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HABLE CON ELLA

La estocada de la muerte

Por Marcela Robles

A Constantino, que murió sin permiso de nadie, tal como vivió.

Orson Welles decía que había gente que en aras de la buena educación no hablaba con la boca llena, pero que no tenía ningún reparo en hablar con la cabeza vacía. Síndrome de nuestros tiempos. Y no sé quién dijo que la muerte está tan segura de ganar la partida, que nos da toda una vida de ventaja. Si somos afortunados, podremos elegir nuestra manera de morir, de lo contrario, la muerte mueve su pieza de ajedrez y acaba la partida con un jaque mate.

Querido Constantino, con tu nombre de emperador, tú siempre hablaste con la cabeza llena de bellas y revolconas ideas, chúcaro y provocador, contra todas las imbecilidades de este mundo; sobre todo en lo concerniente a la educación de niños y jóvenes. Fue un privilegio para mí y para mi hijo, a quien ayudaste a crecer, haberte conocido. Aunque no lo suficiente.

Las palabras nos salvan, nos atraen, nos excitan, nos sumergen. O nos pueden matar. Pero como en los cuentos de Sherezada, seguimos escuchando a los que tienen algo que decir, aunque sea con la boca llena. No era su caso, y además escribía muy bien, con la ternura que en su trato intentaba esconder, pero que se le escapaba por la mirada irrevocablemente.

Ahora leo varios libros a la vez. Uno de ellos es "Escribir" (Tusquets, 2007), de la inconmensurable Marguerite Duras. Está dedicado a la memoria del joven aviador inglés W.J. Cliffe, ocurrida a los 20 años, probablemente el último día de la guerra (no importa cuál, todas son iguales). El niño, como ella lo llama, murió "a una hora para siempre indeterminada", piloteando un Meteor monoplaza, que cayó en la copa de un árbol, que no es una mala manera de morir. No puedo decir nada, escribe Marguerite en esta joya literaria, en lujosa traducción de Ana María Moix. "Debiera existir una escritura de lo no escrito. Un día existirá. Una escritura breve, sin gramática, una escritura de palabras solas". Por su parte, en "Ars brevis", del peruano José Donayre (Mesa Redonda, 2008), la estocada de la muerte viene a cuenta en relación al arte de vivir: "La respuesta fue el silencio y la oscuridad que sobreviene al arte breve: aquella oportunidad perentoria que da la vida como homenaje a sí misma en su momento extremo e improrrogable, a poco de trasponer la frontera de su inquietante término".

Carvallo decía que llorar y sufrir nos puede confirmar humanos, pero de ninguna manera nos confirma maestros. Como madre que soy, concuerdo con su postulado de que lo máximo que uno debe esperar es que nuestros hijos-alumnos se afirmen a sí mismos y que sepan adaptarse a este mundo. Le preocupaban las personas que quieren imponer su originalidad, pero también las que aceptan la realidad sin defender ninguna.

Constantino nos dio una permanente clase maestra cuya filosofía se podría resumir así: "Creo que la pasión es lo único que nos salva. Los amores, el filial y el de pareja, suelen estar contaminados de luchas por la posesión. Esta extraña relación entre maestro y alumno es, en cambio, como esos encuentros breves y furtivos. Como van a terminar pronto, solo queda la generosidad, la entrega, la gran performance. Me alegra entonces que mis alumnos se vayan. Así me enseñan que las cosas bellas se terminan, pero que la vida continúa".

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