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UNA NUEVA MIRADA AL CINE REGIONAL

El cine más allá de Lima

La producción de películas se sigue incrementando en las provincias de nuestro país. Aquí presentamos una muestra representativa de las tendencias más importantes del cine regional, en la que se comenta principalmente títulos de reciente estreno en la capital.

Por José Carlos Cabrejo

Desde que el largometraje ayacuchano Dios tarda pero no olvida de Palito Ortega irrumpiera allá por el año de 1996, el cine hecho en provincias se ha multiplicado de una forma casi incontable. Hasta la fecha, más de una década después, se han comentado en diversos medios de comunicación cintas como Sangre inocente (2000) del ya mencionado Ortega; Jarjacha, el demonio del incesto (2002) de su paisano Mélinton Eusebio; El misterio de Kharisiri (2004) del puneño Henry Vallejo; El Tunche, misterios de la selva del huancaíno Nilo Inga; El abigeo (2001) y El huerfanito (2004), de Flaviano Quispe, entre otras.

A pesar de sus acentuados problemas de construcción narrativa, son películas que tienen algunos pasajes emocionantes, impactantes, logrados; incluso, sucede a veces que sus propias falencias devienen en virtud. En el Centro Cultural Cafae-Se se ha visto recientemente Gritos de libertad (2003), cinta ayacuchana de Luis Enrique Berrocal que sin lugar a dudas es la visión más descarnada y violenta que el cine nacional alguna vez ha dado del conflicto entre las Fuerzas Armadas y Sendero Luminoso. El largometraje adolece de problemas de doblaje y actuación, de efectos especiales rudimentarios y de falta de continuidad (raccord) entre los encuadres. No obstante, ese acabado artesanal le otorga, por momentos, un verismo escalofriante.

Lo que exhibe Gritos de libertad es una geografía sobrecogedora del cuerpo. La cinta muestra sin tapujos los actos de tortura cometidos por los agentes del orden y los terroristas. Es un desfile de imágenes de seres humanos flagelados, mutilados, humillados hasta la cosificación. Esa misma crudeza, plasmada como acto de catarsis ante una barbarie vivida en carne propia, es la que podemos encontrar en El rincón de los inocentes (2005), una de las últimas entregas de Palito Ortega, proyectada el año pasado en el Onceavo Encuentro Latinoamericano de Cine del CCPUCP, y que también está teñida del mismo escepticismo hacia las instituciones.

Esta película sobre un niño que pierde a sus padres durante los años de violencia política, se sostiene mejor que otras cintas realizadas en provincias por la participación de actores profesionales como Giovanni Ciccia. Asimismo, está dotada de algunas escenas de gran potencia expresiva, como el encuentro del protagonista con el cadáver de su madre, y la secuencia, lindante con lo surreal, de unos militares ultrajando a mujeres en las calles y a plena luz del día. Sin embargo, los problemas técnicos son bastante evidentes, complementándose además, desafortunadamente, con un costado esperpéntico, como la performance de Mario Velásquez haciendo las veces de un representante de la Iglesia (inspirado en Juan Luis Cipriani) con gestos de villano de dibujos animados, afectando así el tono entre amargo y melancólico que brota a lo largo de la cinta.

CABEZAS VOLADORAS Y ALMAS EN PENA
En las películas de terror también se trabaja con un verismo muy singular. En parte porque, como ya algunos interesados en este cine lo han apuntado, la estética de muchos de estos largometrajes elaborados en el interior del Perú se asemeja a la grabación de ceremonias y fiestas. Se realizan las ficciones a la manera de documentales. Eso es lo que sucede, por ejemplo, en La Casa Embrujada (2007) del juliaqueño Joseph Lora, que relata una historia sobre una vivienda habitada por ánimas malignas.

Esta película pudo conocerse en la capital, como muchas de las que se comentarán a continuación, gracias a la Muestra de Cine Regional organizada hace pocos meses por la Asociación de Prensa Cinematográfica (Apreci). En efecto, algunas de sus imágenes son como fragmentos de un registro audiovisual casero, que se combinan con algunas de las escenas más sorprendentes que ha dado el género fantástico en el cine peruano (tan poco explorado a lo largo de su historia): la secuencia inicial que muestra a un tipo emborrachándose en una fiesta y vive de pronto, angustiadamente, sumergido entre una dimensión real y otra onírica; y aquella en que un hombre descubre que la cabeza de su esposa se desprende de su cuerpo e inicia un viaje veloz por la ciudad.

