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RELATO DE UN EXITOSO EXPERIMENTO SOCIAL Y ECOLÓGICO

Viaje a través del Colca

Un filósofo visita el Valle del Colca, en Arequipa, y descubre con asombro que allí la modernidad, la tecnología, las formas tradicionales de vida y la naturaleza, han establecido un sano pacto de convivencia. Sin duda, un ejemplo que la pena imitar.

Por Pablo Quintanilla

Pasé tres días en el Valle del Colca, a cuatro horas de Arequipa y a 3,500 metros más cerca de Dios. Lo primero es un cálculo impreciso, lo segundo una verdad. Fue una experiencia invalorable de conexión con la naturaleza y con las comunidades humanas que viven integradas a ella. En el Colca, el creciente desarrollo turístico no ha producido que las comunidades locales pierdan su identidad ni que sean afectadas, de una manera contraria a sus deseos, por valores y creencias diferentes. Esto es resultado de una exitosa colaboración entre los propios campesinos, las empresas hoteleras, las autoridades locales, la cooperación internacional, y los turistas.

El Colca es un experimento social y ecológico que intenta conciliar elementos que algunos creen son incompatibles: globalización e identidad, progreso y naturaleza, tecnología y humanidad. Dadas las características del mundo actual, si queremos sobrevivir algún tiempo más, no nos queda sino integrar esos elementos. Visitar el Colca es hacer un viaje a través del tiempo, porque nos permite oscilar entre el pasado y el futuro, entre nuestras raíces y lo que podríamos llegar a hacer en otros lugares del país.

No he notado tensión social en el Colca, quizá porque he percibido buen liderazgo. No únicamente de parte del estado (las autoridades locales y la Autoridad Autónoma del Colca), sino sobre todo de los empresarios turísticos, quienes trabajan por la conservación ecológica y por el bienestar de los pobladores. Las reacciones sociales de violencia se producen cuando el pueblo siente que no es escuchado y que el Estado no hace un esfuerzo por entender sus reales necesidades. Los pueblos no suelen ser irracionales, y actúan contra su propio bien solo por confusión o desconocimiento. Por eso el Estado tiene una obligación docente y, así, más que castigar y reprender, su función es escuchar, ponderar las opiniones ajenas y explicar las razones que motivan las decisiones gubernamentales. Eso es liderar. Naturalmente, ello es posible cuando los dirigentes locales actúan en beneficio de la región y no de sus intereses políticos personales; de otra manera, se produce una absurda lucha del Estado contra el Estado.

Salimos de Arequipa a primera hora de la mañana. Dos horas después, estábamos observando uno de los paisajes más sobrecogedores de la sierra peruana: los enormes nevados a lo lejos, más cerca las extensísimas llanuras coloreadas en distintos tonos de canela, plomo y gris. Más cerca aún, los grupos de vicuñas y alpacas que comen apaciblemente su ichu sin ser molestadas por los flamantes autobuses de turistas, frecuentemente de marca Mercedes Benz, que pasan a su lado lenta y respetuosamente, admirando la formidable belleza del entorno. Al llegar a Chivay se acaban los pastizales de altura y uno se sumerge en un valle de planos superpuestos en diversos tonos de verde intenso. Allí nos repartieron un mapa de la región y un vocabulario quechua básico, para que pudiéramos comunicarnos con los lugareños en su lengua materna.

El valle está conformado por más de una docena de pueblos, todos impecables, unidos por sendas carreteras en cada margen del cañón. Aunque resulta inverosímil, es imposible encontrar un trozo de papel o una botella de plástico en el piso. Más aún, en la plaza de Yanque hay tres basureros de distintos colores para clasificar la basura ecológicamente. Hay servicios higiénicos públicos en varios lugares del camino, todos nuevos e impolutos, construidos con paredes de piedra que se mimetizan con el entorno.

El servicio hotelero es excelente. Su arquitectura está perfectamente contextualizada con el paisaje, decorándolo con delicadeza en vez de perturbarlo; cuidando la historia del lugar y la cultura de sus habitantes. Nos hospedamos en un hermoso hotel en el pueblo de Coporaque, con vista a una sucesión de andenes que caen como una cascada verde sobre el río. A una cuadra del hotel está la iglesia del pueblo, construida en 1569, cuyas campanas -se dice- se fundieron con el metal del Palacio de Cobre del Inca Mayta Capac. La iglesia se levanta sobre una plaza conformada por árboles y flores, sin cemento innecesario ni grotescos monumentos.

Las pocas intromisiones de mal gusto tienen que ver con esporádicas intrusiones del Estado, o de quienes desean pertenecer a él. En la antigua plaza de armas de Chivay se yergue la municipalidad: un monstruo de cemento, aluminio y falsos arcos de piedra. La municipalidad de Maca es aún peor, con lo que resulta inútil describirla. En el camino que conduce al mirador de la Cruz del Cóndor, la naturaleza es azotada por las pintas políticas de un candidato al congreso que felizmente no salió electo y por un candidato a la presidencia de la región cuyo lema fue "Progreso para Caylloma". Ese candidato, felizmente también perdedor, cree que progresar es malograr la pureza del paisaje con pintas que solo nos hacen recordar la precariedad intelectual y la torpeza de espíritu de muchos de los individuos que se sienten convocados para dirigir nuestros destinos.

Los pobladores agradecen al turismo, porque es respetuoso y deja dinero. Gracias a él, la gente vive mejor y tiene las ventajas que ofrece la tecnología. El desarrollo y cierta prosperidad no los han cambiado en lo que ellos no quieren ser cambiados. Todos los días, al romper el alba, en la plaza de cada pueblo se lee las noticias del lugar en un altavoz, mientras los campesinos van llegando a sus chacras a comenzar la faena. Nadie usa reloj, se guían por el sol, en verdad no lo necesitan. Las mujeres usan para el diario sus vestimentas tradicionales de vestidos blancos, labrados con hilos de colores, así como sombreros de diversas formas, dependiendo del pueblo y la ocasión.

Algunos tienen celular y en la plaza de Coporaque hay una tienda de abarrotes que ofrece servicios de Internet, en una computadora de última generación que tiene Windows Vista y Office 2007. Es una ingenuidad suponer que se puede detener la globalización y la tecnología, siendo ellas las únicas que ahora pueden hacer viables a nuestras sociedades. Algunos empresarios hoteleros donan computadoras a los colegios del valle y están planificando la creación de bibliotecas populares. El siguiente paso tendría que ser aprovechar el dinero que está dejando el turismo para desarrollar adecuadamente la región, de manera que los jóvenes no se sientan obligados a dejar el Colca en busca de educación y trabajo. Es perfectamente posible tener buenos colegios, carreteras pavimentadas, un eficiente sistema de transporte público, crecimiento hotelero y desarrollo agrícola; cuidando la naturaleza y preservando los valores que los pobladores elijan preservar, porque sus valores no necesariamente son los nuestros. Para los habitantes del Colca más importante que el dinero y el trabajo son los vínculos familiares y sociales, la salud de sus animales, y la observancia de sus tradiciones. Nada de esto tendría que cambiar si ellos no lo desean; pero esas costumbres pueden ir acompañadas de mejor alimentación, infraestructura, salud, educación y acceso a las comunicaciones internacionales. No es poco pedir pero es perfectamente alcanzable. El Colca representa lo que fuimos y es un símbolo de lo que podríamos ser, si nos organizamos con criterio. Y si el Estado nos lo permite.

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