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CRÍTICA DE ARTE

El carnaval de Eduardo Moll

Por Élida Román

Eduardo Moll (Leipzig, 1929), peruano por elección, llegó a estas tierras con solo 10 años, y, solo con los intervalos de estudios en Europa y viajes circunstanciales, ha desarrollado una actividad intensa e ininterrumpida en un amplio abanico que va desde la docencia a la promoción artística, de la producción de libros a la fundación de talleres de grabado pioneros en el medio, de la actividad crítica a la producción de libros dedicados a maestros de la pintura nacional, pero, sobre todo y con saludable vitalidad, nunca ha abandonado su principal devoción: el grabado y la pintura.

En el área del primero su vasta producción, con la que ha merecido numerosos premios, está esperando una muestra antológica que permitirá reconocer no solo la calidad lograda sino también el dominio técnico y estilístico y la impronta de una personalidad reconocible.

En cuanto a la pintura, la exposición que está presentando en estos días en La Galería de San Isidro, que ha titulado "Carnaval", muestra una versión actualizada y vigorosa de una etapa anterior de su obra. Son abstracciones decididas por una gestualidad al servicio de un color brillante, vibrante y nada tímido en los contrastes. Son lienzos que parecen recordar partituras orquestales, trazos violentos, abiertos y gruesos, muchas veces paralelos o interrumpidos por el círculo impreciso o la herida transversal, tratando de transmitir esa euforia desbordada de la fiesta pagana. Reinando rojos y negros, Moll también ensaya alguna pieza de fondo gris y formas despejadas, pero siempre conservando la iniciativa del vector trunco.

A contracorriente de los usos en boga, este artista, que organizara junto con Benjamin Moncloa el primer salón de arte abstracto en 1958, y que años más tarde fuera pionero en transitar por el arte pop, regresa a sus fuentes, con influencias de la abstracción europea, como la de Hartung, pero manejando sus propios códigos y ejerciendo el gran placer de pintar.

OSWALDO HIGUCHI
En la galería Ryoichi Jinnai, del Centro Peruano-Japonés, Oswaldo Higuchi (Lima, 1948), presenta "Inmigrantes", conjunto de dibujos, cerámicas y pieza escultórica. En toda la obra de Higuchi, extensa y presentada también en el ámbito internacional, la impronta de sus ancestros orientales es el primer rasgo a identificar. En su caso, este acento está presente claramente en la utilización de la línea continua a modo de grafía, siempre con un sesgo, un estilo y un discurrir que recuerda el ritmo heredado.

En los dibujos, tinta y pincel, Higuchi se ha decidido por una idea secuencial, una concatenación de elementos rítmicos que se originan, desarrollan y diluyen como exudaciones de una línea continua y precisa. Estos 'inmigrantes', hombres y mujeres, anónimos, desnudos o ataviados, se multiplican como un conjunto, pero no nos dan referencia de ruta o meta. Quizás sea una migración hacia lo interior, profundo, cósmico, una pregunta sin respuesta sobre el destino. El artista ha trabajado una serie de piezas cerámicas de formas delicadas y a veces audaces. Sobre ellas ha inscrito dibujos similares a los que referimos. Y aquí surge el desfasaje expresivo. La forma supera a la ilustración y esta le resta presencia.

Más que interesante, la pieza escultórica revela un nuevo camino, una nueva propuesta de claro impacto y buen planteo.

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