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GIOVANNA POLLAROLLO

Un paseo por el laberinto interior femenino

Por Moisés Sánchez Franco

Aprendizaje de la limpieza (1978), de Rodolfo Hinostroza fue una de las primeras novelas que reflejó los devaneos del proceso psicoanalítico. Dos veces por semana, de Giovanna Pollarollo se suscribe a dicha temática, aunque enriqueciéndola, pues la autora no sólo reconstruye el discurso del paciente, sino también grafica la dureza, impasibilidad y esoterismo del psicoanálisis.

En esta primera novela de Pollarollo, el lector advierte aquella constante de su producción literaria: el fracaso amoroso y el intento por superarlo. Empero, Dos veces por semana es tal vez su mejor obra, acaso por la multiplicidad de discursos, la agudeza de reflexiones sobre la conducta de la mujer y el amante, la descripción de la cotidianeidad femenina y el buen manejo de técnicas narrativas, como la elipsis (silencio narrativo) y la analepsis (ruptura del orden cronológico e inserción de escenas retrospectivas).

La novela presenta a Yo, una mujer con afanes literarios en el mediodía de la vida, que visita dos veces por semana el consultorio de Ella, una impenetrable e inteligente psicoanalista. El leitmotiv de la crisis de Yo es el abandono de su esposo (Él), quien un buen día se marcha de la casa para vivir con una mujer joven. Para superar ese trance, Yo trata de sostener relaciones pasajeras, de enamorarse. Y a pesar de que la amiga que le recomendó a Ella, le aseguró que la psicoanalista le cambiaría la vida, Yo no encontrará nunca el camino de la dicha formal, aunque sí algunas respuestas sobre su conducta. Eso, en vez de sosegarla, la lleva por un doloroso camino de autoconocimiento.

Un primer asunto llamativo del texto es la carencia de nombres propios. Los pronombres y adjetivos con los que son denominados los personajes sugieren un ánimo de despersonalizar y generalizar la mentalidad y la conducta de los protagonistas. Así, el Yo de Pollarollo bien puede reflejar a cualquier mujer madura que, luego de haber sido abandonada por su marido, busca con desesperación salir de ese momento desesperante. Por otro lado, no debemos olvidar la jerga psicológica presente en el texto. Al igual que el yo del psicoanálisis, Yo se divide entre el deseo instintivo (la búsqueda de afecto, el deseo sexual), y la moral castrante (el discurso religioso y el qué dirán), pues en ella subyace una desdramatizada lucha entre la posición individualista y la social.

Por su parte, Ella bien puede cifrar a la "mujer racionalizada", cuyo saber está desligado de la libido y de cualquier afecto comprobable. De allí esa distancia insalvable entre Yo, tan hambrienta de afecto, y Ella, tan fría y racional. Pero otra distancia insuperable que las separa es la perspectiva que cada una tiene de la realidad. Para Yo la realidad es algo distinto del lenguaje, pero para Ella la realidad tiene la medida de nuestras palabras. Esta tensión sobre la naturaleza de los hechos subyace en el texto como una dialéctica inquietante.

Asimismo, la novela contiene una serie de reflexiones que le dan una relevancia conceptual al discurso. Y si bien es cierto muchas de estas disquisiciones son más bien explicaciones psicológicas de manual, algunas pocas se presentan como interrogantes que revelan la miseria de la vida humana y el carácter a veces abyecto del personaje protagónico, como cuando Yo manifiesta: "¿se da cuenta cómo puedo ser clara, directa y hablar sin miedo solo cuando estoy frente a una persona a la que siento más débil que yo?". No hay duda de que Pollarollo en Dos veces por semana ha logrado representar, en toda su densidad, el carácter de una madura limeña de clase media alta. Los relatos de su pasado, de sus aprensiones y desventuras amorosas permiten internarnos en la laberíntica e indescifrable psicología de una mujer aparentemente común, insospechadamente cotidiana.

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