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En pie de guerra

Por Francisco Melgar Wong

Parabellum, tercer libro de Víctor Coral (Lima, 1968), es una colección de poemas que giran en torno a los horrores de la guerra, un amplio escenario de devastación que el poeta aprovecha para combinar un sinfín de voces y de referentes culturales, históricos y literarios.

El libro está dividido en cinco secciones y en la primera ("Último disparo") ya nos topamos con las confesiones de Louis-Ferdinand Céline volviendo del campo de batalla ("Céline declina"); con un poeta que reflexiona sobre el difícil arte de escribir entre cadáveres ("Poeta en la trinchera"); con un viejo seguidor de Filippo Tomasso Marinetti que reniega de la pasión que el fundador del movimiento futurista sentía por las máquinas de guerra ("Fan de Marinetti"); con una joven que espera el regreso de su novio enviado a los campos de la muerte ("Negra canción de la novia"), e incluso con un imaginario sobreviviente de la masacre de Uchuraccay ("Uchuraccay, un sobreviviente").

A pesar de la aparente sencillez del lenguaje que Coral ha usado para elaborar estos poemas (en especial los incluidos en esta primera sección del libro), la insistente combinación de frases que insinúan lirismo ("el silbo de los vientos", "nubes brunas acurrucadas", "mi corazón yace umbrío a los pies de la vida") con la fría dureza documental que aparece en ciertas frases ("el error computado de toda vanidad", "entonces moríamos en masa") delata una manía disociadora que acaba por enfriar y debilitar los textos.

Este desmesurado cruce de voces, tonos y referentes se expresa de manera más obvia en la cuarta parte del libro: "Los Desastres". En ella encontramos frases extraídas de distintas fuentes, como el "Bhagavad Gitá", "Los comentarios reales", "Los cantos" de Pound y una carta de Antoine de Saint Exupery. Entre estos textos aparecen también algunos poemas del propio Coral, bajo el título "Desastres de la guerra", en donde el lenguaje encuentra una mayor musicalidad y las imágenes disfrutan de una reconfortante claridad.

La última sección del libro, llamada "Después de la guerra", es en realidad un solo poema donde Coral se olvida de los parámetros temáticos del conjunto para hacer una suerte de autorretrato lleno de imágenes poderosas y evocativas: una licencia poética que consigue, sin lugar a dudas, el mejor momento del libro.

Y te quedaste mirándome
"Cualquier cielo", el más reciente libro de Micaela Chirif, se reparte en cinco momentos: "Una niña", "Cualquier cielo", "La muerte", "Las mudanzas" y "Lo que queda", éstos mantienen un hilo narrativo que es un viaje sentimental de dos personajes, de dos compañeros y amantes; porque son dos, sobretodo, los que gobiernan los momentos y la desnudez de los versos: la voz poética, femenina, de versos breves y nutridos de lo cotidiano y el otro personaje, masculino y silencioso que atraviesa los versos silbando por casa, preguntándose, desnudándose con ella, "como cansados / como ancianos / como enfermos / como si nada". El amor existe en "Cualquier cielo", y existe más allá de la muerte. Las palabras se unen a modo de collages, de tejidos que se miran asombrados y se encuentran en un mismo punto: la esperanza.

Entre ellos dos, hay esperanza y estos versos de luto y tristeza son a la vez, un nuevo comienzo, un nuevo acto de apropiación que se sostiene en las imágenes de una vida cotidiana, en una nueva actitud frente a la muerte y a la vida.

"Cualquier cielo" es leído y escrito como un proceso en el que el silencio se hace voz, en el que se subvierte la distancia entre estar vivo o muerto y donde se confía, y ama igualmente. En los fragmentos de la obra, se deja claro que la rutina en esta pareja, por ejemplo, no es un defecto ni un problema, sino por el contrario es una cercanía llena de códigos y rituales felices. La rutina también se percibe en el espacio de movimiento de los personajes, en todo caso, también de los versos; él y ella, conviven en un paisaje que no es como el campo o la arena, no es un lugar escrito desde lo extranjero, sino que es un hogar, una casa en donde ambos atraviesan felicidad y también la enfermedad de morir, en donde ambos mueren y sobreviven; de ahí que, a pesar de que la muerte exista y sostenga el cielo de los versos, no sostenga la desesperación ni el desarraigo. La nostalgia estornuda, sofoca su risa, coloca un ceño fruncido, pero también es introspectiva y continúa el camino -o el cielo- .

La intimidad de este libro, convence y envuelve al lector, incluso, con ironía y ternura, "En la puerta del despacho/he visto a la esposa /y a la amante/cruzándose con fastidio/ ¿va a pasarnos?/ felizmente tú/no tienes despacho". (Por Andrea Cabel)

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