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LETRA VIVA

Dualidad y represión

Por Ricardo González Vigil

En los tres primeros libros ("Que te coma el tigre", 1977, "La casa de Albaceleste", 1987, y "Final del porvenir", 1992) de Augusto Higa Oshiro (Lima, 1946), quien formó parte del grupo de la revista "Narración", costaba detectar las huellas culturales que le correspondían como niséi (tan patentes, en cambio, en el gran poeta niséi de su generación: José Watanabe). Se diría que Higa necesitó viajar a Japón para 'descubrir' su dualidad cultural, mestizamente criollo (peruano, por extensión) y japonés (de raíces okinawenses). No se adaptó a su supuesta "Madre Patria" y plasmó el impactante testimonio "Japón no da dos oportunidades" (1994).

Ese asumirse a sí mismo ha fructificado en la lograda novela corta "La iluminación de Katzuo Nakamatsu", en que teje uno de los protagonistas de la narrativa peruana mejor retratados en su complejidad psicológica y ambigüedad cultural, conforme subraya el gran novelista Miguel Gutiérrez en el comentario que acompaña el volumen.

La novela comienza con una vivencia que sacude al protagonista con una carga de "aflicción ciega" y "pulsión de muerte" semejante a la "náusea" de la conocida novela de Sartre; aunque, en este caso, no se trata de la reflexión racional que ocasiona la 'obscena' presencia de un árbol, si no de un vacío demoledor que secuestra a Nakamatsu del contexto en que paseaba (un hermoso parque con flores que hacía un rato lo llenaron de "íntimo gozo" y "secreta espiritualidad", rodeado de niños y enamorados felices).

Desbaratada la existencia que llevaba, Katzuo se identificará con Etsuko Untén y Martín Adán. El primero es un orgulloso japonés que rechaza la sociedad peruana (su trato inicuo: racismo, saqueos a la colectividad japonesa cuando la Segunda Guerra Mundial, etc.) y se aferra demencialmente a la idea de que el Emperador va a mandar un barco para rescatar a sus súbditos. Oirá en su interior el clamor de sus antepasados, sabiéndose así "casi un extranjero" (p. 15, diverso al propuesto por Camus, dada su ligazón a una colectividad marginada): "su temperamento asiático" (p. 15), "su ser japonés" (p. 39). Lo que parecería una alucinación o una demencia acaso sea una "posesión" del pasado, según revela una vidente a un amigo de Katzuo.

La figura de Martín Adán tiene que ver con el 'satori' (iluminación budista) al contemplar la belleza de un joven. El esteticismo y la homosexualidad reprimida del poeta peruano afloran en un proceso que nos recuerda la iluminación (ahí platónica) recibida, en calles malolientes y con un final aniquilador, en "La muerte en Venecia", de Thomas Mann.

ARGUMENTO
Después de haber vivido varias décadas aparentemente integrado a las pautas criollas de Lima, el niséi Katzuo Nakamatsu de improviso se siente sacudido por "una pulsión de muerte, un sentimiento de ruindad" que lo lanza a un doloroso "viaje al fondo de sí mismo" que culminará, en un nivel, en la iluminación de la belleza y, en otro, en la revelación de la voz de los japoneses marginados en el Perú. Según la apreciación de Miguel Gutiérrez: "En medio de esta caída, Katzuo Nakamatzu se viste con ropas antiguas como debieron vestir hacia 1940 Etsuko Untén y el poeta Martín Adán, con cuyos destinos de seres marginales se siente identificado".

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