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Borocotó, el gran maestro

La esquina. La crónica deportiva tuvo un padre en el Río de la Plata y aquí lo evocamos

Por El Veco. Periodista

Si bien Borocotó publicó libros y sus notas se reprodujeron en el diario  "La Prensa" de Lima, hoy queremos precisar lo que significó como pilar fundamental de la prensa escrita rioplatense.

Fue el primero, una simple objetividad histórica, en ponerle emoción a la crónica deportiva. Ricardo Lorenzo Rodríguez, así se llamaba, nos enseñó que había que llorar con los derrotados y contarlo o sonreír con los vencedores y reflejarlo en el papel. Como tantos que lo admiraban, aprendimos de niños a leer "El Gráfico" por la última página. Lo empezábamos al revés para recibir la frescura de sus célebres "Apiladas".

Y aquel mensaje semanal de emociones despertó en nosotros el deseo de escribir, como  en miles de periodistas buenos, regulares o malos que el lanzó al ruedo.

En nuestra valoración Borocotó fue el pilar fundamental de la crónica deportiva en las dos orillas, en su Montevideo natal y la Buenos Aires de sus cuatro hijos.

En "El Gráfico" de los años 60 que compartimos con colegas de alto nivel como Juvenal, Cherquis Bialo y Héctor Vega Onesime, entre otros, cabe subrayar la significación especial de Osvaldo Bramante Ardizzone, ese era su nombre completo. Un escritor metido a periodista con quien fue un orgullo compartir su tiempo. Ambos hinchas de Boca, nunca nos tembló el pulso a la hora de decir cuando jugaba mal con todas las letras, en la misma medida en que Juvenal (Julio César Pasquato ) simpatizaba por River, aunque opinaba con la misma objetividad.

Noctámbulo perpetuo, muy entretenido, Osvaldo 'rompía' la Olivetti en las tardes de sol con páginas que desnudaban hasta el hueso la personalidad de Corbatta o de Pianetti. Fue casi un emblema de una hoy borrada Buenos Aires de bares y madrugadas, de charlas interminables. Junto a él conocimos (whisky mediante) a glorias del tango como Aníbal Troilo, José María Contursi, Homero Expósito, Cátulo Castillo, Chupita Stamponi y varios más en aquel legendario bar El Águila de Lavalle y Paraná, pegado a Sadaic, donde los citados cobraban sus regalías autorales y después ingresaban a El Águila como si fuera una obligación religiosa. En aquel mostrador se bajaban botellas del líquido escocés como si fueran de agua y se oía con gratitud a cabales sabios en el rebusque de la metáfora.

Ardizzone, periodista y personaje, todo fundido, dejó un recuerdo perpetuo. Cuando murió a fines de los años 80, escribimos ese mismo día en nuestra columna de El Comercio que nunca habría otro Osvaldo Ardizzone. Hoy seguimos pensando exactamente lo mismo.

¿Otro personaje? Cuando pasamos al diario "La Opinión" recién pudimos conocer a Dante Panzeri de cerca. Tan duro en la crítica como honesto en todos sus actos. No compartimos su línea periodística, aunque siempre lo respetamos. No coincidimos en la revista porque en julio de 1962 él se fue de "El Gráfico" con Raúl Goro y Ernesto Lazzatti. Y casi  simultáneamente entramos  Carlos Fontanarrosa, Julio César Pascuato (Juvenal) y yo. Y al mencionar a Juvenal sentimos una pena estacionada. Falleció en el 98, meses después del Mundial de Francia. Juntos empezamos en el 60 en el diario "La Razón" de Buenos Aires, juntos cubrimos el Mundial de Chile y juntos llegamos a la revista. Juvenal siempre estará en la galería de las excelentes personas que tuvimos la suerte de tratar, aunque era de yogur y jugo de naranja y jamás pisó el bar El Águila.

Nombres que  vuelven gratos, con Borocotó a la cabeza, al repasar nuestros veinte años de Argentina, etapa de confirmación  en este  apasionado  transitar por el  mundo del micrófono, del papel y de la tinta.

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