Joseph Lora es un director que supo aprovechar el folclore de su pueblo para dar vida a ciertas imágenes de poderosa y vibrante fantasía. Sin embargo, como ocurre con otras películas del cine regional, La Casa Embrujada se desploma cuando sus actores gestualizan y verbalizan con impostada exageración, en medio de toscos problemas de raccord.

Más fallido y menos original es el caso de Mónica, más allá de la muerte (2006), largometraje arequipeño de Roger Acosta que toma la leyenda urbana de la mujer que viene del más allá para seducir a los hombres y arrebatarles la vida. La película es una suerte de remedo accidentado, e insuflado con generosas dosis de humor involuntario, de las producciones televisivas de Iguana estilo Calígula. Pocas veces una película peruana ha presentado diálogos tan pésimamente construidos y una planificación de escenas tan cliché.

DE PARODIAS Y SAINETES
Otra de las tendencias más importantes en el cine regional es la comedia. Un director como el ya mencionado Palito Ortega hizo una parodia del mito del Jarjacha en La maldición de los Jarjachas 2 (2003).

El ayacuchano se burla de las convenciones de aquel relato oral, aunque con un estilo que le debe mucho a la comicidad televisiva peruana, con un joven vestido como monja o un sujeto que se arma como soldado para hacerle frente a aquel ente sobrenatural.

Desde otra entrada, el cajamarquino Héctor Marreros, quien se hizo conocido por cintas como Milagroso Udilberto Vásquez (2006), ha presentado la película El encuentro de dos mundos, la otra cara (2007), una parodia de la conquista del Perú, con españoles que visten jeans y zapatillas e incas que utilizan celulares. Este largometraje posee un humor estrafalario, que se sustenta en apelar a referentes propios del mundo contemporáneo una y otra vez, mecánicamente, sin más recursos que ello, hasta el hartazgo. No pasa de ser un calco de aquellos sketches que se burlan de las películas de moda a través de programas como Risas de América.

UNA PUREZA DOCUMENTAL
Si el cine de ficción hecho en las regiones es desigual y escarpado, el documental es depurado y armónico. Un responsable crucial de ello es el DIP, una asociación que difunde el género documental y que tiene una preocupación especial por su producción en las diversas regiones del Perú. Sus miembros, que llevan una larga trayectoria en la realización audiovisual, han ofrecido talleres de teoría y realización de forma gratuita al público en general, especialmente al joven.

Los resultados son sorprendentes. Los cortos hechos bajo el amparo del DIP (pueden ver algunos en http://www.caravanadip.blogspot.com) poseen una consistencia en el tratamiento cinematográfico que dista de los altibajos que presentan las cintas de ficción regionales. Entre las numerosas películas del DIP encontramos Retazos (2006), un corto arequipeño de Vicky Arias que trata sobre un trabajo inconcluso: un documental sobre la cucufatería. Mientras lo vemos, escuchamos las voces de quienes participaron en el proyecto. Entre el lamento y la resignación, explican por qué aquella película no pudo ser terminada. Los encuadres de movimientos mínimos, que muestran pasajes de un documental que nunca verá la luz y que se dilatan a través de ralentíes, dan a la cinta un tono íntimo que atrapa y enternece.

Yanantín (2007), corto cusqueño de Lilian Ossco que se inspira en la ley de la causa y el efecto para hablar del wayruro como amuleto de la suerte, es una película lúdica y entretenida, que yuxtapone de la manera más original imágenes diversas: un hombre haciendo pesas, un tablero de ajedrez y hasta una de Alberto Fujimori.

Otros cortos, como Para qué contarles (Cajamarca, 2005) de César Mendoza y José Eduardo Díaz, Destino turbio (Huaraz, 2005) de Karina Soto Villanueva o Algo vi pasar (Cajamarca, 2005) de Roger Sáenz, son películas de imágenes envolventes, de mirada intensa, de voz interior, de poesía escrita en video. En medio de su sencillez, son muestras fugaces y prometedoras de un documental de autor. Por ello, el aporte del DIP es extraordinario. ¿Acaso el cine regional no mejoraría con otra asociación similar, que dé una sólida formación profesional a los directores interesados en la realización de ficción?

LOS ACTORES
Una de las películas más atípicas de toda la movida cinematográfica regional es Los Actores (2006) del trujillano Omar Forero, más próxima al uso conceptual del espacio y a los tiempos muertos de Antonioni. Tiene imágenes bien compuestas, que consiguen representar la idea de estar ante personajes al borde del aislamiento o la errancia. Sin embargo, la pobreza de algunas actuaciones, así como la inverosimilitud y redundancia de los diálogos, hacen que el largometraje naufrague.

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