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CINE

Dueños de la noche

El filme de James Gray es una de las mejores películas norteamericanas de los últimos tiempos. Ojalá no corra la suerte de otras cintas importantes que han pasado desapercibidas en la cartelera local

Por Ricardo Bedoya

En las últimas semanas, dos buenas películas han pasado desapercibidas por los cines. Misión peligrosa, de James Mangold, y Shine a Light, de Martin Scorsese, ya fueron retiradas o están programadas en horarios imposibles. No es la primera vez que esto ocurre: películas valiosas que deben ceder el paso a los gigantescos mamotretos de siempre sin que hayan tenido tiempo de poder llamar la atención o de esperar a que surta efecto la recomendación. Y a estas alturas, una película que sale de cartelera ya no podrá volverse a ver en pantalla grande, salvo que la retome el Centro Cultural de la Universidad Católica.

Se impone, por eso, la apertura de alguna sala de "segunda exhibición" o segundo turno, que permita a ciertas películas llegar a su público sin las presiones de los blockbusters que las arrinconan, sacándolas de programación. Podría ser incluso la sala de algún multicine, pero para ello se requiere que la Municipalidad asuma una función promotora, de auspicio.

NUEVA YORK EN LOS OCHENTA
Ojalá que Dueños de la noche no siga el desairado camino de otras películas estimables. Esta semana empieza a exhibirse sin publicidad, librada a un mercado que solo encuentra atractivo el Viaje al centro de la tierra y las recientes aventuras de La Momia.

Dueños de la noche es una de las mejores películas norteamericanas de los últimos tiempos. Su director, James Gray (Little Odessa, The Yards), apuesta al género policial y al relato clásico para dar cuenta del enfrentamiento de la policía neoyorquina de los años ochenta con las bandas de traficantes de drogas amparadas por la mafia rusa.

En el centro de la acción está la figura de un viejo policía y padre autoritario encarnado por el gran Robert Duvall, que busca combatir el desorden a toda costa. A su lado vemos al hijo afín y aliado, también policía (Mark Wahlberg). Frente a ellos está Bobby (Joaquin Phoenix), a la vez apegado a la familia y en conflicto con ella, administrador de un club nocturno de propietarios mafiosos. Dos familias coexisten y se oponen: la organizada por la filiación y la herencia, y la policial, que impone vínculos de lealtad que van más allá de las relaciones de sangre.

UN THRILLER SOBRE RELACIONES FILIALES
Las actitudes contrapuestas de los hermanos le dan sentido y resonancia a una trama urdida a partir de elementos tradicionales: conflictos familiares con acentos melodramáticos, infiltración peligrosa en una banda, suspenso armado a partir del riesgo corrido por el 'topo', persecución automovilística, purga de faltas y culpas y hasta redención final. La fórmula del thriller policial está siempre presente, pero Gray se las arregla para darle intensidad y clima.

La película está filmada en un permanente claroscuro, un tono bajo de acentos dorados que le da un aire de melancólica decadencia. Hasta la secuencia de mayor contundencia dramática, la persecución, está filmada en un escenario sin brillo y en un clima opaco, bajo una lluvia agregada de modo digital.

En este thriller no importa tanto la velocidad de las acciones como el clima del fin de una época: la de Nueva York asolada por bandas, la de un sentido honorable de la función policial, la de los valores conservadores asociados a la familia.

ÉTICA DE OTROS TIEMPOS
Un aire cercano al western crepuscular recorre el metraje de Dueños de la noche. Después de la desaparición de una época de combate y violencia, los guerreros no miran el pasado con nostalgia, pero lamentan los tiempos de lucha de los clanes míticos, cuando los justos y los villanos usaban las mismas armas.

La visión de Gray tiene un costado conservador y pasatista expresado en ese componente elegíaco que evoca una ética que parece de otros tiempos y una visión del policial que remite a las películas de los años setenta, a esos thrillers de acción y conflicto moral que apasionaban a Lumet, Friedkin, Pakula.

Dos presencias dominan la película: la de Joaquin Phoenix, el crispado hermano malo, Caín o hijo pródigo, y la de Eva Mendes, por su sensualidad.

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