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LETRAS

En casa de Manuel Morales

Por Abelardo Sánchez León

La generación del 70 tiene un parecido con la del 60: varios de sus integrantes no llegaron a asentarse en la vejez: Javier Heraud, Edgardo Tello, César Calvo, Luis Hernández, Cesáreo Martínez, Juan Ojeda y Juan Ramírez Ruiz han muerto muy jóvenes o bastante jóvenes. La lista se incrementa recientemente con la desaparición de Manuel Morales, el mítico poeta desaparecido por decisión propia y que la leyenda alimentara con una gran dosis de imaginación y lenguaje callejero, tal como transpiraba su poesía. Según la información que hemos recibido ha muerto hace un año. Tiene dos hijas y dicen que vivió durante años en la selva del Brasil.

Manuel Morales era un pata del barrio de Santa Cruz, en aquella frontera de sangre que separa el Miraflores acomodado de aquel de los callejones y cantinas como La Chilena, por ejemplo, donde ubica uno de sus más alucinados poemas. Era gordito y asmático. Tenía un sólido sentido del humor y había llegado a la poesía a través de los claustros de la Villarreal, no tan consagratorios, por cierto, como los de San Marcos y la Católica. Las pocas veces que chupamos juntos fue en El Pilsen, una cantina de empleados públicos que se encontraba a dos cuadras de la Salaverry. A pesar de ser amigo de Oswaldo Reynoso (para muchos es uno de los personajes principales de su novela "El escarabajo y el hombre") no era un asiduo concurrente de los bares del centro. Yo no lo vi nunca en el Chino Chino o El Palermo, y es que no le gustaba la tertulia literaria. En aquellos años trabajaba en SINAMOS y andaba más con sociólogos que con los poetas. Pero donde más se sentía cómodo era, sin duda, en las cantinas de Santa Cruz andando con su collera (Obdulio, Rafo, el Tirabuzón Zapata, el Mocho Gutarra y Dedalito) o por aquellas del barrio de Santa Marina, donde se bajó algunas cajas con el napolitano que hizo famoso entre cervezas van y cervezas vienen.

Morales es autor de un solo libro: "Poemas de entrecasa", ganador del concurso Cantuta de oro 1967. Antes había publicado la plaqueta "Peicen Bool". Su único libro consta de veintiséis poemas y el ejemplar que tengo entre mis manos (una joya) se me cae a pedazos. Pienso que ha resistido el paso del tiempo como lo hace su poesía, una de las más frescas, naturales y sencillas que trajo la poesía de los 70, una voz de verdad original: la voz de la calle, de los barrios, de la relación burlona entre padres e hijos, de las primeras hembritas y con una tomadura de pelo a figuras históricas como Napoleón Bonaparte: "grande en estrategia / y corto en pene, en la cama / mandaban sus mujeres. (La victoria / correspondió a sus generales").

Manuel Morales era un solitario a la usanza de José Watanabe, pero si hay que ubicarlo en alguno de los grupos literarios de la época, ese sería Gleba, donde figura como miembro responsable de la revista que editaba con Carlos Bravo Espinoza y Jorge Ovidio Vega. En el número 3 de Gleba Literaria, encontramos varios poemas de Manuel Morales Peña, entre ellos uno titulado "Los mansos", un verdadero anticipo de lo que ha ocurrido en el país en los años posteriores. "Nos roban en los noticieros, / nos estafan en nuestros sueños, / nos hablan de la luna y la matanza, / y la barbarie sigue su paso."

En aquel tiempo, varios compararon sus versos con los de Jacques Prevert. Quizá, pienso, sin negar aquella importante y simpática influencia, existe un secreto vínculo con la poesía lúdica de Lucho Hernández. En vida, los dos publicaron muy poco. Casi toda la poesía de Hernández ha sido editada por sus amigos después de muerto, y quizá ocurra algo semejante con la obra de Manuel Morales.

Retengo una anécdota suya. Una vez nos invitó a su casa el poeta Pablo Guevara a raíz de la visita de Ernesto Cardenal. En aquel tiempo, el único poeta de nuestra generación con libro publicado era Morales. Por eso, a la hora de las presentaciones formales, cuando le tocó su turno, Cardenal le dijo: "a usted yo lo he leído". Y Manuel le respondió: "y yo a usted también." Ojalá podamos leer ahora los poemas que, estoy seguro, ha escrito en estos dilatados treinta y cinco años de ausencia.

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