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¿QUIÉNES SON LOS VERDADEROS HIJOS DE DYLAN?

Oído a la letra

BOB DYLAN NO FUE EL PRIMER AUTOR DE CANCIONES CON LETRAS MEMORABLES, TAMPOCO EL ÚLTIMO. PERO SÍ UNO DE LOS MÁS DOTADOS. AQUÍ, SIN NINGÚN ORDEN ESPECÍFICO, UN REPASO POR LAS VIDAS Y MILAGROS DE ALGUNOS DE SUS GENUINOS HEREDEROS: LOS MÚSICOS QUE SABEN SACARLE TODO EL BRILLO POSIBLE A LAS PALABRAS.

Por Diego Otero

Las cosas definitivamente han cambiado. Los auténticos herederos de Bob Dylan hoy aparecen muy poco en televisión, no suelen (salvo excepciones) ser tipos especialmente glamorosos ni particularmente freaks, y cuando se les pregunta "¿qué hace una estrella de rock como tú durante el día?", responden cosas como ésta: "las estrellas de rock como yo van a trabajar durante el día". De hecho, Craig Finn, el vocalista y letrista de The Hold Steady, una de las bandas más aclamadas de la actualidad por sus letras colmadas de escenas nítidas y cortantes, de comentarios sutiles y agudos sobre la realidad y el deseo, trabajaba en una oficina hasta hace solo un par de años.

Ya no son, pues, los tiempos de las megaestrellas. Desde que se consolidó la posibilidad de editar discos al margen de las multinacionales, las propuestas se han multiplicado exponencialmente y han empezado a surgir auténticos talentos de perfil bajo, que la luchan a pulso. Músicos en sus treintas que tienen las cosas claras y que han leído bastante y bien, y que saben poner el dedo en la llaga. Como Finn, que parece más un escritor que un cantante de rock: usa anteojos y camisas sueltas, está algo subido de peso y se mueve en escena como un nerd ejecutando su venganza. Pero eso sí, las cosas que grita o susurra entre los riffs de guitarra y los teclados llevan dinamita.

Una de sus canciones más memorables, que es un diagnóstico generacional y una escéptica reflexión sobre el amor y el éxito, parte de una alusión a En el camino, la biblia beat de Kerouac: "Hay noches en las que creo que Sal Paradise tenía razón. / Los chicos y las chicas en América están pasando un rato muy triste juntos. / Chupándose unos a otros en las manifestaciones, / asegurándose de que sus maquillajes estén bien. / Enamorándose unos de otros con expectativas colosales. / Dependientes, indisciplinados, durmiendo tarde". John Berryman, el poeta de Dream Songs que se arrojó al río Mississippi, aparece luego en la canción, y Finn lo utiliza como un espejo deformante.

"Hubo una noche en la que pensamos que John Berryman podía volar", grita Finn. "Pero no pudo, / así que murió. / Ella dijo: "tú eres muy bueno con las palabras, / pero las palabras no salvarán tu vida". / Y no lo hicieron, / así que murió". No debe ser casualidad que Will Sheff (líder de la banda Okkervil River), otro de los letristas más inteligentes de hoy, también le rinda homenaje a Berryman. The Stage Names (algo así como Los nombres del escenario), que es un disco sobre los vínculos entre los artistas y sus admiradores, se cierra con una emocionante canción en la que el cuerpo del poeta suicida se transforma en un barco mientras cae al río congelado.

"Así que a izar las velas del John B. / Miren cómo se despliega el velamen principal. / He doblado mi corazón y lo he colocado en mi cabeza y me quiero ir a casa", canta Sheff, prestándole su voz al propio Berryman. Otra coincidencia: Will Sheff tiene facha de ex chancón, una especie de Harry Potter trasnochado y metido a rockero. Pero en sus palabras no hay ninguna clase de magia, solo certezas en carne viva: "Qué le da a este enredo alguna gracia si no son ficciones, / si no es sudor o canciones. / Qué te levanta del suelo si no son trucos. / Y luego de una dosis / usualmente estoy convencido de que nunca volveré a derrumbarme".

