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EN LA VIÑA DEL SEÑOR

Estados alterados

Por Lorenzo Osores

SUEÑOS PELIGROSOS
La gorda impulsiva que alimenta tus sueños siderales ha convocado a la prensa especializada para anunciar en siete idiomas que eres el más grande escritor de todos los tiempos. La reacción de las grandes editoriales ante esas imprudentes revelaciones ha sido rápida y concertada. No cuestionan tu glorioso imperio en el Parnaso, pero arguyen que las ineludibles formalidades del caso se debieron respetar. Nada debe hacerse sin una bien planificada estrategia de mercado. El haber obviado estos elementales pasos ha traído gravísimos problemas para la industria editorial. Después del anuncio de la gorda impulsiva, la gente se ha volcado a las librerías para disputarse el último ejemplar de tus obras y ha dejado de comprar la producción de otros escritores de nombradía y prestigio ganados en siglos. Ahora, incontables rumas de libros yacen en lúgubres depósitos con naftalina en espera de revertir la situación. Mientras tanto, apoyados por un equipo de críticos implacables y de escritores renombrados, los editores preparan tu deceso literario. Con las leyes del mercado no se juega.

ALAMBRE DE PÚAS
Nadie conoce la vida como un vendedor de alambre de púas. Nadie la sabe pulsar con tanta intensidad. Esta certeza la obtuve en una oscura taberna, escuchando a un inspirado caballero que deslumbraba a su beodo y atento auditorio. Con el alambre de púas que había vendido en su agitada existencia, se podría cercar doce veces el globo terráqueo. Todo un experto en marketing sin necesidad de haber pasado por algún tipo de lobotomía. Su voz recordaba los atormentados bramidos de Tom Waits. A ratos era inaudible como un rondín con tierra pero hasta el más escéptico de los parroquianos paraba la oreja para no perderse un segundo de su cautivante dialéctica. Los temas eran diversos, al parecer nada de lo humano le era ajeno. Por su prodigiosa memoria desfilaban seres inauditos, los más sublimes, los más infames. El mundo era develado en toda su espantosa ruindad y su intuitiva cultura sabía ligar el crimen banal con el inexorable devenir de la historia. Narraba, por ejemplo, como un prócer de la independencia había sido asesinado por su propio amante, un hermafrodita que hacía obras de caridad. Las diferencias de género más que las ideológicas explicaban el crimen atroz cercano al magnicidio. Si bien es cierto que prefería hablar de sucesos luctuosos también podía perderse con elegante soltura en las vericuetos de la filosofía más sofisticada. Con sutil énfasis alertaba sobre la perversa astucia de los neo kantianos, tan proclives a la perplejidad bien remunerada. La prensa amarilla dirá que es un simple desvariado y no faltará el razonable clérigo de cuello y corbata que proponga su encierro definitivo en un presidio de alta seguridad, cercado como es obvio con alambre de púas.

ESTADO DE GRACIA
Una hermosa mujer pasa por la calle en absoluto estado de gracia. Todo indica que se ha drogado dice una gorda llena de pelos por todos lados. Un diácono de suaves modales objeta tan malicioso comentario y asegura que la bella y graciosa mujer acaba de salir de un reconfortante retiro espiritual. A su vez, un improvisado psiquiatra se siente obligado a diagnosticar la insania de la dama en cuestión. Es muy difícil saber a ciencia cierta quién tiene la razón. La única verdad es que las cómodas certezas de antaño se hacen polvo al simple paso de una hermosa mujer en absoluto estado de gracia. Bella época. Un finísimo velo de ignominia cubría toda la ciudad. Costumbres foráneas y moralmente reprobables la habían copado. Aprovechando la tierna permisividad de sus maridos, las mujeres más bellas y procaces, también las más taimadas, hacían de las suyas. El desenfreno era mayor los días miércoles, cuando una luz quemante paralizaba el horizonte. Entonces, los gemidos y las contorsiones eran mayúsculos, insoportables para un espíritu consagrado a la monotonía de nasales sutras, a la voracidad vegetariana. Ninguna ingenuidad por más santa que fuera podía apaciguar el celo de aquellas hembras que danzaban semidesnudas hasta provocar el parto de los montes. Los varones, para disimular, se entregaban a ridículas apuestas de salón, a proponer soluciones sin sentido o a escuchar música pretendidamente selecta. En el plano religioso las cosas no andaban mejor, los sacerdotes estaban más interesados en el comercio que en los asuntos de la fe. La pederastia y la usura suplían a la templanza y la caridad. Un irreverente y trivial tricornio había reemplazado a la solemne mitra papal. Nada quedaba de aquellos tiempos donde la lujuria solo era permitida en las más selectas esferas del poder. El único consuelo de la gente de bien, unos cuantos ancianos gruñones, era añorar esa arcadia de forzada castidad, nada grata para las orejas clericales: el acto de la confesión convertido en un aburrido ritual, una inacabable escucha de pecados sin gracia ni mayor trascendencia.

EL HOMBRE NO ES MALO NI BUENO
Un bobo oscilar de cantos de sirena a lágrimas de cocodrilo rige nuestra vida ciudadana. Abandonada la duda metódica por la plácida credulidad, este péndulo vicioso pretende suplir a la enigmática y envolvente danza de los derviches. Con tal propósito las especulaciones bursátiles, los sofismas más previsibles y la estulticia represiva han hecho causa común y sellado un pacto infame. Dados los tiempos, en lugar de verdadero amor, una lánguida doncella de heterónomas manías nos ofrece la dicha conyugal en cómodas cuotas menstruales. Y las larvas del mundo académico dictan cursos que hieden a fruta podrida, a escatológicas aficiones. Sotanas purpuradas, fosforescentes togas, birretes de cacatúa, fajas y papiros, sobreviven para enromar nuestro entendimiento y moderar nuestro entusiasmo. Un tropel de áulicos que pugnan por soplarle a la oreja al atocinado mandatario, por escuchar con simulada atención su infatuado verbo, se ha convertido en el acto de gobierno más relevante. Pero no desesperemos, una docta sabiduría que viene de tiempos inmemoriales nos reafirma que el hombre no es malo ni bueno. Solo un ser desconcertado y desconcertante, capaz de arrojarse a una piscina sin agua pero no de nadar contra la corriente.

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