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UNA DISCIPLINA QUE SE ENRAÍZA E INYECTA NUEVA SANGRE

Ciencia política

La primera promoción de la novel carrera de Ciencia Política de la Católica egresa este mes, con cerca de veinte flamantes bachilleres imbuidos de una saludable vocación por profesionalizar la actividad y un contexto académico de primer nivel en el que se piensa al país en medio de los dinámicos cambios que estamos viviendo. Una crónica desde la cátedra y tres politólogos comentan el acontecimiento

Por Tito Castro

El pasado miércoles 18 de junio, la legendaria sala J-101 de la facultad de Ciencias Sociales, en el centro de la Universidad Católica, estaba al tope como en sus mejores momentos. No era un acto teatral, una película taquillera, o alguna celebridad académica presentaba su obra capital. A diferencia de hace 20 años, cuando menos, cuando fogosos hombres de partidos de izquierda y derecha ocupaban el escenario para competir en proclamas ideológicas, la sala aquél día estaba poblada de unos doscientos jóvenes deseosos de experimentar otro tipo de conocimiento político. Y no solo ellos. Los muchachitos del ayer acudimos también para compartir con jóvenes investigadores peruanos regados por el mundo, invitados para ese evento, una mirada comparativa de nuestra realidad actual. Una forma de pensar que nos ubique en el mapa global. Puntos de vistas que evalúen los asuntos del poder en el Perú no solo en función de nuestras resabidas picardías criollas, si no, también, con el rigor propio de los analistas profesionales que escrutan la performance individual en el contexto de la orquesta toda. Y con un espíritu ecléctico, abierto, co-constructivo, que se agradecía por cierto.

"La ciencia política y el Perú como objeto de análisis" se llamaba, tímida y pretenciosamente, el encuentro, y constituyó, a juzgar por lo visto, casi un rave -una fiesta masiva- de ideas interpretativas. Solo en las discusiones de la mañana, cuatro candidatos a doctor de universidades de Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido: Eduardo Dargent, Maritza Paredes, Paula Muñoz y Alberto Vergara, empezaron por marcar el renovado estilo para la disciplina. Esto es, mirando a nuestro país como un caso entre decenas similares en todo el planeta, comparándolo con otras democracias incipientes, contrastando sus procesos de constitución nacional a la luz de antecedentes típicos o dispares, sopesando la Historia, aprendiendo de las lecciones de otros, y de distintos tiempos. Haciendo política comparada, es decir.

NUEVOS ACTORES, NUEVOS TIEMPOS
Quizás esta actitud "globalista" -valga el barbarismo- ha hecho que en sus cinco primeros años de existencia la carrera de Ciencia Política y Gobierno haya tenido un crecimiento considerable. De contar con 10 alumnos en el 2005, hoy anota en sus registros a 143 estudiantes corrientes, los mismos que han encontrado en esta cualidad profesional -la comparativista- uno de los mayores atractivos para su inscripción. Farid Kahhat, profesor de la especialidad, e internacionalista reconocido, matiza el tema poniendo ingredientes adicionales: "En décadas recientes emergió una literatura dentro de la disciplina que cuestiona la centralidad del Estado como actor, y las relaciones entre estos como objeto de estudio de las relaciones internacionales", comenta. Para él, como para muchos analistas contemporáneos, son importantes ahora los grupos étnicos, las empresas transnacionales, o los colectivos ciudadanos que hacen presión, los mismos que se mueven afectando a regiones en bloque, constituyendo actores políticos que Kahhat describe como nuevas "fuentes de conflicto". Y de propuesta, y de visiones alternativas a la de las elites, legítimas por cierto, habría que añadir también. Justamente, esta nueva dinámica que trasciende al estado, y que hace que un objeto más de estudio de la política sea también ahora la gente que se moviliza y crea instituciones inéditas en su camino, es lo que esta haciendo que los actuales estudiantes volteen a ver la diversidad cultural como un tema inherente a las relaciones de poder. Los casos de Moquegua recientemente, o Cusco meses antes, lo ejemplifican. La gente se vuelve autónoma frente al estado, y se organiza y construye de acuerdo a dinámicas internas, muchas veces al margen o más bien a pesar de lo que haga el estado. En ese contexto se entiende el por qué del renovado interés en la materia, que Rolando Ames, con la autoridad que le da el ser el planificador principal de la carrera, y coordinador vigente de su programa académico, atribuye a lo siguiente: "Se esta percibiendo que la ciencia política debe ayudar a construir estas nuevas instituciones que se pueden forjar de hecho en la negociación, o en la interrupción de ella. Esta percepción es correcta. La ciencia política actual debe ayudar no solo a construir estas instituciones en brega, si no también a mejorar las ya existentes, para que las inevitables discrepancias entre todos esos actores diversos se tramiten con la menor violencia y exclusión posibles." Los actuales conflictos sociales, los que afrontan el estado y las empresas privadas en sus operaciones, así lo están demandando. Con lo cual el campo de trabajo para los politólogos se vuelve por demás promisorio en el Perú que se desarrolla.

