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EL TRÁNSITO DE TRAVESÍA DE EXTRAMARES A ESCRITO A CIEGAS.

La herética de Martín Adán

Por Andrés Piñeiro

Una conocida anécdota pone de manifiesto la conciencia que empieza a tomar Martín Adán de la actitud herética en su obra a partir de los años sesenta. El poeta envía los originales de La mano desasida. Canto a Machu Picchu (1960) al padre Gerardo Alarco pidiéndole a éste que retirara los versos que considerara ofensivos a la fe cristiana. Lo que llama la atención de esta cita es la preocupación del poeta de cara al mencionado poemario.

No es la primera vez que Adán se ocupa de la divinidad en términos que ameritaran la censura eclesiástica. En el "Aloysius Acker" (1932) y en el Escrito a ciegas (1961) apreciamos el cuestionamiento que hace el poeta de los presupuestos cristianos. Es más, en los poemarios que seguirán a La mano desasida -Mi Darío (1967) y Diario de poeta (1973)- la distancia frente a dichos presupuestos se acrecentará llegando incluso a un claro enfrentamiento. "Dios es un adjetivo. Yo soy Él, y lo ignoro", leeremos en su último texto.

La Iglesia católica define la herejía como la negación o duda pertinaz de una verdad que debe asumirse con fe. El hereje, quien ha recibido el bautismo, no está fuera de la creencia, sino que se encuentra en una perspectiva de incredulidad.

La "herejía poética" de Martín Adán, que nosotros denominamos "herética" para distinguirla de la herejía en el plano teológico, es una condición de posibilidad de su propia obra y alberga tres aspectos con relación a la tradición cristiana: cuestionamiento, alejamiento y confrontación. En el Escrito a ciegas (1961) apreciamos cuestionamiento y alejamiento de la concepción cristiana. En la obra posterior de Adán -La mano desasida (1961), Mi Darío (1967) y Diario de poeta (1973)- observamos un claro enfrentamiento. Detengámonos en el Escrito a ciegas (1961).

El Escrito a ciegas marca una nueva etapa en la labor poética de Martín Adán. Ha quedado atrás la impronta vanguardista de la primera época, expresada de manera magistral en La rosa de la espinela (1939), y el rigor formal de la segunda, que tiene en Travesía de extramares. Sonetos a Chopin (1950) su punto más alto. En el Escrito a ciegas y La mano desasida. Canto a Machu Picchu (1961) -su tercera etapa- el verso libre se erige como un nuevo esplendor en el itinerario del poeta. La vuelta al soneto en sus últimos textos, Mi Darío (1967) y Diario de poeta (1973), no alberga, sin embargo, un retorno a los presupuestos cristianos expuestos en Travesía de Extramares, sino un alejamiento de los mismos.

Pero, cabe preguntarse, ¿qué clase de herejía lacera la poética de Martín Adán? Ciertamente el poeta ha transitado del más exacerbado dogmatismo de Travesía a la fascinante libertad herética del Escrito a ciegas. Es el tránsito del éxtasis visionario a escribir a tientas sobre una realidad desconocida ajena a la doctrina cristiana. ¿Qué ha sucedido en el alma desgarrada del poeta para que adopte una actitud que lo aleja de dicha doctrina?

La ceguera está unida al infortunio, pero también a la sabiduría. El Escrito a ciegas no alberga una angustia lacerante, sino una serena ironía, un tono profético que le permite distanciarse de la tradición cristiana para internarse por aquellos aspectos cuestionables de la misma. Como el ciego que solo tiene el bastón para orientarse, el poeta ya no mira a un cielo que se niega a responder y solo encuentra la palabra para definir sus nuevas inquietudes. En Travesía la mirada es diametralmente opuesta, la conformidad con la tradición cristiana lo conduce a una angustia desgarradora. En las denominadas "ripresas", apreciamos con claridad la desventura o desgracia -pérdida de la gracia- que recorre sus versos. No obstante, ambos poemarios, desde sus títulos -Travesía de extramares y Escrito a ciegas-, aluden a situaciones en donde el poeta no está en dominio pleno de su ser. En los "extramares" es guiado por los astros al describir su órbita candente.

En el Escrito a ciegas observamos las dudas del poeta por las verdades reveladas. Desde la perspectiva cristiana la duda es alejamiento. Para Martín Adán también; pero no todo alejamiento lo conduce a la duda. En algunos momentos, alcanza una distancia tal de los dogmas cristianos que le permite afirmar y no dudar de sus hallazgos verbales.

