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Como una piedra rodante

EL GRAN BOB DYLAN OFRECIÓ EL SÁBADO UNA PRESENTACIÓN MEMORABLE EN BUENOS AIRESAQUÍ LA CRÓNICA DE UNA NOCHE SENCILLAMENTE INOLVIDABLE

Por Raúl Cachay A. Enviado especial

BUENOS AIRES. El sortilegio tardó poco menos de dos horas, pero fue suficiente: cuando el cantautor más importante de todos los tiempos abandonó el austero escenario del estadio José Amalfitani del club Vélez Sarsfield después de interpretar 18 canciones (una más que en los demás recitales de su actual gira, con la única excepción de Guadalajara, México), la ciudad de Buenos Aires estaba totalmente rendida a los pies del incomparable Bob Dylan.

Más allá de la desconcertante distribución de las localidades --esa práctica majadera de los empresarios locales que consiste en dividir las entradas en interminables y absurdas zonas vip, platinum, ultra vip, etc., fue imitada por sus colegas porteños--, la magia del espectáculo no fue vulnerada: Dylan, con una banda tan sólida como cómplice en las proverbiales transformaciones (siempre radicales) que experimentan los clásicos de su catálogo, demostró que los juegos de artificio y la retórica habitual de los conciertos de rock no son precisamente necesarios para consolidar una presentación triunfal. Nunca se dirigió al público. De hecho, salvo por las venias finales, apenas alcanzó a mirarnos. Y, sin embargo, todo el tiempo nos mantuvo hipnotizados, agradecidos, sumergidos en la voluptuosidad inefable que solo pueden generar los acontecimientos que están destinados a ser recordados y evocados durante toda una vida.

Después de la discreta participación del argentino León Gieco --uno de los más connotados epígonos de Dylan en esta parte del mundo--, que solo consiguió levantarnos de nuestros asientos cuando invitó, fuera de programa, a 'sus amigos' Charly García y Gustavo Santaolalla para que lo acompañasen en la inevitable "El fantasma de Canterville" y "Pensar en nada", Robert Allen Zimmerman apareció en el escenario de manera sigilosa, con el oficio de un zorro que sabe por diablo, por viejo y por Dylan, para presidir una ceremonia pagana que tendría varios picos de intensidad. Pero vale la pena decir algo más sobre el artista que tuvo el privilegio de cumplir la función de telonero en la fresca noche del 15 de marzo: Gieco repartió a todos los asistentes un pequeño texto titulado "El otrito", en el que puso de manifiesto la devoción y el afecto que siente por la principal de sus influencias artísticas. "Es como un viento que viene a arrasar mi sur", escribe Gieco. Yo diría que fue una borrasca, una tempestad atravesada de emociones. Dylan emergió de la oscuridad como un bandido cósmico, sombrero y traje negros como los tiempos modernos, el rostro curtido por miles de batallas. Y empezó prestando su voz áspera e insondable a una invitación impostergable: "Rainy Day Women # 12 & 35" fue la canción que desencadenó el carnaval. El resto ya es historia.

Más información:
Una noche perfecta

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