AUGE ECONÓMICO, POBREZA POLÍTICA
Entre la multiplicidad de temas tratados, la inquietud en el seminario acerca de la identidad única de la disciplina no se hizo esperar. ¿Qué, pues, define la ciencia política contemporánea? ¿Qué marca su campo de acción, su modo de razonar? Por un lado está la tensión entre sistema y agentes, entre estado y ciudadanos, entre estructura social e individuos. Por otro, el estudio de los regímenes políticos: democracia, dictadura, y sus inacabables estados en tránsito o intermedios. Entre ambos están los partidos, o la ausencia de ellos, y también la eterna tendencia hacia el caudillismo, el clientelismo y la política performática orientada a la tribuna. El espacio para estudiar los regímenes atípicos aparece con fuerza: ¿qué fue entonces el ejercicio de Fujimori, en qué categoría cabe Hugo Chávez? Decía Alberto Vergara, con razón, que, pese al espectacular momento de transformación y crecimiento económico que vive el país, y el enriquecimiento indudable de todas las clases sociales -al menos en la costa y en varias ciudades grandes del interior- la esfera política nacional no ha cambiado. "El descrédito de las autoridades, la chambonería de los políticos y la precariedad infinita de los partidos, se mantiene", sentencia. ¿Podrán los nuevos politólogos hacer algo para cambiar eso? He ahí el reto de una nueva disciplina que busca profesionalizarse enteramente. Como la realidad que estudia, la ciencia política de hoy debe promover primero un orden social más democrático e igualitario, y luego una adecuada distribución de la abundancia. Seguir el camino inverso puede implicar correr demasiados riesgos.

LECTURA BÁSICA
La mirada ecléctica:
Alberto Vergara, Ni Amnésicos ni irracionales. Las elecciones peruanas de 2006 en perspectiva histórica, Lima: Solar, 2007 Los resultados de la elección presidencial del 2006 son el punto de partida de este ensayo que enlaza la historia política y social del siglo XX con el momento en el que el ciudadano depositó su voto.

Un clásico (viene una nueva edición revisitada):
Sinesio López, Ciudadanos reales e imaginarios. Concepciones, desarrollo y mapas de ciudadanía en el Perú, Lima: Instituto de Diálogo y Propuestas, 1997 Contrasta a las comunidades políticas con ciudadanía real (con deberes y derechos probados) con las comunidades que poseen ciudadanías imaginadas, es decir las que están reconocidas jurídicamente pero están excluidas del sistema. 

Un compendio propositivo:
Henry Pease (ed), Reforma del estado peruano: Seminario en los 90 años de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima: PUCP, 2008 (en prensa) Artículos sobre un nuevo estado inclusivo, administración pública, reforma judicial, defensa nacional, etc. con propuestas puntuales para acercar el estado a todos los sectores.

El énfasis en los actores
Martín Tanaka, Democracia sin partidos, Lima: IEP, 2005 Analizando el gobierno de Alejandro Toledo, sostiene que el verdadero problema no estuvo tanto en las reglas formales del régimen como en los protagonistas del juego político: los partidos, o más precisamente, la ausencia de ellos.

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