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EVOCACIONES DE ESTUARDO NÚÑEZ Y LUIS JAIME CISNEROS

Recuerdos de Rafael

LOS DOS LO CONOCIERON EN DISTINTAS ETAPAS DE SU VIDA. ESTUARDO NÚÑEZ Y LUIS JAIME CISNEROS RECUERDAN A RAFAEL DE LA FUENTE, MARTÍN ADÁN, EL COMPAÑERO Y AMIGO.

Por Jorge Paredes

Ninguno de los dos lo llamaba Martín Adán. Para ellos siempre fue Rafael. Lo primero que Estuardo Núñez alcanza a recordar, más de noventa años después, es la etapa vivida en el colegio alemán, cuando él y Rafael de la Fuente eran niños. El año es 1916. Y en la mente lúcida de don Estuardo aparecen los buenos momentos que vivieron en el Deutsche Schule, un colegio fundado en 1910 y que impartía una educación privilegiada para la época, con profesores alemanes y peruanos, dirigidos por el filólogo prusiano Richard Westermann. "Nuestras impresiones fueron muy comunes, vinculadas o mejor dicho vinculantes, porque todo eso nos unió. Pasamos unos seis o siete años juntos y llegamos a tener una relación muy estrecha. Compartíamos los mismos profesores, las mismas materias y los mismos grados", dice con voz pausada pero firme.

"Rafael era un alumno querido, muy apreciado por los profesores porque mostraba una inteligencia precoz, siempre muy ilustrado, siempre muy alerta a todas las circunstancias del vivir". De esta época hay algo que Estuardo Núñez recuerda con nitidez: Las excursiones que hacían alumnos y maestros. "En eso los alemanes ponían mucho empeño, pues querían que estuviéramos vinculados con la naturaleza, nos enseñaban las cosas desde el punto de vista de la materia, de la vida. Viajábamos a distintos lugares por las cercanías de Lima, había excursiones cada diez días, cada quince días, y los maestros nos mostraban las características de la vida en la sierra, en las orillas del mar, teníamos contacto con los pescadores. Era una forma especial de enseñanza. Esos cinco, seis años nos dejaron honda huella".

Rafael de la Fuente estudió en el colegio alemán hasta 1926. Luego, con Estuardo Núñez, se matriculó en la Universidad de San Marcos. "Ahí nuestros horizontes intelectuales se diversificaron", evoca Núñez. En 1928 Rafael publicaría La casa de cartón y se convertiría para siempre en Martín Adán.

"La primera vez que oí hablar de Martín Adán fue en Buenos Aires y me lo mencionó Sebastián Salazar Bondy", empieza a contar Luis Jaime Cisneros. Pero la amistad con él nacería más tarde, un día de 1947. Luis Jaime formaba parte de un grupo de intelectuales que frecuentaba la librería de Mejía Baca, entre los que se encontraban Jorge Eduardo Eielson, Fernando de Szyszlo y Paco Moncloa. Ahí conoció a Martín Adán. "Después de unos quince minutos de conversación ocurrió lo que ocurría con facilidad con él, ya éramos amigos. Ninguno de nosotros lo tuteábamos ni lo tratábamos de Martín, para nosotros era solo Rafael".

Ese día descubrieron que tenían afinidades intelectuales, apreciaciones sobre música, pintura, y sobre todo un tema común: el lenguaje.

"¿En qué consistía encontrarse con Martín Adán? Por lo pronto era tomar un café, ese era el pretexto que podía derivar en otras bebidas. Nos encontrábamos en la librería de Mejía Baca y después íbamos al café de Los huérfanos, pero también solíamos encontrarnos algunos sábados por la noche en el Negro Negro, en el sótano del bar. Había un cantor negro, de las colonias francesas, que cantaba una canción que nos impresionaba mucho (Y Luis Jaime se pone a cantar en francés: 'Quand l'amour est fini, ca vaut mieux terminer'), y el que más saboreaba todo esto era Rafael".

Desde entonces se vieron constantemente. Cuando Luis Jaime empezó a dar clases en la Católica salía temprano de su casa ubicada en la avenida Pardo, en Miraflores. En la esquina con Independencia había un bar y ahí solía encontrar a Martín Adán. "Conversábamos brevemente, y casi siempre la charla terminaba en disgusto porque él se empeñaba en convidarme un pisco a las siete y media de la mañana".

Martín Adán tenía una habilidad única para dar la contra. "Con el tiempo me di cuenta de que era un recurso que utilizaba para continuar una conversación, y con todo lo inteligente y culto que era nunca le faltaban argumentos. Era extraordinario, recitaba fragmentos y piezas enteras de Góngora, de Quevedo".

"Una vez -continúa el maestro Cisneros- escribí un artículo sobre La rosa de la espinela, ahí explicaba que Martín Adán había revelado su frecuentación de vocabularios medievales. Él me buscó y me dijo: '¿Quién le ha dicho a usted eso?' Se molestó porque era verdad y porque no lo había confiado a nadie y probablemente era un secreto. Creo que todo esto acentuó más nuestra buena relación porque entonces empezamos a hablar de autores medievales".

En la última época de su vida, Luis Jaime lo vio poco. En la memoria le queda una descripción simple, pero que resume en esencia lo que era Martín Adán: "Era un hombre simpático".

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