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CRÍTICA DE TEATRO

Fantasmas que no dan miedo

Por Enrique Planas

Chispas y Pirulo, dos cincuentones miraflorinos, se encuentran en el Savoy, un célebre hotel londinense próximo al West End, el barrio teatral de la ciudad. Un hotel construido al lado del histórico teatro homónimo, y desde el cual Monet pintó el río Támesis en 1889, vista enmarcada en la que sería una de las obras maestras características del impresionismo.

Este es el escenario ideal para que ambos personajes compartan sus secretos y saquen a pasear sus fantasmas: los de Pirulo, un muchacho que escapó del rechazo y la intolerancia provinciana limeña para convertirse, no sin pasar por una dramática carnicería corporal, en una mujer hecha y derecha. Y los de Chispas, quien motivó la huida de su mejor amigo al romperle la boca de un puñetazo en su primera insinuación homosexual. Chispas le confesará el dolor que sintió con su abandono, su estrepitoso fracaso con las mujeres y, ya avanzado el careo, su necesidad de convertirlo en fantasía sexual para romper su inhibición con sus parejas.

Si no ha visto aún el montaje estrenado la semana pasada en el Teatro Británico, no siga leyendo estas líneas, pues una crítica a la obra pasa inevitablemente por develar su final. Es así que, si en el primer tramo de la historia los personajes se nos presentan como seres de carne y hueso prometiéndonos una historia realista a partir de su sorprendente encuentro, luego nos daremos cuenta de que la historia cambia de carril y discurre por el terreno de lo que podría haber sucedido y jamás pasó. La historia del cambio de sexo de su amigo y de su muerte por un accidente se convierte en simple fantasía sexual de Chispas, atribulado empresario que esconde, bajo la seriedad de su traje gris, una reprimida homosexualidad.

Si bien en su extraordinaria novelística las obsesiones y temáticas de Mario Vargas Llosa son especialmente diversas, en su teatro se pueden rastrear preocupaciones recurrentes: el misterioso origen de las historias en el proceso creativo ("La señorita de Tacna") y, especialmente, cómo la realidad cohabita con la dimensión fantástica produciendo con ello riquísimas combinaciones ("La Chunga", "Ojos bonitos, cuadros feos"). En estas últimas obras, es la construcción de un espacio libre para desarrollar nuestras fantasías sexuales la que revela a los personajes y evidencia una densidad que, muchas veces, pasa desapercibida en los diálogos.

Sin embargo, este recurso que funciona tan bien en montajes anteriores, traiciona una historia como la de "Al pie del Támesis", pues contradice toda la lógica de la historia presentada y resuelve todo con una vuelta de tuerca efectista más acorde con un cuento literario que con un espectáculo escénico, de por sí debilitado por un diálogo excesivo y con pocos matices.

Sin duda, "Al pie del Támesis", obra que veníamos esperando con especial expectativa, ha resultado, más que una decepción, un motivo de preocupación. Muestra el agotamiento de un recurso teatral que determinó el éxito de montajes anteriores, pero que se convierte ahora en tabla de salvación para una historia que, agotada en la anécdota, no encontró un cauce para resolver su estimulante promesa.

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