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EL OTRO LADO DE TACNA

Los petroglifos de Miculla

Por Miguel Ángel Cárdenas M.

Tacna guardaba otro símbolo de identidad peruana en su tan atractiva como poco popularizada sierra milenaria. Pocos recordamos que fue en las cuevas de Toquepala --a tres horas de la capital del departamento-- donde se encontraron unos de los vestigios de pintura rupestre más antiguos del Perú, con 10 mil años de antigüedad. Pero a inicios de este nuevo siglo han salido a la luz matinal otros sitios que pueden hacer de Tacna el punto donde, como dicen los tacneños, no solo empiece el país, sino su historia y patrimonio.

En Miculla, la distancia y las piedras son madre e hijos. En las quebradas de Palca y Uchusuma, cerca del río Caplina, se han encontrado más de 1.500 petroglifos en piedras de granito y toba volcánica --desperdigadas con un orden todavía indescifrable-- en un área ardua y árida de 2.205,43 hectáreas. De estas, 42 hectáreas de la pampa de San Francisco tienen formaciones geológicas del Cuaternario reciente (cinco millones de años) con 496 figuras míticas percutidas en rocones y en cantitos rodados desde el período Formativo, pasando por la etapa Tiahuanaco de un siglo y durante la conquista pacífica de Túpac Yupanqui. Aquí, en una fantástica continuidad cultural, los primigenios artistas y chamanes recreaban insinuantes seres mágico-religiosos, que señalan direcciones astronómicas, junto a escenas de caza, fiestas musicales y ceremonias eróticas de fertilidad.

Es tal el magnetismo visual y atmosférico del lugar que, en pocos y callados años, se ha convertido en el primer sitio pétreo de su especie en ser puesto en valor para el Perú y habilitado para visitantes. Sobre todo, gracias al trabajo invencible de 25 años del arqueólogo Jesús Gordillo, uno de esos poco recompensados personajes de este país que quieren tanto a su pasado histórico que podrían morir por su amor.

En Lima y el resto del país, Miculla es desconocido todavía, pero ya los turistas chilenos lo vienen solicitando como punto fijo o como un primer sitio arqueológico rumbo al Cusco. Especialmente porque, siguiendo a María Rostworowski, se trataría de una vital región que ella llamó Colesuyo, con un área de influencia cultural desde Camaná hasta Atacama, en Chile. Y donde se rendía un cósmico culto al agua en las piedras. Tanta es su importancia que aquí se va a construir el primer Centro de Investigación de Arte Rupestre en Sudamérica, cuando culmine la segunda etapa del proyecto que lidera Gordillo. "Solo falta la determinación del gobierno regional para que se ejecute", pide el experto.

En Miculla, la escasa agua y el furtivo viento son hermanos en el desierto. El lazo entre la escasez de uno y la intensidad del polvo de arena que suscita el otro parecen ser las razones que hicieron y hacen del sitio, según Jesús Gordillo, "un gran centro ceremonial de culto al agua y la fertilidad. El agua es tan básica que ha habido una continuidad sincrética con el catolicismo hasta hoy con la procesión de la Virgen del Rosario, a la que se le pide que combata los ríos secos o los pagos de la gente del Altiplano que llega a la costa con sus camélidos; lo que viene haciendo desde épocas prehispánicas". Si no, recuérdese el reciente problema --que en realidad era por el agua-- que confrontó a Tacna con Moquegua. "Y por qué en las fiestas de distritos de Tarata como Chucatamani el personaje del repartidor de agua conlleva más estatus ritual que la misma presencia del presidente regional".

Por esto, si hay un petroglifo que prima aquí es el del Señor del Agua o Señor de las Serpientes, que parece que sostiene báculos sagrados y que se halla hasta en Arica. Una figura análoga a las de Chavín, que rememora a Wiracocha y las portadas de Tiahuanaco, que los aimaras concebían para cultos de fecundidad.

