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EL ÚLTIMO ENSAYO DE YUYACHKANI EL ÚLTIMO ENSAYO DE YUYACHKANI

La historia no oficial

Por Santiago Soberón

Cuando en 1989 Yuyachkani estrenó No me toquen ese vals, dio tal giro en su producción artística que algunas voces lo consideraron como la renuncia del grupo a sus lineamientos artísticos e ideológicos originales. Esa facultad de renovarse y reelaborar su propuesta artística se ha vuelto mucho más vertiginosa en montajes como Perú vitrina, Sin título técnica mixta y El último ensayo, su espectáculo más reciente.

En este último caso, Yuyachkani deja de lado la compleja hibridez entre lo documental y la representación, entre la ficción y la realidad, entre la acción escénica y la instalación plástica que caracterizó a su anterior espectáculo para proponer como ejes del hecho teatral a la presencia del actor y una urdimbre de signos y símbolos cuyos referentes básicos son la historia, la versión oficial de la historia (acartonada y difusa) y los acontecimientos políticos nacionales e internacionales de reciente impacto.

Una sola línea argumental nos ubica frente a un grupo de artistas en los preparativos finales de un acto de homenaje a una gran diva peruana (Yma Sumac); en ese ínterin hay en ellos una tensión entre la rigidez protocolar, es decir lo instituido, y lo que cada uno desea presentar frente a la diva. Esta tensión genera conflictos y situaciones dramáticas provistas de humor e ironía.

A la imagen de la célebre cantante de coloratura Yma Sumac se suman las de José Carlos Mariátegui y César Vallejo que interpoladas en la trama adquieren funciones icónicas y simbólicas esenciales en el montaje.

Todos estos elementos en conjunto ofrecen una perspectiva barroca e irónica de lo oficial, de la institucionalización de algunos símbolos de nuestra peruanidad, y también de la imagen de algunos personajes que encarnan los fundamentos del derrotero ideológico del propio grupo, como es el caso de Mariátegui. Ello se comprueba en parte de los textos de Peter Elmore -"Mariátegui y los paraderos del futuro"-, en los cuales un recurso metafórico equipara el proceso político de la izquierda peruana con un itinerario por la ciudad, en el que Mariátegui se reduce a un monumento en silla de ruedas y a algunas avenidas de la ciudad ("hay muchas calles Mariátegui". "cuál de ellas"). Este reduccionismo (finalmente proveniente de lo oficial) se da también en Vallejo, que es representado en su famosa pose con el mentón apoyado en su mano y paseado de un lado a otro del escenario como una figura de cera.

Yuyachkani apunta así a confrontar estos íconos y símbolos institucionalizados y "fosilizados" de nuestra cultura, de nuestra identidad, y de las utopías que sustentan (¿o sustentaron?) la acción del grupo, con imágenes de hechos más recientes tanto del ámbito nacional como mundial; de esta manera nos invita a reconstruir nuestro imaginario, nuestros referentes, para incluso rescatar la integridad de estos mismos símbolos que hoy aparecen desgastados o distorsionados; en otras palabras, instaura un discurso distanciado de nuestra modernidad pero no por ello exento de una dimensión e intención utópica.

Aun cuando El último ensayo es una propuesta distinta a Sin título técnica mixta, ya desde una apreciación más personal y subjetiva considero este montaje (Sin título.) como un espectáculo mucho más rico y complejo. La hibridez entre los lenguajes y espacios plásticos y escénicos, la resemantización de imágenes y actos escénicos de sus montajes anteriores, entre otros recursos, fue un giro incluso mucho más radical que No me toquen ese valse en su momento, de lo cual en El último ensayo solo ha quedado como sucedáneo lo documental. No obstante, como ya es usual en la mayoría de los espectáculos de este colectivo, la capacidad interpretativa de todos los actores, verdaderas realizaciones del concepto de "actor múltiple", que el propio grupo propugna, resuelve con éxito esta polifonía de elementos que componen los espectáculos de Yuyachkani.

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