***

Evidentemente, Finn, Sheff y otros letristas de hoy como Colin Meloy, el bibliófilo líder de The Decemberists, no han desenterrado la posta que dejó Dylan. Son parte de una tradición que ha recibido aportes de muchísimos nombres, entre los que se puede mencionar, casi al vuelo, a Leonard Cohen, Joni Mitchell, Tom Waits, Bruce Springsteen o Nick Cave. Y más recientemente, en los espinosos noventa, al desaparecidio Elliott Smith, autor de King's Crossing, una de las canciones más hondas y desesperadas sobre la lucha contra las drogas, pero también sobre el rol del músico frente a las corporaciones del entretenimiento. "Es Navidad y la aguja está en el árbol. / Un Papá Noel enflaquecido me está trayendo algo. / Su voz es abrumadora / pero su discurso incomprensible", canta Smith en una melodía que va de lo triste a lo maníaco.

En los noventa surgió otro personaje singular, a ratos brillante: Stephen Malkmus, el compositor y vocalista de Pavement. Malkmus es un letrista formidable, obsesionado con el absurdo, capaz de insertar en una misma canción la influencia de las películas de Bergman y el reggae de Trenchtown. Misántropo e irónico, y quizá por eso mismo admirador de la poesía de Jack Spicer y Denis Johnson, Malkmus lanza versos tan enigmáticos como éstos: "Ciudadano abstracto / bajo el abstracto sol de la ciudad". O tan ridículamente reveladores como éstos: "A veces parece como si el mundo estuviera relleno de plumas. / Solo el chicle pegado bajo la mesa lo mantiene unido".

***

Como no podía ser de otra forma, Malkmus es un radical: "Lo que hago es, casi siempre, fantasear con mi mundo interior. No trato de escribir sobre el alma o sobre Portland o sobre 'mi generación'. Todo eso me parece muy insulso. Tengo suficiente con la TV". Kevin Barnes, el hombre detrás de Of Montreal, es también un radical, pero en otro sentido. A Barnes le gusta salir a escena en zancos y vestidos y maquillajes plateados. Lo suyo es un pop extravagante y energético, y de vez en cuando nos sale con algunas letras absolutamente notables, como la de The Past is a Grotesque Animal, seguramente una de las canciones más contundentes de los últimos años.

"El pasado es un animal grotesco", canta Barnes sobre un fondo de programaciones y chispazos electrónicos, "y en sus ojos ves / cuán completamente equivocado puedes estar. / El sol ha salido, / derrite la nieve que ayer cayó. / Hace que te preguntes, ¿para qué se molestó en caer?". La canción, que dura doce despiadados minutos, habla del cinismo como un boomerang afilado que siempre regresa para bañarnos en sangre. Y cierra con unos versos sobre la memoria del deseo carnal: "Te he explorado con la frialdad de un analista, / aunque la mayoría de las noches hayamos alcanzado los mismos reinos. / Y ninguno de nuestros secretos ahora es un secreto físico".

PALACIOS DE PAPEL
El español Nacho Vegas (Guijón, 1974), a pesar de no compartir el idioma, es heredero también de esa fértil tradición. Sus mejores canciones son irónicos y reflexivos relatos sobre los abismos que se abren y se cierran entre las personas. En algunos casos, como en el de la letra que reproducimos, Vegas sabe plasmar agudos comentarios críticos sin caer en el panfleto o lo trillado.

Canción de palacio No. 7
Con todas estas páginas he construido mi mansión en una zona alta de la ciudad, soleada y residencial.
Me llegó a ofrecer -y era una ganga- mano de obra infantil cierta gran multinacional.
Claro, yo la rechacé.
No saben la de cosas que se escuchan cuando tus paredes son todas de papel.
Anoche oí a dos tipos planear una guerra nuclear mientras me hacía un té.
Y a veces oigo a las ratas
que roen la pared.
Les doy papel de estraza
del que uso yo para sacar la tinta de la piel.
Y vivo así en mi palacio de papel.
Se está bien aquí, se está bien.
La mujer del tiempo anuncia un vendaval,
pero no me iré; resistiré.
Y se oyen voces que hablan de desahucio y sé que quieren derribar mi humilde mansión.
Al parecer pretende abrir aquí una nueva boutique un tal Louis Vuitton.
Puede que lo hable con él.
O puede que me atrinchere aquí, y como cualquier animal ya sabré lo que hay que hacer.
O entienda que si no pierdo la fe es porque jamás llegué a tener una que perder.
Pero en veintiocho años,
vean que la reconstruí
con estas sucias manos
un millar de veces y sigo viviendo así,
como un rey en mi palacio de papel.
Se está bien aquí, se está bien.
La mujer del tiempo anuncia un huracán,
pero no me iré; resistiré.
Y si hay un fuego aprenderé a arder.
Y si empiezo a arder aprenderé a apagarme.

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