Es alucinador también el petroglifo del zorro con su quena, que en las leyendas locales es un animal propicio para convocar al agua. Y los del águila blanca que en distritos como Calana es portadora de la feracidad. Todo muy relacionado con las imágenes de ritos de fertilidad sexual, con los dibujos de falos y vulvas que ameritarían un estudio comparativo con los de Chucuito y Moche.

En Miculla, el Sol que carboniza todo a su halo y la Luna tan fría como preciosa son fructuosos convivientes. Ambos están presentes en los petroglifos más importantes y reveladores, como en la figura atlética del hombre que carga el Sol y las representaciones de la Luna y las estrellas como la Cruz del Sur. No en vano en Miculla los pastores dicen que "las nubes bailan". Y los dibujos de las piedras con ellas.

Gordillo halló la explicación del mito: "En invierno la neblina, la camanchaca, baja por la ceja de valle, pero cuando se cruza con la salida de Sol se produce como una pelea. El efecto visual es ver que en medio bailan las nubes".

Aquí se podría fundar un centro de "astronomía pétrea". Por ejemplo con la figura del yatiri observando el cosmos (yatiri es el sacerdote aimara). En el eclipse de 1995, un experto de la Sociedad de Astronomía de Houston comprobó que su posición --y el círculo concéntrico que estaba dibujado a su costado en la roca-- estaba orientado, precisa y asombrosamente, hacia la ocultación de la Luna, a las 7:05 p.m. en que se produjo el fenómeno. La hipótesis del observatorio astronómico que hermana las piedras del suelo con las del cielo --como en todos los sitios del antiguo Perú-- cobra así energía. Los mitos además dicen que los círculos concéntricos dibujados como la Luna representaban "una forma de amarrar al Sol".

Son enigmáticas también las imágenes de los hombres con cabeza de aro, como astronautas. Porque, según Gordillo, revelarían cosmovisiones astrales. También suceden esas conexiones con las figuras de los músicos con tocados cefálicos, los pinkullistas, los arqueros y las mariposas con signos que no han podido traducirse. En la zona existen y se han grabado en las rocas los tridentes que eran los cactus visionarios de los yatiris (hay un petroglifo llamado El Laberinto que parece un vuelo alucinógeno) y un geoglifo de 120 metros de largo y 5 de alto para una ceremonia al agua que solo puede observarse bien desde el cielo.

Si algo destaca en Miculla, es el movimiento y plasticidad únicos de los dibujos. Como en las figuras del felino con un 8 --como el número y el símbolo de infinito--, el águila que captura una serpiente en el aire, el cazador de lagartijas, el puma al acecho y el guanaco con su séquito de cinco hembras para él solo y, que siguiendo las leyes de la vida, perdía cuando ya mayor un joven lo retaba a duelo. También el dibujo del suri o ñandú sudamericano, en peligro de extinción.

Hay que caminar harto y tendido para apreciar cada piedra yerta y felizmente hay una vía y trochas con dos puentes colgantes y miradores. Admira que ese camino haya sido limpiado y conservado por las mujeres del Club de Madres de Miculla. "Con ayuda de Cáritas fueron como 20 durante un mes, es una forma de hacer partícipe a la comunidad y de que luego se beneficie con el potencial turismo", afirma Gordillo, quien tiene más sorpresas para el país: la popularización del camino inca de Palca, "que comunicaba la cuenca del Altiplano con el litoral del Pacífico y que sigue conservado y bello".

Y un descubrimiento del 2000 --cuando los comuneros y un policía lo pusieron alerta-- que va a cambiar las dataciones de antigüedad y arte parietal peruano. En la frontera con Chile, en la cordillera de Barroso, a 4 mil metros sobre el nivel del mar, existen 60 cuevas con pinturas rupestres, "superiores en concepción a las de Toquepala". Gordillo ya logró que el sitio, Vilavilani, fuera declarado Patrimonio Cultural de la Nación para protegerlo de las personas que han estado robándose las piedras. Estas han provocado que la comunidad le cierre hoy el acceso a cualquier extraño. Por eso, está tratando de solucionar el conflicto. Tacna, pues, guarda otra inestimable sorpresa arqueológica. Y un "continuará".

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