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LUZ SILENCIOSA

Entre el sol y la noche

Por Ricardo Bedoya

El Centro Cultural de la Universidad Católica ha estrenado Luz silenciosa, de Carlos Reygadas. Fue la película triunfadora en el pasado Festival de Lima.

Todo empieza con la imagen de un largo amanecer. El plano, que dura varios minutos, registra el sol saliente y el paisaje que se hace visible; sólo oímos el sonido de lo natural. La siguiente secuencia muestra una casa campestre de apariencia rústica y, dentro de ella, la imagen deformada de una familia que se refleja sobre el péndulo de un reloj. Sólo percibimos ahora el tictac que marca el paso del tiempo. Luego, se suceden las imágenes nítidas y muy compuestas de la familia orando y desayunando.

La película marca, con ese arranque, uno de sus sentidos, pero también los linderos del terreno físico en que se va a desarrollar y la lenta fluencia de su marcha temporal.

Todo en Luz silenciosa se mueve entre el campo de lo inconmensurable y el de lo mínimo. Por un lado, la dimensión cósmica que marca el paso del tiempo, el cambio de las estaciones, la modificación de los sentimientos, el destino de cada quién. Por el otro, las rutinas de una comunidad autárquica, menonitas en el norte de México, de reglas fijas e inmutables, que se conmueven con lo inesperado: el amor adúltero de Johan, esposo de Esther, por Marianne.

FILMANDO EL TIEMPO
La puesta en escena del mexicano Carlos Reygadas (Japón, Batalla en el cielo) da cuenta de la coexistencia de esas dos dimensiones: la cámara registra cada acción desde un punto de vista casi siempre frontal y simétrico. Los personajes están allí y agotan las acciones hasta salir del campo visual. Pero la cámara no sale con ellos. Se queda quieta para dejarnos ver el espacio vacío, el detalle del decorado, el mobiliario que dejaron los actores, la naturaleza de ese escenario que sigue existiendo más allá de la acción inmediata. El tiempo pasa y no hay corte ni cambio de encuadre. Esa permanencia de la mirada, que se prolonga más allá del tiempo necesario para leer las informaciones ofrecidas por la imagen, crea una actitud especial en los espectadores, instalados en la percepción de una temporalidad superior que abarca a todas las acciones, y las excede. Frente a ese tiempo abarcador, todo lo humano parece fugaz, inestable y cambiante. Si Johan llora, ya dejará de llorar; si los niños gozan bañándose en la fuente, ya vendrá para ellos la etapa del dolor; si Johan y Marianne se encuentran para disfrutar del sexo, lo hacen sabiendo que será por última vez porque "la paz es más fuerte que el amor", según dice la mujer.

La dimensión espiritual de la película está trabajada a partir de lo inmediato, lo físico y lo material. Es decir, desde el encuadre que dura hasta el estilo de luz nórdica que da a las imágenes una nitidez sobrenatural pero también una sensualidad terrenal. Desde los lentes que permiten ofrecer la perfecta visibilidad de los exteriores abiertos hasta los "estados" de los cuerpos de los actores, rígidos, crispados, laxos, contraídos, según cambian sus actitudes: la oración, la profesión de fe, la confesión de la falta, el duelo, la muerte y la resurrección.

"SORPRESA"
 Los que aún no hayan visto Luz silenciosa, dejen de leer aquí. Es imposible dejar de referir la escena que cierra la película y aparece como la "sorpresa" de la que no debería hablarse. Pero es también la conclusión lógica y necesaria a la que nos conduce la acción y el tratamiento de la cinta.

Desde el inicio, Luz silenciosa traza una simetría entre dos mujeres, Esther y Marianne, enamoradas del mismo hombre, que llora por ellas y por su conflicto de conciencia.

Entre ellas se establecen relaciones de rivalidad, compasión, amor y sacrificio. Ensimismadas en su dolor, viven un conflicto de fe, pero sobre todo un debate ético interior y silencioso sobre lo correcto, lo leal y lo cierto.

Al final, el gesto de una va a devolver la vida a la otra, restableciéndose el orden del equilibrio universal que da paso al anochecer con el que acaba la cinta.

La parte final de Luz silenciosa es una referencia, homenaje o reconocimiento a Ordet (La palabra), una de las películas más extraordinarias del cine, dirigida por el danés Carl Theodor Dreyer en 1955, que culmina con la resurrección de una mujer. Reygadas admira a Dreyer y lo incorpora a su película sin disimulo alguno, pero con un acento especial.

LA RESURRECCIÓN
Mientras que en Dreyer la resurrección, ocurrencia milagrosa, es prueba de la presencia divina, en Luz silenciosa es consecuencia del sacrificio de Marianne. La "vuelta a la vida" no es el resultado de una experiencia de iluminación y éxtasis, sino de la conclusión de una relación amorosa vivida en toda su plenitud física.

El beso de Marianne a Esther, más que un aliento milagroso, es como el traspaso de su deseo muy vivo por Johan, al que ya no puede retener. Por eso, siendo culminante, la situación está presentada con una naturalidad extrema. Es otro incidente humano más, tan fugaz y frágil como el desayuno familiar y el baño en el estanque. No hay de qué admirarse: esa mujer volverá a amar a su marido y volverá a ser amada por él, y luego morirá. Lo único que trasciende a todo es la sucesión del amanecer y el atardecer.

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