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MATADORAS. NUEVAS NARRADORAS PERUANAS

El set de las mujeres

Por Carlo Trivelli

Hace tres años, Estruendomudo publicó Selección peruana, una antología de relatos de 11 narradores peruanos que, tal como se daba a entender en la portada, eran equiparados con la selección nacional de fútbol. Era una manera divertida de presentar lo que ofrecía la narrativa joven del momento (el período comprendido entre 1990 y el 2005) que, a la vez, abría la puerta a la polémica acerca de quiénes habían sido incluidos y quiénes no y de hasta qué punto ese panorama representaba nuestra actualidad literaria. Matadoras es, como cabía esperar, la versión femenina de Selección peruana, la contraparte literaria de las chicas del vóley, parangón femenino de nuestros futbolistas en el imaginario nacional.

La antología reúne a 13 "nuevas narradoras", la mayoría de las cuales ha comenzado a hacerse presente en los últimos tres años (otras, cuando mucho, en la última década). Y es este uno de los aspectos más interesantes de la antología, ya que lo que la selección recoge puede verse alternativamente (o, quizá, a la vez) como una nueva generación de narradoras peruanas o como un pequeño boom de escritura femenina en el Perú. Son, precisamente, estos dos ejes de interpretación los que ponen a Matadoras en un lugar de interés en el panorama de la literatura peruana actual. Estas nuevas narradoras se distancian de la generación anterior precisamente en su manera de ejercer eso que se suele llamar literatura femenina. Como se hizo evidente en la presentación del libro en la FIL, prácticamente ninguna de estas narradoras considera su trabajo como marcado por una perspectiva de género, lo que las distancia claramente de sus predecesoras. Este hecho deja en claro no solo el paso del tiempo, sino el cambio de las condiciones, tanto las del mundo editorial como desde las de la subjetividad de las propias autoras y su modo de asumir el oficio.

Pero ¿hay una característica propiamente femenina en esta antología? Sí, claro, pero es algo que resulta fácil de afirmar y a la vez difícil de sustentar en los textos. Una primera impresión es la de un conjunto marcado, en su mayoría, por el recurso a la primera persona en el relato, pero la anticipación de un tono intimista, que cabría esperar de ese rasgo de estilo, se ve frustrada con el desparpajo de la contribución de Monserrat Álvarez o la personificación de Rimbaud, algo femenina, sí, pero bastante inesperada, que hace Mónica Belevan, por ejemplo.

Otra opción de ordenar el conjunto podría ser la sugerida por la contratapa del libro y recogida por Iván Thays, de acuerdo con la cual las autoras se agrupan en dos equipos, uno con cuentos supuestamente más "vivenciales" (integrado por Bisso, Díaz, Ulloa, Pacheco, Del Río y Villena) y otro poblado por las que ejercen opciones "más literarias" (si se acepta, claro, que lo literario sea cuestión de grado): Klatic, Noltenius, Adaui, Gadea, Cáceres y Belevan. El problema radica no solo en que este ordenamiento deja a la inclasificable Álvarez en calidad de árbitro, sino que cuentos notables como los de Noltenius o Ulloa parecen francamente intercambiables entre ambas categorías, porque en ellos, más allá de la intensidad emocional o la estructura narrativa, prima la generación del sentido a partir de la creación de un símbolo en el mismo relato. Algo parecido podría decirse de las contribuciones de Grecia Cáceres y Rossana Díaz (también ubicadas en márgenes distintos), en cuyos relatos el oficio de narrar genera tanto una historia como un comentario irónico acerca de lo que se narra.

Quizá resulte importante dejar las clasificaciones y definiciones de lado sin obviar la cuestión de género, porque Matadoras nos acerca, antes que nada, al placer de la lectura. Sin embargo, no se tiene por qué pasar por alto el hecho de que quienes escriben aquí son mujeres, pues en eso radica buena parte del carácter de los relatos. Y ahí nuevamente el título de la antología resulta un acierto: frente a una selección de fútbol que se debate entre algunas brillantes carreras ejercidas en el exterior y la sensación de la poca consistencia del conjunto, estas matadoras nos devuelven esa sensación de solidez, más allá de las figuras individuales, que caracterizara a nuestra selección de vóley de antaño. Y con ello, también, la anticipación de nuevas conquistas.

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