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Grandes artistas de Cusco y Ayacucho

En pos de un horizonte común.

LA EXPOSICIÓN GRANDES MAESTROS DEL ARTE PERUANO, QUE SE PUEDE VER EN SIMULTÁNEO EN LAS SALAS MIRÓ QUESADA Y RICARDO PALMA DE MIRAFLORES, ES UNA PUESTA EN VALOR CRÍTICO DEL TRABAJO DE CUATRO NOMBRES CRUCIALES PARA ENTENDER LA CREACIÓN ARTÍSTICA EN EL PERÚ COMO UN HORIZONTE DIVERSO Y PLURAL.

Por Diego Otero

En 1975 el Instituto Nacional de Cultura le otorga el premio nacional de cultura, en mención de Artes, a Joaquín López Antay. Evidentemente, dicho reconocimiento no solo iba dirigido a la obra del retablista ayacuchano; era, sobre todo, un gesto político a través del cual se pretendía apostar por una ampliación, desde la oficialidad, de los criterios artísticos en una sociedad pluricultural como la nuestra. Desde entonces, como se suele decir, mucha agua ha corrido bajo los puentes.

Mucho agua, aunque quizá no la suficiente. Porque a pesar del encendido debate que generó dicha premiación, y a pesar del arrastre en términos de discusión, reflexión, reivindicación y estudio que se produjo en esos años, el trabajo de quienes de alguna manera heredaron la tradición de López Antay -y de otros importantes creadores andinos de mediados de siglo- sigue, hoy, por lo menos en la práctica institucional, diferenciándose radicalmente de lo que se suele denominar arte culto.

Es en ese problemático contexto que una muestra como Grandes maestros del arte peruano intenta insertarse, y lo hace desde una mirada que se pretende posmoderna y multicentrada; una mirada que, básicamente, formula que el espectro que abarca la historia del arte resulta hoy demasiado estrecho, y que un mundo como el contemporáneo -global, de constantes intercambios y redefiniciones culturales- reclama horizontes mucho más amplios, igualitarios, inclusivos.

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La exposición, que es un encargo de Toronja-Comunicación integral a las curadoras Giuliana Borea y Gabriela Germaná para la campaña de responsabilidad social de Transportadora de gas del Perú, se ha concebido como un doble proyecto itinerante. Ha recorrido Cusco y Ayacucho, y en ambos lugares -así como en Lima- se ha montado en dos salas complementarias. La primera está planteada como un espacio de contextualización histórica de las pugnas por el reconocimiento de este arte, y también como una suerte de marco discursivo del trabajo de los cuatro creadores homenajeados: los cusqueños Santiago Rojas y Edilberto Mérida, y los ayacuchanos Jesús Urbano y Mamerto Sánchez.

La segunda sala es, básicamente, de obra. Y ha sido concebida bajo las estrictas condiciones curatoriales y museográficas de una exposición de arte contemporáneo. En ese sentido, la idea de Borea y Germaná ha consistido en extender el discurso de reconocimiento de estos artistas al terreno de las prácticas igualitarias. Rojas, Mérida, Urbano y Sánchez son artistas, y sus obras deben ser leídas en igualdad de condiciones respecto del trabajo de los creadores insertados en el sistema contemporáneo del arte peruano, sostienen las curadoras implícitamente. La paradoja con la que la exposición se enfrenta (valientemente, claro) es que nos sitúa ante un conjunto de obras que problematizan cualquier lectura crítica desde ese mismo sistema contemporáneo.

¿Qué se le escapa, en términos de estructuras simbólicas y tradiciones de representación, a esa lectura crítica contemporánea? Grandes maestros del arte peruano nos interroga con convicción a ese respecto. Lo cual es, de por sí, un mérito.

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Una pregunta queda flotando. ¿Por qué el reconocimiento y la puesta en valor crítico han recaído sobre cuatro nombres propios y no sobre (por ejemplo) un conjunto generacional de artistas que encarnen las virtudes significativas, estilísticas y técnicas que las curadoras reclaman? ¿No hubiera sido, en muchos sentidos, más nutritivo para el espectador de la muestra ver la variedad, los matices, las contradicciones y las excepciones de una tradición de un modo un poco más dilatado, vasto, en fin, horizontal?

El planteamiento de Borea y Germaná va por otro lado. Para ellas es crucial el hecho de que la exposición gire en torno a las obras de cuatro artistas vivos. Después de todo, la puesta en valor crítico en torno a la que Grandes maestros del arte peruano se ha concebido requiere de la concepción y los parámetros con que los propios artistas delimitan su obra, su tradición, sus universos vivenciales y sus modos de representación.

Más allá de cualquier interrogante concreta, Grandes maestros del arte peruano es un esfuerzo importante no solo para el entendimiento del vasto, híbrido, complejo y fértil horizonte artístico que una sociedad como la peruana encarna dramáticamente, sino también, y sobre todo, para poder empezar a reconocernos como un lugar en el que la diversidad propia de nuestros imaginarios culturales y nuestras producciones simbólicas representan un horizonte común.

QUIEBRES EN LA TRADICIÓN
Para Giuliana Borea
y Gabriela Germaná, las curadoras de este ambicioso proyecto, la clave es desactivar la mirada paternalista con la que se suele mirar este tipo de producción artística. Para ello han extraído de los circuitos de artesanía una notable selección de piezas de estos cuatro creadores y la han llevado a los circuitos artísticos. Según las curadoras, su trabajo simplemente es una continuación del esfuerzo que se viene realizando en el país desde los años treinta, y está relacionado a la capacidad creativa de estos cuatro artistas en tanto artífices de quiebres y consolidaciones de una tradición. Dice Germaná: "De alguna manera el impulso de toda esta reivindicación viene desde el indigenismo, y ha pasado por ciertos hitos como el Museo de la Cultura Peruana, el trabajo de José María Arguedas, las hermanas Bustamante y la Peña Pancho Fierro, la fuerte ola de migración que empezó en los años cincuenta, el Art Center de John Davies, entre muchas otras variables". En la Sala Miró Quesada hay un video documental de cada uno de los artistas homenajeados -realizado por Maia Films-, además de una serie de cuadros cronológicos que contextualizan sus aportes. En la Sala del Centro Cultural Ricardo Palma están las piezas. La exposición se puede ver hasta el 1 de junio.

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