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Historia de la Fealdad es un perturbador éxito de librerías

Elogio de lo feo.

LUEGO DE ESTUDIAR LA BELLEZA A LO LARGO DE LA HISTORIA, UMBERTO ECO MIRA EL REVERSO DE LA MEDALLA: CÓMO LAS CULTURAS HAN CARACTERIZADO LA HORRIPILANCIA.

Por Enrique Planas

R
epelente, horrendo, asqueroso, desagradable, grotesco, abominable, odioso, indecente, fétido, deforme, desfigurado, abyecto, repugnante, espantoso, hórrido... Es curioso ver cómo en el amplio catálogo de sinónimos para nombrar lo feo, --como analiza el escritor italiano Umberto Eco-- todas aquellas palabras tengan de forma inherente un marcado disgusto o violenta intolerancia. Lo feo nos disgusta, sea en la cultura y el tiempo que fuere. Por ello poco se ha estudiado y escrito sobre la fealdad, en un mundo dominado por lo bello, cotidianamente rendido a la estética de la época.

Tras la "Historia de la belleza", el ensayista y escritor italiano nos entrega su mucho más apetitoso y complejo complemento: "Historia de la fealdad" (Lumen), segundo tomo en el que se estudia cómo las distintas manifestaciones de lo hórrido, a través de los siglos, son más ricas e imprevisibles de lo que comúnmente se piensa. Ya era tiempo de que nos reconociéramos en aquel espejo que refleja nuestro deterioro, deformidad y humana corrupción física.

Citado por Eco, el filósofo Friedrich Nietzsche, en su libro "Crepúsculo de los ídolos", señala que "en lo bello el hombre se pone a sí mismo como medida de la perfección" y "se adora en ello". Por el contrario, lo feo --argumenta-- "se entiende como señal y síntoma de degeneración". Lo feo, en síntesis, es el odio humano a su decadencia. Para Eco, el argumento de Nietzsche, aunque "narcicísticamente antropomorfo", nos aclara cómo la definición de la belleza y la fealdad son conceptos que se implican mutuamente. Pero esta relación no es un simple contraste de contrarios. Para evitar confusiones, el autor distingue tres tipos de fealdad: la fealdad en sí misma, como pueden ser la carroña o un cadáver putrefacto, cuerpos que nos producen visceral rechazo; la fealdad formal, aquel desequilibrio entre las partes de un todo, que no nos escandaliza, pero que sí nos autoriza a juzgar la fealdad de una persona, animal o cosa; y, finalmente, la representación artística de ambas. "En la representación artística, lo feo imitado sigue siendo feo, pero recibe una reverberación de belleza procedente de la maestría del artista", decía Plutarco en su "De audiendis poetis". En ese sentido --apunta Eco--, "hay que tener presente que solo a partir del tercer tipo de fealdad se podrá inferir lo que eran en una cultura determinada los dos primeros tipos".

FEOS Y ERUDITOS
La lúcida e ilustrada mirada de Eco comparte con el lector la representación de la fealdad en los diferentes períodos de la historia occidental. Desde sus manifestaciones en el mundo clásico, lo hórrido de la iconografía católica movilizada por el martirio de Cristo y de todos los mártires, eremitas y penitentes, las visiones del diablo y de sus infiernos, la creación del monstruo como suma de nuestros miedos, la fealdad en lo cómico y en las sátiras más obscenas, las mujeres más espantosas del mundo barroco y todas las versiones de la brujería y el satanismo de salón del romanticismo decimonónico. Y mirando en nuestro tiempo, las vanguardias, lo kitsch, lo camp y las esculturas de Botero.

Por cierto, a un autor tan inquieto y curioso como Eco no le resulta suficiente la investigación en los clásicos o en las obras más consolidadas del canon cultural. El autor de "El nombre de la rosa" investiga también en la caricatura, la historieta, el cine de Hollywood y de serie B, así como en los medios de información masiva para entender la disonancia en el gusto contemporáneo. También resulta notable cómo dialogan los extraordinarios fragmentos antologados por Eco, ubicados todos en el abismo de la repulsión. Entre locos, 'freaks' y demás fantasmas, acuden a este diálogo sobre la fealdad Platón, San Agustín, Plotino, Hesíodo o Virgilio, acompañados por Wagner, Baudelaire, Kafka y William Blake, para sintonizar luego con Rilke, Bretón, Dalí, Artaud, y Stephen King. Será por esta sintonía con la sensibilidad popular que el más reciente libro del escritor italiano se haya convertido en un fenómeno de librerías. En Lima, por cierto, está a punto de agotarse.

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