, también, renovando el abanico de estilos que la creación fílmica ha desarrollado a lo largo de su historia.

Pero el FICCO ha ofrecido también en esta edición filmes de realizadores más jóvenes y cercanos como El cielo, la tierra, la lluvia, del chileno José Luis Torres Leiva o el documental mexicano Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo, que obtuvieron dos de los principales premios del evento y que son una clara señal de que en nuestros países se puede encontrar expresiones de creatividad cinematográfica, aunque no en la proporción de otras regiones donde hay apoyos más sólidos o tradiciones fílmicas de gran arraigo.

RETROSPECTIVAS
Al lado de lo nuevo, que no es siempre bueno o valioso, pero sí al menos distinto a lo habitual, el Festival de México programó algunas retrospectivas de enorme interés. Una de ellas dedicadas al gran cineasta danés Carl T. Dreyer, del que se vio el íntegro de su obra. Asimismo, la obra completa del francés Maurice Pialat y del finlandés Aki Kaurismaki (la misma que se vio en Lima hace pocos meses con una escasa presencia de espectadores).

Otra retrospectiva cubrió el trabajo completo de una pareja de documentalistas italianos, Yervant Gianikian y Angela Ricci Lucchi, que utilizan como base materiales documentales muy antiguos, como los que se muestran en una trilogía en torno a la primera guerra mundial. Otra muestra destacable fue la dedicada a una de las cinematografías que atrae la atención en estos últimos tiempos, la filipina, que se suma a varias de los países asiáticos de fuerte presencia en los espacios festivaleros y de manera creciente en las salas de estreno de muchos países.

El FICCO constituye, finalmente, una reafirmación de lo que significa ver el cine, y sobre todo ese cine distinto que caracteriza su programación, en pantallas grandes. En estos tiempos en que el acceso a esas películas en muchos lugares (en Lima, por ejemplo) solo es factible a través del DVD (cuya importancia está fuera de toda duda, por cierto), el soporte fílmico, que vive probablemente sus últimos años como el material dominante, y su exposición en las salas de cine, se convierte en un verdadero privilegio.

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