En los versos que siguen el término "vocación" que puede ser entendido como "inclinación a cualquier estado, profesión o carrera", y por su etimología a "acción de llamar", está referido a la relación que establece la divinidad con algún estado, sobre todo al de naturaleza religiosa. Con este término se vincula el mundo divino y el humano. Por ello es significativo que Adán no nombre explícitamente a Dios en este poemario y solo lo mencione como el "Creador".

¿Por qué preguntas quién soy,
Adónde voy?... Porque sabes harto
Lo del poeta, el duro
Y sensible volumen de ser mi humano,
Que es un cuerpo y vocación, Sin embargo.

El verso -"que es un cuerpo y vocación"- guarda una íntima relación con el que leeremos más adelante -"¿Soy la Materia o el Milagro?"-. Los términos "cuerpo" y "Materia" son de naturaleza tangible, en tanto los de "vocación" y "Milagro" evocan una "realidad" intangible. Según la teología cristiana, en un milagro tenemos dos aspectos definidos. Por un lado, la situación, el hecho mensurable del milagro y, por otro, el elemento divino que obra en la materia.

La soledad en el "Día", es decir en el Reino Escatológico, es asumida como un acto individual que no involucra a la especie humana. Aquí su lado divino que no alcanza a cabalidad. El "absoluto" -libre de determinaciones o relaciones- en la "Zoología" coloca el acento en su lado "animal", en donde el pensamiento, como antes la "soledad", lo excluye. Sin embargo, el poeta, con la imagen del "carnívoro feroz", enfatiza la idea de que en algún momento se produjo o consumó su anhelo; pero que no es capaz de dar cuenta en palabras de este acontecimiento.

Y no alcancé al furor de lo divino
Ni a la simpatía de lo humano.
Lo soy y no lo siento ni así me siento.
Soy en el Día el Solitario
Y el absoluto en la Zoología si pienso,
O como carnívoro feroz si agarro.

El término "resurrecto" tiene vinculación con el verso "porque vivo, porque me mato". Tanto la "resurrección" como la "muerte" son actos irrepetibles, salvo cuando una instancia divina permita lo contrario. A Martín Adán sucesivas muertes le permiten sucesivas resurrecciones. Pero estas "resurrecciones" no son procuradas por obra divina sino por el "coito", que es "ciego y vano", sin visión ni vislumbre de Reino Escatológico alguno.

¡Y con todos mis sueños resoñados,
Y con toda la moneda recogida,
Y con todo mi cuerpo, resurrecto
Tras cada coito, ciego, vano, sin pupila!...

En los versos siguientes está el núcleo de la "herejía" de Martín Adán. Podemos apreciar dos aspectos del distanciamiento del dogma cristiano por parte del poeta. El primero, la duda. El segundo, asumir una disyuntiva en donde es posible no ser la "Creatura" sino el "Creador".

¿Soy la Creatura o el Creador?
¿Soy la Materia o el Milagro?
¡Qué mía y qué ajena tu pregunta!...
¿Quién soy? ¿Lo sé yo acaso?
¡Pero no, el Otro no es!
¡Sólo yo en mi terror y en mi orgasmo!

Perdida la relación con la divinidad, el poeta experimenta su ser en el "terror o en el orgasmo". Llama la atención que términos como "orgasmo" y "creador" figuren en un mismo fragmento o separados por apenas unos versos. Pero recuérdese que Adán está escribiendo desde una nueva perspectiva frente a la divinidad, justamente la que lo distancia.

En los versos siguientes, no asume la posibilidad de salvarse. La búsqueda ontológica de un nuevo "ser" lo ha llevado a vislumbrar que dicha salvación podría obrar si él fuera "otro". Ni la "sensibilidad" ni el "entendimiento" lo han llevado a buen puerto. Cuando experimenta el éxtasis visionario no puede dar cuenta de éste sin desnaturalizarlo.

Yo buscaba otro ser
Y ése ha sido mi buscarme.
Yo no quería ni quiero ya ser yo,
Sino otro que se salvara o que se salve
No el del Instinto, que se pierde,
Ni el de Entendimiento, que se retrae.

Se cierra el círculo del Escrito a ciegas. La sabiduría consiste en aceptar que no hay grandes preguntas, por lo tanto, desvirtúa la ingenuidad de indagar por grandes respuestas. Las respuestas del poeta no pasan por indicaciones dichas a su interlocutor para que éste transite por la vida con prudencia; sino por sugerir que las respuestas por las que indaga se encuentran en él mismo. Para descubrirlas es menester seguir el propio camino tal como lo ha seguido el poeta: el encuentro del instante.

Tú no sabes nada;
tú no sabes sino preguntar,
tú no sabes sino sabiduría
pero sabiduría no es estar
sin noción de nada, sino proseguir o seguir
a pie hacia el ya.

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