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Mitos y ritos incaicos

Desde que en 1873 Clements R. Markham publicara (traducida al inglés) la "Relación de las Fábulas y Ritos de los Incas", esa crónica de Cristóbal de Molina ha sido considerada unánimemente una fuente capital para conocer las creencias y las ceremonias andinas de raíces precolombinas. Henrique Urbano, a quien le debemos numerosos aportes de primer orden sobre la cosmovisión andina en los siglos XVI y XVII, ha investigado, con la consistencia metodológica que lo caracteriza, durante décadas la crónica de Molina. Pudo así entregarnos en 1989, con la colaboración de Pierre Duviols, una edición anotada de la "Relación" de Molina junto con las "Informaciones" de Cristóbal de Albornoz. Casi veinte años después, con nuevos datos y consideraciones, y ahora, al alimón con el eminente quechuólogo Julio Calvo Pérez (autor de una edición crítica del "Ollantay", un diccionario quechua-español, etc.), ha erigido una edición monumental que supera todo lo existente sobre Molina.

Diversos puntos de la vida y la obra de Molina no esclarecidas o que han generado controversias quedan dilucidados por Urbano: sus silencios frente a la política indiana del virrey Toledo y la actuación del prelado Sebastián de Lartaún (quien le encomendó escribir su "Relación"), ligados a que no retrata a los incas como tiranos (óptica fomentada por Toledo) pero también evita abordar las propuestas lascasianas. De otro lado, explica la "cadena evolutiva" (sometida "al aparato ideológico de la escritura occidental y católica") que condujo al "bautismo trinitario" de Viracocha a manos de Molina; de otro lado, el supuesto nexo entre el Taqui Onqoy y la rebelión política y militar de los incas de Vilcabamba.

En cuanto a la valoración de la crónica de Molina, detalla la riqueza de su calendario litúrgico y, en un balance global, concluye: "nos legó la mejor síntesis sobre la religión andina prehispánica de corte cusqueño. Y aunque es difícil saber hasta qué punto todos los datos recogidos por la "Relación" se refieren a un ritual andino general, o a prácticas ceremoniales incaicas, lo cierto es que () constituye la mejor guía para viajar por el enmarañado mundo de los gestos simbólicos precolombinos" (p. lxvi).

Por su parte, Calvo prueba que Molina conocía el quechua "aunque sí parece que su dominio sobre la lengua indígena era inferior que el que tenía sobre la española" (p. lvii). En concordancia con los datos que lo señalan como sacerdote andaluz, el de Molina es un "castellano usado cultamente y no el de un mestizo cuya primera lengua fuese otra diferente que la peninsular" (p. lxxvii).

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