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Anna Ajmátova y el poder

Por Fernando Ampuero

Ella era poeta y vivió en Sebastopol. En la Lima del siglo pasado, para designar lejanía, la gente siempre tenía a flor de labios una hipérbole casera: "Se fueron hasta Sebastapol".

Sebastopol, ciudad portuaria de Crimea, Ucrania, se perfilaba a orillas del Mar Negro entre altos bosques de abedules y estepas cubiertas de blanquísima nieve. Etnias eslavas y orientales, así como una antigua colonia griega, fueron sus primeros pobladores. Allí, en la bahía de Strelétskaya, Anna Ajmátova pasó los veranos de su juventud. El nombre, Anna, se lo pusieron por su abuela, pero ella misma decidió su nombre literario: sustituyó el apellido paterno, Gorenko, por el apellido de su bisabuela, la princesa tártara Ajmátova, cuya larga estirpe descendía de Gengis Khan.

El poeta Joseph Brodsky la describe así: "Alta, de pelo oscuro, morena, esbelta y ágil, con los ojos verdosos de un tigre polar ", y luego añade: "Su sola mirada te cortaba el aliento". La pintaron, esculpieron y fotografiaron incontables artistas, empezando por Amedeo Modigliani, su amigo de juventud en París. Muchos de esos retratos se perderían en las dos guerras mundiales y en los sótanos de los comisarios soviéticos.

Siendo una niña de once años, y tras escribir su primer poema, su padre la llamó "poeta decadente". Este debía ser un mote de época. Los poetas revolucionarios, que años después se enquistaron en la Unión de Escritores Soviéticos, descalificaban así a sus rivales. La broma del padre, en todo caso, resultó premonitoria. Ella ya era una poeta muy famosa cuando, inquieto con sus versos, Stalin atusó sus mostachos.

Como en todo régimen totalitario, la poesía en Rusia era importante. En los países democráticos los poetas tienen un público restringido. Este, fuera de algunos lectores sensibles, se reduce a una cofradía. En el Perú, por ejemplo, los poetas son leídos por otros poetas o por aquellos que quieren ser poetas. Y dado que nuestra literatura padece de narcisismo y mezquindad aguda, casi todos despotrican de todos.

En el país que le tocó vivir a la Ajmátova, el pueblo vibraba con la poesía. La poesía paliaba los abusos del poder y los desengaños, y mantenía el espíritu encendido. Los bolcheviques, ni qué decir, temían a los poetas. Entraban en sus casas, revolvían cajones y les robaban los poemas. También destruían y confiscaban sus libros o impedían reediciones. Muchos lectores, para salvarlos del olvido, los memorizaban.

En esa atmósfera de terror, Anna se mantuvo firme y leal a sus amigos. A pesar de que, a toda hora, uno tras otro iban muriendo. Primero los lapidaban con insultos. Luego, los fusilaban, asesinaban o internaban en los Gulag. El poeta Tabidze se arrojó por una ventana para no delatar a un compañero. Zóschenko enloqueció. Yesenin se ahorcó y Mayakowski se pegó un tiro. A la poeta Olga Bergolts le sacaron a golpes el hijo que llevaba en el vientre. Condenaron a Boris Pasternak y Ósip Mandelshtam al ostracismo. Y Anna también sufrió lo suyo. Fusilaron a su ex marido, el poeta Gumiliov, e internaron durante 18 años a su único hijo en campos de trabajos forzados.

En muchas de esas colas multitudinarias y silenciosas, bajo la nieve, aguardando para visitar a su hijo preso, Anna sería la humillada víctima de un sistema que despreció la libertad y la dignidad de las personas. Un día, tras años de tiritar horas de horas en una cola, una anciana de rostro arrugadísimo le preguntó al oído: "¿Y usted podría describir esto?". Anna le contestó que sí en voz baja ("porque allí todos hablaban en voz muy baja"), y la anciana regresó a la cola, aliviada.

Leer el Réquiem de Ajmátova -esos poemas que son un canto fúnebre por tantos parientes, amigos y desconocidos que cayeron en desgracia- nos hace temblar de emoción. Allí se preservan, por encima de la vil distorsión del poder omnipotente, la verdad y la memoria. Hay en sus versos precisión e intensidad, pero sobre todo precisión. La palabra precisa revela sentido y belleza. "Importa más que cada palabra esté en su sitio, como si le correspondiera estar allí desde hace mil años", escribe Anna en sus apuntes autobiográficos. "Sin embargo, el lector la debería ver como si la descubriera por primera vez en su vida". Y en otro momento expresa: "Los versos fluyen sin cesar y yo los espanto hasta que oigo vibrar uno que vale".

El poder insaciable del estalinismo no derrotó a Ajmátova. Al parecer la ayudó a cincelar su alma y la convirtió en un ser superior. Cito nuevamente a Brodsky: "Percibías físicamente que estabas en presencia de alguien mejor que tú, alguien mucho mejor, y más aún, de alguien que con solo hablar te transformaba".

Sin mayores ceremonias, Anna Ajmátova fue enterrada junto al mar, en Komarovo. Su azarosa vida transcurrió, como bien dicen sus versos, "en tiempos en que solo los muertos sonreían/ alegres por haber hallado al fin reposo".

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